En el corazón del Centro Atómico: Rolando Granada, el físico reconocido a nivel mundial que cree en Dios
Al buscar neutrón en el diccionario de la Real Academia Española, la primera acepción que aparece es: “Partícula sin carga eléctrica, que forma parte del núcleo del átomo”. Pero, más allá de esa definición —y cualquier otra—, para Rolando Granada es mucho más que eso. De algún modo, su vida ha estado marcada por el estudio de los neutrones.
Su labor fue reconocida este año por la Union for Compact Accelerator-driven Neutron Sources (UCANS), en español, Unión de Fuentes Compactas de Neutrones Basadas en Aceleradores.
La entidad fue creada en 2010, con el objetivo de contribuir al desarrollo vinculado a la temática, además de buscar promover el intercambio de información.
En cuanto a la distinción, que le otorgaron en Vancouver, Canadá, se denomina John M. Carpenter, en homenaje al impulsor de la UCANS, quien falleció en 2020.
Rolando Granada, en su oficina del Centro Atómico.
El propósito del galardón es reconocer contribuciones significativas vinculadas, precisamente, a las fuentes compactas de neutrones impulsadas por aceleradores. “Los diferentes científicos del mundo que trabajamos en lo que tiene que ver con la producción de neutrones para su uso en ciencia y tecnología conformamos una comunidad que interactúa intensamente durante todo el año, a través de conferencias y reuniones. La idea es desarrollar nuevos dispositivos avanzados, materiales que sirvan para generar neutrones de uso eficiente como herramientas para la investigación. Y el premio fue concedido por una nominación de mis propios pares”, explica Rolando.
“Naturalmente, para mí, fue un motivo de orgullo, como siempre lo es recibir una distinción, pero eso también lleva a un sentimiento de agradecimiento, porque los premios no reflejan exclusivamente lo que yo hice, sino lo que he podido colectar a través de mi trayectoria profesional, que ya se extiende por cincuenta años Uno no puede dejar de recordar que el camino se compone de mucha gente, profesores y alumnos, en fin, colegas con quienes he venido aprendiendo y trabajando durante tanto tiempo”, señala.
Más allá de ser investigador de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA) y profesor emérito del Instituto Balseiro, Rolando es presidente de la fundación Centro de Medicina Nuclear y Radioterapia de su Formosa natal (institución similar al Instituto de Tecnologías Nucleares para la Salud —Intecnus— de Bariloche).
El físico, junto a las "herramientas" que acompañaron muchas de sus investigaciones.
FRENTE AL ACELERADOR DE NEUTRONES
Rolando, en el Centro Atómico Bariloche, lleva al cronista a conocer el acelerador de neutrones.
Detalle del acelerador.
El técnico electromecánico Pablo D’Avanzo, quien trabaja en el lugar desde hace cuarenta años, abre la “puertita”. El lugar es un búnker. Paredes de hormigón de un metro de espesor. La intención es impedir que la radiación gamma salga del lugar. “Acá sólo pueden sobrevivir las cucarachas y algunas arañas, a las que parece que no les hace nada”, indica Rolando.
Rolando explica el funcionamiento del reactor; a su lado, el técnico Pablo D'Avanzo y el cronista lo escuchan.
La sala de comando del artefacto está ubicada a unos veinte metros del búnker. Igualmente, el acelerador de neutrones del Centro Atómico no se ejecuta desde hace doce años. En realidad, su funcionamiento se estiró mucho más de lo imaginado gracias a las buenas artes de los técnicos locales, que lograron fabricar piezas que consiguieron alargar su vida útil. Pero llegó un momento en que no se pudo más… Reemplazarlo costaría algo más de siete millones de euros, tal como devela D’Avanzo, quien señala que el acelerador ubicado en el búnker en el búnker podría ser un objeto de museo. “Creo que sigue siendo la única fuente de neutrones de este tipo que ha habido en el hemisferio sur del planeta”, expresa.
Rolando, en tanto, suspira: “Yo sueño con que podamos comprar otro”.
