Un biólogo que da miedo…
En ocasiones, cuando se piensa en ciertos géneros literarios, la mente suele volar a geografías lejanas.
Sin embargo, de vez en cuando sucede que un autor que vive acá nomás, quizá un vecino, llega para desmitificar tal cosa y regala una obra donde no queda ni un hilo suelto y brinda una gran sorpresa, en el mejor sentido de la palabra.
Eso sucede con Daniel García.
Nacido en Bariloche.
Clase 1985.
De profesión, biólogo.
Investigador del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet).
¿Y qué puede escribir un científico además de notas para publicaciones especializadas?
La respuesta, en el caso de Daniel, es un libro de ambiente terrorífico que roza la perfección.
Durante la pandemia, cuando no quedaba otra que quedarse en la casa, en el horario en que la familia solía dormir la siesta, él fue armando textos que transcurren en territorio barilochense, donde siempre aparece un elemento fantástico que sorprende.
El título es Convergencias de mi Bariloche, y fue publicado por el Fondo Editorial Rionegrino (FER) en 2022, tras obtener el primer lugar de una convocatoria en el género "libros para infancias y adolescencias".
Y es cierto, Daniel escribió el texto pensando en lo que a él le hubiese gustado leer cuando era adolescente, pero lo cierto es que se disfruta más allá de un marco de edad.
Pero, en cualquier caso, el asunto a descubrir podría ser: ¿qué lleva a un investigador del Conicet a escribir un libro donde el terror dice presente?
Mucho tiene que ver su propia infancia.
Por un lado, recuerda haber descubierto a un autor como Stephen King –un escritor al que siempre ha seguido– de muy chico, a partir de la novela Misery, que le pasó su hermana mayor.
También evoca a unos vecinos que se encargaban de la gerencia de varios hoteles de la ciudad, que tenían un hijo de su misma edad, por lo cual los niños solían visitar establecimientos hoteleros y, en esos sitios, muchas veces, los trabajadores les relataban episodios vinculados a fantasmas que los hacían sugestionarse.
Esas cosas, entre otras, quizá sin darse cuenta, conformaron de alguna manera la guía de un gusto por temas que rozan el terror.
Pero, más allá de aquellas cuestiones, su vínculo con la literatura viene desde muy pequeño.
En tal sentido, rememora una etapa en que vivió junto a sus abuelos (a los que define como “gente de campo”), en la provincia de Santa Cruz, donde cursó de cuarto a séptimo grado de la escuela primaria. “Vivían en Perito Moreno, un pueblito chiquito. En esa casa no había libros, y yo tenía mucha avidez por la lectura. Cierta vez, un tío, que siempre me veía con cualquier revista con tal de leer algo, se compadeció y me trajo una colección de libros de Mafalda, de diez tomos”, sonríe al trasladarse mentalmente a aquello tiempos.
Asimismo, una maestra, al apreciar su necesidad de lectura, le dio el Quijote, que leyó y disfrutó.
Pero de todo aquello ya había pasado bastante tiempo cuando descubrió un libro del escritor residente en El Bolsón Marcelo “Tato” Affif (Los goblins y la invasión de los territorios australes, también publicado por el FER), que le hizo pensar que en esta parte del mundo también se podía escribir sobre universos fantásticos, y así nació la idea de probar hacerlo él. Conversó con un par de conocidos que escribían, quienes lo incentivaron a que lo intentara.
“Tenía muchas ideas en la cabeza, pero desarmadas… Me tomó un tiempo hasta que logré encontrar un hilo conductor, para hacer que todos los engranajes confluyeran”, señala.
Y ahí llegó la pandemia y, lo ya dicho, mientras por las tardes su mujer Lore y su hijo Tommy descansaban (faltaba poco para que llegara Anto, la más pequeña del hogar), él comenzó a pergeñar una obra particular.
“Me sentaba con una libreta y escribía a mano”, cuenta Daniel.
De esa forma nacieron, como él mismo los identifica, “cuentos que se autosustentan, cada uno con un tópico propio, pero que, de algún u otro modo, se conectan”.
“Por mi labor, escribo mucho, pero proyectos o trabajos científicos, como artículos de divulgación; nunca había hecho algo de carácter literario. Igualmente, utilicé mi formación para darle un marco, y cuando lo terminé, se lo di a tres personas para que lo leyeran. Me dieron sus aportes y el libro terminó siendo bastante diferente a lo que era, porque las revisiones me ayudaron a reescribir y armar algo más interesante”, señala.
