Un cuchillo forjado por un veterano de guerra será sorteado para colaborar con el Museo Malvinas, Antártida y Atlántico Sur
El veterano de guerra y forjador de cuchillos Edgardo Suárez, tiempo atrás, había donado una de sus creaciones para colaborar, subasta mediante, con un proyecto que involucra un museo interactivo en Sunchales, Santa Fe, destinado a guardar el avión que el piloto Owen Crippa logró que retornara al país tras haber ido a dar a Estados Unidos.
El éxito a nivel recaudatorio le hizo preguntarse por qué no hacer algo similar en pos de ayudar a solventar los diversos gastos relacionados con las puntadas finales al Museo Malvinas, Antártida y Atlántico Sur y el Memorial Héroes de Malvinas, en Bariloche.
De esa manera, en el marco del Día de la Afirmación de los Derechos Argentinos sobre las Islas Malvinas, las Islas del Atlántico Sur y el Sector Antártico, se anunció un sorteo de otro cuchillo creado por Edgardo. El titular de la Dirección de Veteranos de Guerra de Río Negro, Ruben Pablos, indicó que en breve se darán a conocer los detalles sobre el modo en que se podrá participar.
Un cuchillo forjado para un fin noble (foto: Eugenia Neme).
Por lo pronto, Egdardo explica detalles sobre la obra forjada: “Es un cuchillo parrillero hecho en acero 1070, con cabo micarta rojo y negro”. En tal sentido, detalla que esa característica en el mango refiere a capas de papel que se superponen y se someten a calor y presión para crear un material sólido y resistente. “Queda más duro que la madera; es una técnica nueva”, indica. Además, señala que la vaina fue cosida a mano.
En cuanto al grabado láser en la hoja, cuenta que, en uno de sus lados, además del nombre del museo, figura el contorno de las islas, realizado con seiscientos cuarenta y nueve puntos, cada uno representando a un caído en combate. Del otro perfil, en tanto, se observa un fragmento de la Marcha de las Malvinas: “Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar”.
Para Edgardo, es un gusto poder colaborar con el museo, un proyecto en el que destaca el sentimiento y voluntad de Pablos: “Se trata de un sueño que todos teníamos, pero él se encargó de hacerlo realidad”, resalta.
Perfil de Ruben Pablos; detrás, los nombres de los caídos en el Memorial Héroes de Malvinas (foto: Eugenia Neme).
Durante su juventud, en su Río Colorado natal, Edgardo vio por televisión una publicidad donde se convocaba a ingresar en la Armada, con la aclaración de que ya desde el primer mes se obtenía una retribución. Él, que venía de una infancia donde las complicaciones económicas en la familia abundaron, no lo dudó.
Egresó en 1981. En marzo del año siguiente, en la base naval de Punta Alta, donde cumplía funciones, cierto día comenzó a percibir movimientos extraños. Llegaron camiones del Ejército, se cambiaron las municiones de práctica por las de combate… Y les dieron permiso a todos para retirarse a las 17, pero debían retornar a medianoche. Edgardo tuvo una corazonada y quiso avisarle a la madre, por lo que fue hasta la sede local de la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (la extinta Entel), donde le indicaron que recién podría comunicarse a eso de la una de la mañana, momento para el cual ya tenía que estar en la base. Decidió, entonces, ir hasta Bahía Blanca, a unos treinta kilómetros de donde se encontraba. Allá vivía una tía que contaba con teléfono (aunque para los jóvenes suene extraño, eso no era tan común en aquel tiempo previo a los celulares; hubo una época donde conseguir una línea telefónica para la casa era casi un milagro).
Una vez en lo de su tía, Edgardo llamó a un conocido de Río Colorado que vivía a unas cinco cuadras de la vivienda familiar, para pedirle que le hiciera el favor de ir a buscar a su madre.
De esa manera, consiguió charlar con ella, aunque, en realidad, mucho no le pudo contar, sólo que estaban por salir hacia el sur, única información suministrada por los superiores.
Igualmente, el joven deslizó que sentía que, justamente, algo no les estaban diciendo… Y su intuición era acertada.
Las islas, lejanas geográficamente; cerca del corazón (foto: Eugenia Neme).
El 28 de marzo partió a bordo del buque de desembarco ARA Cabo San Antonio. Cuando estaban rumbo a las islas, les explicaron que iban a recuperar Malvinas. En aquel momento, entre los embarcados, reinó la algarabía.
El 1 de abril ya se encontraban en zona, pero se mantuvieron en las afueras.
A las cuatro de la mañana del día siguiente se tocó “zafarrancho de combate” y se realizó el desembarco.
Tras aquello, nuevamente en la embarcación, participó en diversas misiones, como el rescate del ARA Alférez Sobral, un buque que había sido atacado por las fuerzas enemigas, con ocho de sus tripulantes muertos, que había quedado durante varios días a la deriva.
A mediados de mayo, regresó a aguas cercanas al continente. El 14 de junio, cuando todo parecía indicar que volvería a la zona de combate, porque la embarcación estaba reabastecida de municiones, se enteró de que la guerra había finalizado. “Zarpábamos de Puerto Deseado. Hacía un frío terrible. Las amarras del buque tenían un bloque de hielo que debíamos romper con un martillo. Serían las cinco o seis de la mañana. Ahí nos avisaron que todo había terminado”, evoca.
Edgardo, en el Centro Cívico, durante una vigilia (foto: Facundo Pardo).
Se retiró de la fuerza en 1985, ya que sentía que se vivía una especie de desmalvinización que lo incomodaba.
Luego de dejar la Armada, volvió a Río Colorado, donde, durante varios años, fue docente en un colegio técnico.
En el 2000 vino a Bariloche porque lo contrataron como jefe de mantenimiento del frigorífico Arroyo. Desde entonces, permanece en la ciudad.
Tras aquella labor, llegó la herrería.
Realizando su labor (foto: Facundo Pardo).
Lo curioso es que nadie le enseñó. Para él, resulta un misterio cómo se le ocurrió transitar por esa veta, aunque piensa que algo debe haber influido la genética, ya que recientemente un tío le reveló que su bisabuelo era herrero artístico en España. Se llamaba Manuel, y falleció cambiando la rueda de un carro (en aquellos tiempos, la espalda solía servir de apoyo mientras se arreglaban los carromatos).
Lo de forjar cuchillos llegó después, y tampoco sabe muy bien las razones por las que se inclinó por esa especialidad, aunque reconoce que quizá haya tenido que ver un programa televisivo estadounidense llamado Desafío sobre fuego (en el inglés original del título, Forged in fire, es decir, Forjado a fuego; herreros concursan realizando distintos tipos de armas blancas).
Un trabajo que realiza con pasión (foto: Facundo Pardo).
Más allá del trabajo, se convirtió en un estudioso del tema, investigando sobre las características de cuchillos y espadas de diversas etapas históricas en distintas partes del mundo. Además, se transformó en coleccionista.
Igualmente, se sorprende cuando lo denominan "historiador" y lo convocan para programas televisivos o proyectos de streaming. Pero lo cierto es que se ha tornado un especialista. Incluso está por sacar un libro titulado Los filos de Malvinas, acerca de los cuchillos que se llevaron a las islas durante el conflicto bélico.
En el Memorial, con el sentimiento a flor de piel (foto: Eugenia Neme).
Edgardo, parado en el Memorial Héroes de Malvinas, junto al muro donde figuran los nombres de los caídos en combate, observa el lago, donde pronto un Mirage volará eternamente sobre el espejo de agua. Su mirada se pierde en una neblina intensa. Afirma que le recuerda a la bruma malvinense.