Sala de comando.
DIOS
En la oficina del físico galardonado se ve un cartel con el rostro de Albert Einstein junto a una frase de quien formuló la teoría de la relatividad: “Quiero conocer los pensamientos de Dios… el resto son detalles” (en realidad, aparece en inglés: “I want to know God’s thoughts… the rest are details”).
El "cuarto" donde se ubica el acelerador de neutrones en el Centro Atómico.
Las discusiones acerca de la creencia o no de Einstein en Dios se esparcen incluso en la actualidad. Resulta imposible, sin el actor principal, dilucidar la cuestión. Pero sí es factible preguntarle a Rolando sobre el tema…
—Predomina la idea de que los hombres de ciencia no creen en Dios, ¿usted piensa que existe?
—Sí, creo. Y me parece que no es algo incompatible con el pensamiento de un hombre de ciencia. A veces, cuando uno se aproxima a los límites del conocimiento, en cada una de las áreas de la ciencia, no puede menos que maravillarse con esta naturaleza que tenemos. Eso, directamente, nos remite a pensar que puede haber un Dios. Y, quienes creemos en Él, estamos convencidos de su existencia y nos regocijamos con esta creación.
Dios y ciencia, para Rolando, no son incompatibles.
LA SOMBRA DE LA ISLA
Rolando Granada nació en la ciudad de Formosa hace setenta y cinco años. Podría haberse jubilado diez años atrás, pero optó por continuar.
El físico estitó al máximo su permanencia en el Centro Atómico, pero llegó la hora de jubilarse, lo que no necesariamente implica un retiro.
Ahora, la jubilación es inevitable.
El referente de la Comisión Nacional de Energía Atómica y profesor emérito del Instituto Balseiro, en esta etapa de su existencia, repasa el sendero recorrido.
Cuenta que de Formosa viajó a La Plata, por sus estudios universitarios. “Tras completar los dos primeros años de Ingeniería en telecomunicaciones, estuve en condiciones de presentarme al examen de ingreso para el Instituto Balseiro, al que entré en 1970”, narra.
Agujas y perillas, recuerdos de tiempos analógicos.
“En aquel entonces, se llamaba Instituto de Física José Antonio Balseiro”, recuerda, y sigue: “Bariloche era chiquitito, tenía veintisiete o veintiocho mil habitantes”.
En ese punto, rememora que “la gente del pueblo” llamaban “plantígrados” a los estudiantes de la entidad. No por los cuadrúpedos que al andar apoyan en el suelo toda la planta de los pies y las manos, como el oso, sino en referencia a “la planta de altas temperaturas que Ronald Richter había hecho en la isla Huemul”.
Materiales añejos...
La mención al austríaco, claro, alude a la situación que se vivió cuando aquel encantador de serpientes encandiló a Juan Domingo Perón con la idea de crear “soles pequeños”. Richter había llegado a la Argentina tras la Segunda Guerra Mundial y convenció al entonces presidente de que podía generar energía a través de la fusión nuclear.
Aquello terminó mal, pero, con el tiempo, derivó en el surgimiento del Centro Atómico.
—¿Qué se decía sobe la época de Richter cuando usted vino a estudiar?
—Se comentaba lo que luego Mario Mariscotti volcó en su libro (El secreto atómico de Huemul). Se oían anécdotas de algunas pocas personas que participaron y todavía estaban acá, acerca de la forma extraña en que Richter llevaba ese proyecto, de manera unipersonal, lo cual, en cierto modo, da una pauta de lo irreal que fue todo aquello. Hay que recordar que el Estado nacional le transfirió una cantidad muy importante de dinero, y él lo manejaba prácticamente solo. El libro de Mario Mariscotti es muy instructivo, porque realmente conjuga muy detalladamente un conjunto de investigaciones que él hizo.
—En definitiva, ¿es posible decir que, a partir de un gran error, como fue lo de Richter, se generó un gran acierto con el Centro Atómico y el Instituto Balseiro?
