“Los jubilados no somos parte del sistema, estamos quedando a un costado”
Ingresar al Centro de Jubilados y Pensionados Bariloche, en John O’Connor 876, depara en el cronista imágenes de hace algo más de cinco años, puntualmente mayo de 2020, cuando entró en ese mismo espacio para dialogar sobre la situación del lugar, en aquel momento puesto en jaque por la pandemia.
El artículo que surgió de aquella visita colaboró para la supervivencia de la entidad. Frente al contexto que imponía el covid y las complicaciones económicas, el cierre era una posibilidad, pero la aparición de la nota en El Cordillerano convocó a que gran cantidad de gente se acercara a colaborar. Desde una farmacia les pagaron la factura de gas, personas que hacía mucho no veían, e incluso otras que ni siquiera conocían, también dieron una mano. De esa forma, el sitio consiguió mantenerse.
Luego, con el coronavirus en retirada y la posibilidad de volverse a reunir, la institución tomó un nuevo impulso. La felicidad del renacido inundó el centro.
La actualidad, en tanto, los encuentra en un punto intermedio, donde la preocupación volvió a hacerse presente. No tanto por inconvenientes particulares del sitio (en cualquier caso, no escapan a la problemática económica que embarga a una parte importante de la población), sino a la generalidad lúgubre que viven los jubilados, con dificultades que van en aumento y parecen no tener tope.
Frente de la entidad.
El Centro de Jubilados y Pensionados Bariloche es el más antiguo de la ciudad (funciona desde 1982) y los objetivos de su estatuto refieren a “atender a los adultos mayores en general, fomentar dentro de lo posible su bienestar estimulando en el sentido más amplio los vínculos sociales y culturales”.
En tal sentido, apuntan a “realizar reuniones, fiestas, paseos, disertaciones, teatro, certámenes artísticos y artesanales”, además de colaborar con las necesidades y trámites ante instituciones, así como en la facilitación de que profesionales de la salud atiendan en ese sitio.
La comisión directiva trabaja ad honorem. Y más allá de que en el pasado contaron con diversos tipos de subsidios, el presente ofrece un panorama algo oscuro. “Este año no hemos recibido ningún aporte extraordinario. El gobierno (nacional) está haciendo recortes presupuestarios, y eso nos afecta directamente”, dice el presidente del centro, Ricardo Kramm, quien recientemente fue reelegido en el cargo.
Kramm expresa que existen complicaciones que se vinculan al aumento de los servicios (“Se han incrementado de manera desmesurada”, afirma), como así también de los insumos. Tal situación deviene en falta de recursos para otras cuestiones. “El mantenimiento de las instalaciones y el pago de impuestos se llevan todo el monto que podemos obtener por los ingresos de cuotas sociales y talleres”, indica, añadiendo: “Hemos tenido que apelar a la ayuda de la gente, con donaciones de dinero y artículos de limpieza”.
El presidente del centro destaca que, de ese modo, manteniendo la calefacción en funcionamiento y con el lugar limpio, al menos pueden ofrecer “un ambiente digno” para quienes acuden a ese rincón barilochense que actúa como refugio para muchas personas mayores, ya que allí encuentran compañía, pueden llevar a cabo diversos talleres (yoga, gimnasia, tai chi chuan, estimulación de la memoria, tejido, folklore, computación, uso del celular…) y, en cierta manera, representa un espacio donde escapar de la alienación que impone un tiempo donde parecen haber quedado de lado.
En el centro de jubilados sueñan con, algún día, terminar con una ampliación en la que trabajan desde hace años.
Kramm, justamente, remarca que su intranquilidad abarca la coyuntura de la gente grande en general. “Si bien el gobierno ajusta las jubilaciones por inflación, los parámetros que utiliza para medirla no tienen nada que ver con la realidad del jubilado”, señala, para enseguida ahondar: “Nuestra verdad es el supermercado, la vestimenta y la salud, O sea, quizá aumenta la jubilación un 1,5 por ciento, pero vas a hacer las compras y te encontrás con un aumento del 10 por ciento. Especialmente, en alimentos; y en vestimenta, ni hablar”.
“Se trata de un problema que tenemos todos los jubilados, y cada vez se siente más, porque, justamente, el aumento de la jubilación no acompaña la suba real de los precios. Eso implica que, por ejemplo, nos tenemos que quedar cada vez más en la casa, ya que salir a tomar un café o a cenar afuera es algo que resulta imposible”, desarrolla.
Asimismo, remarca las complicaciones vinculadas a la salud, sobre todo en temas de prevención. En tal sentido, si se habla de PAMI, menciona turnos con especialistas que se alargan hasta el infinito (y más allá, diría un personaje de Toy Story). Además, plantea otra contrariedad: “Un jubilado tiene que ir con el celular para que el médico con el token valide la atención”. Al respecto, cuestiona: “Muchos ya cuentan con un teléfono móvil, ¿pero cuántos saben realmente usarlo”.
En definitiva, Kramm refiere a diversas trabas en un presente que, desde lo económico, a los mayores, les da la espalda. “No vemos que el gobierno tenga interés en ayudar a la gente grande. Los jubilados no somos parte del sistema, estamos quedando a un costado”, sostiene, y aclara que, si bien la problemática ahora ha recrudecido, el asunto viene de mucho tiempo atrás. A modo de ejemplo, arriba a su la mente el nombre de la activista social Norma Plá, estandarte de la lucha de los jubilados durante los noventa, otro período particularmente complicado para los mayores.
Obra en construcción.
Más allá de los aprietos que surgen en el contexto actual, Kramm sueña con poder ampliar el espacio físico de la entidad, para que los jubilados cuenten con mayor comodidad y propuestas. Junto al edificio actual, hay una obra en construcción que pertenece a la institución. Las labores, allí, se llevan a cabo con cuentagotas, depende del dinero que se tenga… y, claro, en estos momentos, la plata no abunda. “Por ahora es un sueño… Pero algún día lo vamos a terminar”, dice, pese a todo, con esperanza.
Una puerta a la ilusión de los jubilados...