En tal sentido, advierte: “Me han dicho que los escritores, en general, son esquivos, que no les gusta que los corrijan; yo actué a la inversa, es lo que busqué”.
En las páginas de Convergencias en Bariloche aparecen duendes, ovnis, zombis, fantasmas… pero también tábanos, montañas, supermercados, colectivos, los barrios del Alto y la isla Huemul, además del Centro Cívico (con un monumento a Roca que sufre un serio percance). Es decir, el elemento fantástico está insertado en la cotidianidad barilochense.
“Si bien es ciencia ficción, me baso en hechos reales”, suma Daniel, en referencia a otra característica de los relatos. Porque cada cuento, al finalizar, presenta las coordenadas que le sirvieron de inspiración.
Por ejemplo, se cita el denominado “caso Polanco”, o sea, el avistamiento de un ovni el 31 de julio de 1995, cuando Jorge Polanco, un piloto de Aerolíneas Argentinas, dijo haber visto luces que emergieron del lago Nahuel Huapi, a la vez que se cortaba la luz en la ciudad y los instrumentos de la torre de control del aeropuerto fallaban.
No es que el cuento en cuestión mencione aquella situación, sino que, al final del relato, Daniel expone que el hecho le sirvió como disparador del relato.
Un punto aparte merece el notable texto titulado Bariloche es un buen lugar para nosotros, donde resuena el eco de la captura de Erich Priebke, además de evocarse la reconocida galería comercial que, en su centro, mostraba una esvástica inversa disimulada como un laberinto (actualmente tapada).
También, dado lo que sucedió recientemente en diversos puntos de la Patagonia, hay una historia llamada Travesuras en el bosque, referida a incendios, que llama la atención. “Al hacer ese cuento pensé en los grandes incendios de los noventa, pero ahora resulta actual”, indica Daniel.
También, por las páginas, se meten viajes en el tiempo, lo que, más allá del terror que sobrevuela a la obra, tiene que ver con una influencia cinematográfica de ciencia ficción y aventuras. “Soy muy fanático de Volver al futuro, y me inspiré en el personaje de Marty McFly”, sonríe el autor.
En cuanto a su faceta como biólogo, Daniel señala que se especializa en limnología, lo cual, según explica, tiene que ver con el estudio de la ecología de ambientes acuáticos.
Así, manifiesta que su labor se centra “en la química de los arroyos, a nivel de cuenca”.
Refiriéndose a la situación del Conicet, se muestra preocupado: “El presente es gris. El tema está muy mal. Estoy un poco desesperanzado".
"Yo estudio el impacto antrópico sobre los cuerpos de agua, es decir, cómo impactan las ciudades en la calidad del agua. Hay veces que escucho que dicen que debemos encontrar un privado que nos financie… En mi línea de trabajo, ¿voy a lograr que un privado, que probablemente esté haciendo un vertido o algo que no corresponde, me financie para investigarlo? No tiene sentido. Hay cosas que las tiene que hacer el Estado”, desarrolla.
Además, manifiesta: “Nos auditan todo el tiempo; eso de que hacemos lo que queremos es una fantasía”.
Al ahondar en el tema, habla de fondos bloqueados, falta de financiación, compañeros despedidos… “Es frustrante”, sostiene.
Ante ese panorama, quizá la literatura pueda resultar un refugio: “Después de Convergencias de mi Bariloche pensé que no iba a poder escribir nada más, porque ahí puse todas las historias que tenía en mi cabeza. Pero el bichito de escribir me empezó a picar de nuevo”, expresa, y devela que está trabajando en un libro con historias enfocadas en fantasmas, relacionadas con el tiempo que vivió en Santa Cruz, donde el escenario será un ambiente de pueblo chico.
–¿Cómo convergen el hombre de ciencia y el escritor de ficción?
–Me pasa como lo que sucede con la dinámica que tiene Convergencias en Bariloche, donde se mezclan muchas cosas que no parece que se fueran a tocar y, sin embargo, de alguna forma, se enganchan entre sí. Uno tiene múltiples facetas. Me he dado cuenta de que he puesto parte de mi personalidad en los cuentos. Hay quienes leyeron el libro y han entendido las historias como tales y nada más; otras personas, que me conocen, han dicho que algunos personajes muestran una parte mía.