—Sí, efectivamente. Eso Mario lo enfatiza muy bien en su libro, cuando dice que, a diferencia de lo que normalmente nos ocurre ante un fracaso, de tirar todo al tacho, en este caso se aprendió una lección. Se trató de superar un problema y, de un proyecto totalmente fallido, nació todo esto.
Estante de la biblioteca en la oficina de Rolando; uno de los libros es El secreto atómmico de Huemul, de Mario Mariscotti.
Rolando cuenta que, a lo largo del tiempo, fue varias veces a la isla Huemul. “Por supuesto, ya no quedaba nada más que los edificios”, apunta, y revela: “En determinado momento, llegué a ser director de este Centro Atómico. Cuando ocupé el cargo, existía un entusiasmo por hacer un proyecto diferente a las alternativas puramente turísticas que se habían llevado adelante previamente. Pensábamos en un complejo que involucraría un centro de interpretación y demás. Para mí, ese lugar conjuga elementos que en el futuro van a seguir siendo ejes centrales de la actividad de las sociedades. Por un lado, energía; por el otro, el ambiente. Es decir, la belleza que uno ve desde la isla y aquel proyecto que pretendía desarrollar una tecnología para generar energía. Esas cosas se combinan en Huemul, y estaba la intención de preparar un espacio donde los visitantes pudieran reflexionar sobre cuestiones que normalmente aparecen como incompatibles, ya que el hecho de la generación de energía normalmente tiende a agredir al medioambiente”, expresa, para luego afirmar: “Justamente, vemos el cambio climático producido mayoritariamente por nuestro uso desprejuiciado del ambiente, en cuanto a lo que le hemos estado arrojando durante ya casi doscientos años; ahora estamos sufriendo las consecuencias”. A la vez, señala: “Pero, por otro lado, la energía, en cierto sentido, es sinónimo de desarrollo, de mejor calidad de vida para aquellos que la pueden poseer. Y es obvio que vamos a necesitar más de ella en el futuro”.
Sala desde donde se manejaba el acelerador de neutrones.
“El problema es compatibilizar esas demandas con la sustentabilidad ambiental. Entonces, quisimos desarrollar un proyecto. Lo discutimos bastante. En esa época el intendente era Alberto Icare”, sitúa, y comenta: “Hubo grandes empresas con interés en participar como sponsors. Finalmente, no se concretó, pero habíamos avanzado bastante…”.
En el corazón del Centro Atómico convergen ideas brillantes con la necesidad de elementos para llevarlas a la práctica.
“Los proyectos relacionados con la naturaleza son muy interesantes. Creo que vale la pena llevar a la gente no sólo para hacer una recorrida, sino que debería existir un espacio donde se pudiera pensar y proyectar cosas. Por eso pensé en mezclar el interés turístico con el científico, con la realización de un centro para observar las tecnologías actuales, con lo bueno y lo malo, y ver aquello que uno debe cuidar… Para que el visitante saliera con nuevos pensamientos que, en definitiva, condujeran a aceptar que precisamos energía, pero, también, que necesitamos cuidar nuestro ambiente”, explica, y considera: “Necesitamos que estas cosas no lleven sólo a mirar el pasado, sino que se genere una ocasión para reflexionar sobre lo que sucedió y lo que eso nos ha mostrado, para pensar en lo que tenemos que hacer a futuro”.
Rolando había pensado en el desarrollo de un proyecto para la isla Huemul, donde el pensamiento de la importancia de la tecnología estuviera presente junto a la relevancia de los cuidados que deben tenerse con su uso, pero no prosperó.
FUTURO
Con la jubilación cercana, Rolando, que tiene cuatro hijas y seis nietos, dice que se imagina “dedicándole mucho más tiempo a la familia”. Igualmente, no se ve totalmente alejado de la actividad. Por ejemplo, comenta que existe la posibilidad de intervenir en alguna consultoría internacional. “Tengo algunos requerimientos del exterior, proyectos importantes donde siempre se apela a alguien con experiencia para tener un asesoramiento”.
