Las galerías de Bariloche ofrecen reparo ante la lluvia
La lluvia suele acarrear molestias. Tanto en los habitantes como en los turistas. Sin embargo, están quienes miran las precipitaciones con buenos ojos. Cuando llega un aguacero, muchos buscan reparo. En ese sentido, las cafeterías son una buena opción. Como también las galerías, espacios que reúnen comercios diversos cuyos dueños, precisamente, festejan ante los chaparrones que invitan a que la gente se guarezca dentro. Y el centro de Bariloche ofrece un muestrario interesante de opciones al respecto.
Las galerías, de por sí, tienen un encanto particular. Si uno dejar volar la imaginación, pueden verse como territorios mágicos, pasadizos a otros tiempos o geografías (los amantes de la literatura notarán, en estas palabras, reminiscencias al cuento El otro cielo, de Julio Cortázar… y estarán en lo cierto).
Pero, en ocasiones, esa hechicería urbana se pierde en las necesidades de la cotidianidad. Por ejemplo, tal como se advirtió, el centro barilochense ofrece un muestrario abundante de galerías, pero, en gran parte, ante las urgencias económicas, muchas se han transformado en copias unas de otras, como opciones (un poco) más económicas para aquellos que ven lejanos los alquileres estrambóticos de los locales ubicados en el exterior, sobre la calle Mitre.
Las familias, ante el frío, buscan cobijo en las galerías.
De esa manera, esos “túneles” muchas veces presentan panoramas similares, con tiendas de alquiler de ropa de nieve, rent a car, propuestas de excursiones, alguna casa de souvenir… Es decir, varias galerías resultan prácticamente réplicas entre sí, con negocios que, en teoría, ofrecen un rédito rápido.
Y ese paisaje de similitudes incluye a los locales que supuestamente se dedican a algún rubro determinado, pero, en realidad, sólo son una cobertura para el cambio informal de divisas. Algo así como los “viveros” de los que salen los “arbolitos” que paran en las entradas de las galerías.
Vidriera repleta de peluches.
Igualmente, cabe remarcar que también hay espacios que conservan esa cualidad fascinante de lo secreto y misterioso, casi invitaciones a otros mundos. Obviamente, estas palabras pecan de exageración si uno se refiere a sitios que resultan conocidos por transitarlos con asiduidad, pero, para un turista que busca protección bajo la lluvia, una galería techada, con la presencia cálida de la madera, brinda el encanto de lo novedoso y es una convocatoria a soñar. Más si se desconoce que, bajo una especie de tarima de parqué, se oculta una figura laberíntica curiosamente similar a una esvástica invertida que durante años estuvo a la vista de todos (cosa que sucedió en una de las galerías más bellas de la ciudad).
El abrigo es una señal del frío en el exterior.
Una opción tentadora se presenta en un pasaje que incluye puestos vidriados a lo largo de su parte central, con casas de bijouterie, chocolaterías artesanales, accesorios para celulares… Y todo coronado con la presencia de tres cafeterías. Una en cada entrada (tanto la que da a Mitre como la que tiene su perfil hacia Palacios), y otra que suele mostrar más público, en el interior, con mesas fuera del local como si se estuviera en una plaza bajo techo.
Caminata para mirar vidrieras; detrás, la opción de sentarse a tomar un café.
Otras galerías que quizá a primera vista no prometen mucho pueden devenir en el asombro de toparse con algún artículo más de “nicho”. La referencia alude, por ejemplo, a productos como remeras con estampas de rock. Es decir, ante la falta de espacios especializados, como podría ser la Bond Street porteña (donde, justamente, convergen diversos negocios dedicados a la cultura rocker, en su multiplicidad de variedades), se festeja hallar en la localidad, en algún pasaje, un local con elementos que remiten a una búsqueda de una tribu urbana particular.
Cada galería puede deparar distintas sorpresas.
También está la posibilidad de encontrar, en esos “pasadizos”, alguna oferta de lencería erótica, casi como recuerdo de los tiempos donde esas propuestas comerciales no eran bien vistas si tenían su perfil mirando a la calle.
El pilotín plástico "habla" de la lluvia afuera.
Los de más edad, en tanto, seguramente extrañarán épocas donde en pequeñas galerías podía hallarse, por ejemplo, un relojero “de los de antes”, que trataba de solucionar —en general, acertadamente— los desperfectos de los aparatos más añejos. O, también, algún café en el centro de algún pasadizo que pereció con el paso del tiempo.
Bajo techo, al amparo del frío.
Por lo pronto, no cabe duda de que las galerías resultan particularmente atractivas los días de lluvia. Es cierto que, en ocasiones, ingresar a ellas puede deparar una desilusión; pero también es verdad que están aquellas que permiten sentirse, por unos minutos, en otro mundo… Casi como si de un universo cortazariano se tratara.
Las galerias aún pueden llevar a soñar con pasadizos a otros mundos...