Libertad de titiritero: “Un juego actoral completo y desafiante”
David Ávila es titiritero. Tiene cuarenta y tres años, y hace diez formó la agrupación Títeres al viento.
Nació en Rosario, pero a los cuatro vino a vivir a Bariloche. Luego, tras una etapa titiritera que califica como amateur (rondaba los veinte), tuvo un breve retorno a la “ciudad de los pibes sin calma”, como la rebautizó Fito Páez, para estudiar en la Escuela de teatro y títeres que hay en aquella localidad.
Más acá en el tiempo, instalado nuevamente en esta parte de la Patagonia, cursó Licenciatura en arte dramático en la Universidad de Río Negro.
“Tengo la fortuna de trabajar de lo que estudié”, señala David, quien se caracteriza por moverse tanto en el ámbito artístico infantil como en el de los espectáculos exclusivamente para adultos.
“La diferencia, básicamente, es por los temas que se tratan. Al menos en lo personal, cuando me dirijo a los chicos, trato de llegar con propuestas más cómicas, de un entretenimiento sano y divertido, con énfasis en los aspectos visuales”, señala, a la vez que apunta que, en cambio, cuando se dirige a los adultos, aparecen cuestiones como “el amor y el desamor, la muerte, el desamparo y la vejez”.
“Para los grandes, se pueden utilizar otras palabras y meterse con temáticas fuertes, sin el cuidado que debe mantenerse con las infancias, donde tenemos muy en cuenta que tiene que ser algo cuidado y tierno, que transmita esperanza”, suma.
De tal forma, considera: “Lo bueno de trabajar con títeres es que se trata de un juego actoral completo y desafiante, porque, en general, se deben hacer bastantes personajes. En mis obras, al menos, suelo usar alrededor de seis, lo que me lleva a tener que transformar la voz, prestarle atención al tema de los movimientos y demás”.
Además de David (dramaturgo e intérprete; diseñador de títeres), Títeres al viento está integrado por Nancy Videla (vestuarios), Valeska Baradit y Quillén Alaniz (pintura de títeres y escenografías) y Marcelo Vargas (realizador de títeres, técnico y asistente).
David se encarga del diseño e incluso modela a sus títeres, pensando en el aspecto que luego tendrán definitivamente, gracias a las artes de una vestuarista y otra joven que se encarga de pintarlos.
Más allá de presentar obras en distintas salas, también suele actuar en la calle Mitre. “Tengo un personaje que se llama Don Pepe, que toca el violín. Cuento con un escenario pequeño, especial para él, y el músico Arturo Bascary me facilitó unas pistas de folklore, que son las que Don Pepe ‘interpreta’”, expresa el titiritero.
Cuestiones de gatos...
Ya en espacios cerrados, el viernes a las 18 estrenará La vereda donde vive el gato, en el Puerto San Carlos. Apuntando a los más chicos, se mostrará la historia de un felino que se cree el dueño de la vereda e impide que los demás la utilicen. Los vecinos, cansados de esa actitud autoritaria, se organizan para recuperar el lugar, en medio de diversas situaciones humorísticas.
Al día siguiente, será el turno de Recuerdos de cartón, únicamente para adultos, a las 20.30 en la Biblioteca Popular Aimé Painé.
Luego, La vereda donde vive el gato retornará, pero a otras salas (el sábado 16 de agosto, en El Brote; el domingo 17, en el Centro Cultural El Negro; el sábado 23, en Ojos de cielo).
Los títeres permiten navegar con la imaginación.
—¿Qué fue lo que te cautivó y te hizo decidir ingresar en ese universo que conforman los títeres?
—Tienen un poder enigmático. Un muñequito en movimiento genera un encanto particular. Yo he visto cosas increíbles, que logran sensibilizarte. Un objeto que no posee vida y, a partir de la ficción, pasa a tenerla genera un encanto especial. Eso siempre me atrajo. Además, la verdad es que siempre he sido muy tímido, vergonzoso, y las técnicas de los títeres me permitían hacer una especie de paso al costado, para que el protagonismo lo tomara el muñeco. Incluso en la actualidad, me escudo en eso para poder expresarme con mayor libertad.