Cabe señalar que, en diversos momentos, su labor implicó estadías en el extranjero. Por ejemplo, permaneció un tiempo en Inglaterra y también fue a otras partes de Europa. Asimismo, debió viajar varias veces a Asia, particularmente, a Japón.
Una imagen de uno de sus muchos viajes laborales, en este caso, a China.
EL REACTOR DE EZEIZA
El físico explica que el reactor que hay en el Centro Atómico Bariloche es el RA-6, que define como “de experimentación y entrenamiento, con un megavatio de potencia”.
Así, resalta que “el que se está haciendo en el Centro Atómico Ezeiza es de treinta megavatios”.
Hablando de reactores y otras hierbas...
“Eso da una pauta de que se trata de una fuente de neutrones mucho más intensa”, apunta, y desarrolla: “Se utilizará para producir radioisótopos, para estudiar nuevos combustibles nucleares, ya que la Argentina es un país nuclear, porque produce tecnología nuclear”.
“También se van a extraer haces de neutrones para investigación, con el objetivo de ‘bombardear’ diferentes cosas y obtener información a partir de esos procesos”, cuenta.
Acelerador de neutrones del Centro Atómico Bariloche.
En tal sentido, indica que las técnicas neutrónicas, más allá de su utilización para la electrónica, pueden servir para crear materiales y fármacos, es decir, se relacionan con “grandes problemas que importan a la sociedad y demandan avances tecnológicos”.
“Teniendo haces más intensos, vamos a poder hacer mejores experimentos y estudios en tiempos más cortos”, resalta.
—¿Usted estuvo relacionado con la creación del reactor de Ezeiza, el RA-10?
—En cierto modo, estuve involucrado en su génesis. Durante el gobierno de Raúl Alfonsín, la Comisión Nacional de Energía Atómica inició un proyecto que se llamó Reactor RA-9. Se iba a construir en Córdoba. En aquel momento, yo era muy jovencito, era el ochenta y pico, y solicité que el diseño contuviera tubos para extraer haces de neutrones para investigación. Aceptaron la propuesta y me encargaron que participe, con INVAP, en el diseño del reactor, pero finalmente nunca se pudo construir, porque llegó la hiperinflación, así que no había dinero para estas cosas. INVAP, luego, realizó un reactor como el que hubiera sido el RA-9, pero en Egipto. Tras la caída del proyecto del RA-9, comencé a preparar propuestas para construir un reactor. Es decir, durante unos treinta años, seguí proponiéndolo a diferentes gobiernos… Finalmente, la Comisión Nacional de Energía Atómica, en 2010, inició este proyecto, usando, en el pedido de recursos al Estado nacional, muchos de los argumentos, información y datos que yo había venido colectando durante tantos años… Así que el reactor RA-10 también, de alguna manera, tiene algo mío. Quienes conducen el proyecto dicen que, para fines del año próximo estaría en condiciones de prenderlo por primera vez. Cuando esté operativo, va a significar un salto enorme en nuestras capacidades de investigación científica y tecnológica, y también va a resultar un aporte al rosario, que no es muy grande, de fuentes de neutrones que existen en el mundo.
El físico es un amante de su trabajo; se aprecia en la profundidad con que explica cada tema.
LA CIENCIA EN LA ARGENTINA ACTUAL
Rolando muestra cierta intranquilidad por lo que sucede en el país en la actualidad, respecto a lo que concierne a la ciencia y también a otras cuestiones que él define como pilares de la sociedad…
—¿Cómo ve el panorama actual de la ciencia en Argentina?
