REPORTAJE
Una noche con el Zorrito Von Quintiero: “¿Querían nieve y rock? ¡Acá estoy!”
Viernes en Bariloche. Nené Bar. Once y pico de la noche. Fabián “Zorro” Quintiero (al apellido puede antecederse también un “Von” con cierta resonancia aristocrática, made in una ocurrencia de Miguel Savaleta), bajo en mano, se mete entre el público. La banda a pleno —él incluido, porque ahí, en medio de la gente, no deja de tocar el instrumento— hace Los viejos vinagres, de Sumo. Todos saltan. El Zorrito ríe, arenga, disfruta al ver que las personas sienten el pulsar de la música. Se escucha al vocalista del grupo, Ike Parodi —impecable—, cantar aquello de “juventud, divino tesoro”. Y el Zorro, en medio de esa alegría rockera y nocturna que cae como un bálsamo en la ciudad, parece alguien que anda por los cuarenta y tantos. Sin embargo, él mismo, al contar que vino a esta parte de la Patagonia de viaje de egresados en 1983, expone que se encuentra próximo a los sesenta. Parece un error. El tipo realmente aparenta menos edad. Una de dos, piensa el cronista, o hizo un trato con el diablo o los buenos rockeros no envejecen. Lo de andar metiéndose con Satán parece poco creíble. Será, entonces, que el rock, cuando se lleva con elegancia, puede contrarrestar el estereotipo del músico “quemado”.
Y, así como revela que la localidad lo recibió hace algo más de cuatro décadas en su experiencia de fin de curso, también reconoce que, en esta ocasión, la visita es “un viaje de regresados”. No suena errado… El Zorrito parece estar de vuelta de todo, más allá de que aún se mantenga en el camino.
El placer de hacer música.
Su nombre, según la etapa vivencial, aparece ligado, por ejemplo, a Suéter, Soda Stereo, Charly García, Los Ratones Paranoicos…
Esos enlaces no son mera casualidad. El Zorrito posee un aura particular. Transmite algo poco usual. Tiene sentido del humor, pero, cuando de tocar se trata, no pierde nunca el ritmo. Es decir, se ríe, pero se toma el asunto en serio.
Y es un gran contador de anécdotas. Durante un mano a mano, quien suscribe, haciendo hincapié en esa característica, le dice que se asemeja a una especie de Guillermo Coppola, pero del ámbito rockero. Al escuchar la comparación, en el rostro se le dibuja una sonrisa y deja constancia de que todo lo que cuenta sucedió.
Por ejemplo, volviendo a lo del viaje de egresados, afirma que, junto a sus compañeros de quinto año, intentó, tras ya haber venido a Bariloche, retornar en el mismo año, y que, para lograrlo, el curso acudió a un programa de Silvio Soldán, donde la suerte, a último momento, dio un volantazo que los hizo quedarse en la banquina.
Un show inolvidable.
En Nené, más allá de las anécdotas, lo que sobra es música. Y de la buena.
El lugar es un establecimiento gastronómico, un sitio cuyos tragos tienen buena fama. Así, durante la noche, antes de que Zorrito Von & Los Gustocks (tal el nombre “oficial” de la banda) suba al escenario, el bartender Facundo Russo prepara una bebida tras otra. Y lo mismo sucede mientras el show se desarrolla. También después, con los que se quedan a tomar una copa más. Predominan los pedidos de gin-tonics en diversas variedades, muy de moda en los últimos tiempos. Pero, asimismo, asoman clientes que obligan al uso de la coctelera, por ejemplo, con un tradicional cóctel margarita en las rocas (con el vaso escarchado en sal). Por momentos, Russo, detrás de la barra, parece tener mucho más que dos manos. Los pedidos salen con rapidez, a pesar de la cantidad abrumadora.
Tras la barra, Russo y un poco de alquimia.
El lugar, ubicado en San Martín 672, está repleto. La frase “no cabe un alfiler”, aunque suene a expresión trillada, calza a la perfección.
Y, como el recital se vive bajo una atmósfera culinaria, no viene mal recordar que el Zorrito supo sumergirse en esas aguas.
Cabe evocar que, en Buenos Aires, fundó el recordado Soul Café, a mediados de los noventa (la apertura al público fue el 10 de octubre de 1995, pero tuvo un adelanto de lujo el 7 de ese mes, con la fiesta por el regreso de Diego Armando Maradona a Boca, tras el partido con Colón).
Conversación con un músico que vivió mil vidas.
Insert de un fragmento de una charla con el Zorrito…
—¿Cómo ingresó la gastronomía en tu vida?