—Muy preocupante. Para empezar, las universidades nacionales están siendo castigadas a través de un ajuste, con la asignación de presupuestos que, prácticamente, hacen inviable su funcionamiento. Parte de eso tiene que ver con los salarios de los docentes, que son bajísimos, pero también se relaciona, sobre todo, con la imposibilidad de realizar el otorgamiento de becas y asegurar que la formación de nuestros jóvenes tenga la misma calidad que ha tenido en el pasado. Los equipos de investigación se van degradando y la juventud se marcha. Es un problema muy serio a futuro. Armar esos equipos cuesta mucho tiempo. Desarmar, desgraciadamente, resulta fácil, al no cuidar semejante capital que la nación tiene en sus universidades, en sus grupos, en sus laboratorios y en sus instituciones de ciencia y tecnología, como son, bueno, mi propia institución, que es la Comisión Nacional de Energía Atómica, el INTA (Instituto Nacional de Tecnologia Agropecuaria) y el INTI (Instituto Nacional de Tecnología Industrial). Pasa también con la salud, donde el Garrahan es un ejemplo paradigmático, pero es evidente que todos los hospitales nacionales sufren de igual manera. En un mundo donde la ciencia y la tecnología marcan el rumbo y, también, van diferenciando cuáles pueden ser las expectativas de las naciones, dependiendo de la importancia que se les asigne a pilares como la educación, la salud, la ciencia y la tecnología, la situación preocupa por lo que sucede ahora, pero también por el futuro.
Rolando, en un recorrido por el búnker donde se encuentra el acelerador de neutrones.
—¿En qué año se recibió?
—Me recibí licenciado en Física en diciembre de 1973.
—Desde aquel entonces, con respecto justamente a todo lo que envuelve a la ciencia, ¿vivió algún otro momento así de preocupante en lo que hace al tipo de acción gubernamental?
—Es difícil comparar la magnitud, pero, ciertamente, durante el gobierno de Carlos Menem también hubo una situación muy complicada, en el contexto de aquel amiguismo exagerado y exacerbado que existía por aquel tiempo entre Argentina y los Estados Unidos de América. En ese escenario, nuestro país tenía un rol de producción de materias primas, mientras que todo lo que involucrara desarrollo tecnológico se vinculaba a los países centrales. Entonces, ¿para qué íbamos a tener nosotros ciencia y tecnología, si lo hacían en otros lugares? En la misma Comisión Nacional de Energía Atómica sufrimos eso. Hubo proyectos muy interesantes que fueron cortados prácticamente por instrucciones venidas del norte. Y ahora la cosa es muy preocupante porque la administración actual tiene la visión de que el Estado, como lo dijo el presidente, es una asociación criminal. Para nosotros, en cambio, el Estado, mesurado en su tamaño, pequeño pero potente, ciertamente tiene que ir marcando los rumbos y atender las cuestiones esenciales, como pasa en todos los lugares serios. El Estado sirve para mostrar caminos; el privado después viene, usa lo que el Estado invirtió inicialmente y luego hace sus aportes, y así todo se mueve. En este altar del equilibrio fiscal, se están sacrificando cosas demasiado importantes para el desarrollo de nuestra sociedad, sobre todo pensando en un futuro.
Zona de ingreso al sector del acelerador de neutrones.
—Lo que se cae es difícil de levantar…
—Muy difícil de levantar. Los chicos que ahora no están bien formados, los que hoy están teniendo hambre, serán, en el futuro, generaciones limitadas. Diría que hasta las elites tienen problemas, porque no van a encontrar en la Argentina un nivel de calidad en la formación como la que pretendemos que exista, ya que se están yendo los docentes. La actividad del científico no puede agotarse en hacer una investigación, publicar un paper y engrosar un currículum personal. Hay otras dos cosas que deberían hacerse. Una es crear jóvenes que vayan a continuar la tarea, es decir, formar recursos humanos, y la siguiente tiene que ver con encontrar mecanismos para transmitir a la sociedad, de la manera más directa posible, estos bienes, lo que se hace. Caso contrario, parece que nosotros vivimos en una torre de marfil, mientras el resto de las personas transitan por una problemática diferente. Necesitamos que la gente sepa que vale la pena que haya este laboratorio, que exista ciencia y tecnología.
La preocupación por la ciencia en la Argentina de hoy atraviesa el rostro de Rolando.