—Mi papá, Pietro Silvio, un calabrese que vino a la Argentina en 1949, era constructor, pero, como hobby, se dedicaba a la gastronomía. Siempre le había gustado cocinar. Entonces, de chiquito, me llevaba a laburar con él… a la obra, pero también a sus restaurants. Tenía uno muy famoso en Buenos Aires, en los setenta, Cervecería López. Ahí, mientras él se ocupaba del lugar, me dejaba en el mostrador con los empleados, donde jugaba a que trabajaba. Agarraba las bebidas, por ejemplo. Escuchaba al mozo gritar: “¡Dame una coca y un agua, nene!”, y yo se las alcanzaba. También cargaba las heladeras. En la adolescencia, lo ayudé en otro restaurant, ya en todos los puestos. Estuve en lo que era comida fría, fritura, cocina, parrilla… y también lavaba los platos, que era lo mas heavy. Además, fui adicionista; eran tiempos donde las cuentas se hacían a mano, porque todavía no había computadora.
—¿Qué recordás del Soul Café?
—Lo difícil que fue abrirlo. Debimos esperar un tiempo largo para hacerlo. La obra se nos mancó dos veces… Tuvimos que pedir plata prestada. Después, a partir de que vino Maradona a la apertura, fue un suceso.
—¿Por qué pensás que, en el imaginario popular, para la gente de cierta edad, quedó como un sitio emblemático?
—A veces me cuesta reconocerme en eso, pero es cierto que, para la gente, fue algo hermoso. Me ha pasado cientos de veces que, por ejemplo, alguien se presente y diga: “La primera vez que salí con mi mujer, la llevé al Soul”. Creo que fuimos parte de un nuevo ciclo gastronómico, donde se terminaban los restaurantes “duros” y empezaban otros con personas jóvenes, algo que en la actualidad resulta común, pero en aquel momento éramos pocos. Teníamos una atmósfera distinta, más musical. También, fue una época en la que la Argentina estaba viviendo un sueño, con el uno a uno… algo que después terminó mal, pero, mientras ese “viaje” permanecía, la gente se veía contenta. Y no existía la grieta política, que llegó después y amargó mucho a las personas. Además, las Cañitas, por aquellos años, se había transformado en un polo gastronómico.
—¿Cuándo fue el cierre del Soul Café?
—Dieciocho años después de la apertura, en 2013.
—¿A qué se debió? ¿Fue por un factor económico? ¿Cansancio?
—Sentí el paso del tiempo. Me afectó que Las Cañitas dejara de tener una centralidad que pasó a los Palermos Soho, Hollywood… que fueron inventos inmobiliarios. Después también apareció Chacarita. Y Las Cañitas, cuando el Soul Café cerró, empezó a morir definitivamente. Me fui a otro barrio; abrí Bruni en Bajo Belgrano. Quería tener un restaurant más italiano, no tan joven. Pensaba en un lugar más senior, con menos noche… Para mí, el ciclo del Soul Café ya había pasado; así lo sentí y me fui a un espacio diferente… Era otro momento de mi vida. Con Bruni, estuve diez años. Hasta que un día me levanté y dije: “Basta de pymes… ¡No aguanto más!”.
—¿Pero descartás volver a tener un local gastronómico o es algo que te ilusiona?
—No siento ganas de ser el dueño de ningún restaurant. Ya curtí la experiencia, desde que alquilé el local hasta que cerré, y el post mortem, con las deudas. Lo que sí me gustaría es instalar, en terreno propio, algo chico, donde yo cocine, junto con dos o tres colaboradores, y una barra alrededor de la cocina, para poder servir y charlar. Pienso en algo para unas veinte personas.
—Más allá de lo que respecta al comercio, ¿te gusta cocinar?
—Absolutamente. Es mi meditación. Mi espiritualidad pasa por la cocina.
—¿Los músicos te contactan para consultarte por algún plato o algo por el estilo?
—No es algo que pase habitualmente. Pero, una vez, Luis Alberto Spinetta, que nunca me había llamado, me mandó un mensaje para preguntarme si le podía poner tomillo al pulpo…
—¿Y qué le contestaste?
—Le dije que él podía ponerle lo que quisiera, porque era el Flaco Spinetta, lo más grande en nuestra cultura, junto con Charly.
El Zorrito se suma al micrófono.
La banda Zorrito Von & Los Gustocks hace que Nené se convierta en un templo del rock, pero que, además, pase a ser una discoteca con buen gusto, a la vez que el grupo transforma el sitio en un centro de karaoke de lujo.
El sonido es perfecto, y la lista de temas incluye, entre muchos otros, a AC/DC, Led Zeppelin, los Rolling Stones, Enanitos Verdes, Soda Stereo, Fito Páez, Los Rodríguez, Spinetta y, por supuesto, Charly.
Más allá de tocar con Los Gustocks, el Zorro es parte de una banda denominada Beats Modernos, con Rosario Ortega y Fernando Samalea, para celebrar la música de García.
Encuentro con el Zorro.
Nuevo insert: otro segmento de una conversación con el Zorrito…
—¿Cómo fue tu primer viaje con Charly a Nuevar York, en los ochenta?
—Un flash absoluto. Recuerdo que el inicio resultó incómodo, porque alguien —Charly o su asistente— había hecho mal la reserva en el hotel. En lugar de ese día, figuraba que debíamos ingresar al siguiente… Y el sitio estaba completo, no había ninguna habitación disponible. Terminamos en un espacio que nos prestó Joe Blaney (productor de varios discos de García), que dijo: “Quédense tranquilos, van a poder dormir en un loft que les voy a dar”. Caminamos todo el día. Compramos vinilos, tomamos margaritas, fuimos a la casa de unos amigos de Charly y cenamos en un restaurant ruso con Blaney. Después de todo eso, fuimos a donde nos decía Blaney que íbamos a dormir, y era un tres por tres, sin siquiera una silla. Había sólo un mat de yoga, porque la mujer daba clases ahí, y se lo agarró Charly; yo dormí en el piso… Pero sobrevivimos y al otro día fuimos al hotel. Ese viaje fue todo para mí, porque era la primera vez que compartía cosas con él. Fuimos a buscar teclados, íbamos a comer afuera, vimos shows… Por ejemplo, estuvimos en un concierto de U2, en la presentación de The Joshua Tree. Con Charly, recién estábamos entrando en contacto, pero a los cinco días de estar en Nueva York, ya me decía: “Zorry, andá al liquors y traéme…”. Me acuerdo de que tomábamos licor de arroz, sake, que hay que calentarlo, así que lo poníamos en el lavatorio con agua caliente —sonríe, y afirma: —El viaje fue divino.
El Zorrito escucha cómo la gente suma sus voces.
Más de dos horas de un show al que le cabe el rótulo de fiesta: los músicos —con el Zorrito a la cabeza—, en modo rockola de lujo, más el plus de que ese tipo carismático prendido al bajo compartió escenario con varios de los tótems que compusieron muchas de las canciones que se escuchan.
Dentro de Nené Bar, a diferencia del frío externo, el calor va en aumento.
Y un dato para nada menor: la propuesta se vive, precisamente, con alegría. El banquete musical se desarrolla en un ámbito festivo gracias a quienes brindan el recital, sin que eso se traduzca en alguna precarización del planteamiento artístico. Por el contrario, la calidad y las buenas vibraciones se enlazan sin dejar costuras sueltas.
Risas en la noche.
Último insert de una fracción de diálogo con el Zorrito…
—¿Cómo fue tu acercamiento a la música?
—A los dieciséis años, me anoté para estudiar piano con Diego Rapoport, de Spinetta Jade. Pronto, al año y medio aproximadamente, tuve una oportunidad para reemplazar a alguien en una banda que hacía música en fiestas judías. Algunos de los integrantes eran parte de Suéter, donde un día me dijeron que el tecladista no podía tocar y si me animaba a hacerlo yo. “Me reanimo”, contesté. Fui y no paré más. Después apareció una banda nueva, Soda Stereo. Me invitaban a participar en dos o tres temas por show. Gustavos Cerati una vez me pidió que me quedara permanente, así que comencé a tocar en todos los recitales y a grabar con Soda. Estuve en Nada Personal y Signos. Después apareció Charly.
—¿Cómo ves al Charly actual?
—Me encanta que lo reconozcan a un gran nivel. El chiste que hacíamos con él era: “Te van a dar el horroris causa”, en lugar del honoris causa. Charly, aunque no parezca, sigue haciendo cosas. Él va al estudio, a recibir un premio, a ver bandas y espectáculos. No está actuando en vivo, pero sigue produciendo; como le toque, pero lo sigue haciendo. Lo veo en otro momento de la vida, no en el escenario al palo, sino llevando otro tipo de “carrera”, donde el estudio de grabación aún está incluido. Sale, va a visitar a los amigos… El otro día me vino a ver al restaurante de mi hermano, y le cocinamos. Cada vez que lo encuentro, es una alegría. Obviamente, extraño tocar con él. Si bien hago sus canciones con Beats Modernos, extraño horrores hacer música con Charly. Porque tocar con él era (se sensibiliza)…
—Desde lo musical, arriba del escenario, ¿qué te transmitía?
—Emocionaba. Porque hay partes de canciones que te rompen la estructura emocional… Eti Leda, Ojos de video tape… ¡Chipi chipi! Yo me acuerdo que cuando Charly me habló de Chipi chipi, yo decía: “¿Qué? ¿Chipi chip bombón…?”. Ese tema, lo tocás y hay partes que… Cuando dice “Esta canción durará por siempre”… Te metés en el rollo y pensás: “Guau, loco. ¡Qué antena!”.
El Zorrito conecta con el público de un modo particular.
La gente que colma el Nené Bar está contenta. Sobre el escenario, el Zorrito muestra el rostro iluminado. Su llegada a Bariloche coincidió con una nevada, así que, siempre con una sonrisa, suelta: “¿Querían nieve y rock? ¡Acá estoy!”.
De cara a la gente.
BONUS TRACK
El sold out derivó en el anunció de un nuevo show en Bariloche. Zorrito Von & los Gustocks se presentarán nuevamente hoy —sábado— a las 21, también en Nené Bar. Las entradas se adquieren a través de la Boletera (https://www.boletera.com.ar/nenebar/zorrito-von-los-gustocks).
Impronta rockera.