Si Borges hubiese conocido la historia de “Bocha” Mazzocchi y Mark Willis...
Jorge Luis Borges falleció el 14 de junio de 1986, en Ginebra, Suiza.
El año anterior había publicado el que sería su último libro, Los conjurados.
El texto que antecede al que cierra la obra se titula Juan López y John Ward, y dice:
Les tocó en suerte una época extraña.
El planeta había sido parcelado en distintos países, cada uno provisto de lealtades, de queridas memorias, de un pasado sin duda heroico, de derechos, de agravios, de una mitología peculiar, de próceres de bronce, de aniversarios, de demagogos y de símbolos. Esa división, cara a los cartógrafos, auspiciaba las guerras.
López había nacido en la ciudad junto al río inmóvil; Ward, en las afueras de la ciudad por la que caminó Father Brown. Había estudiado castellano para leer el Quijote.
El otro profesaba el amor de Conrad, que le había sido revelado en un aula de la calle Viamonte.
Hubieran sido amigos, pero se vieron una sola vez cara a cara, en unas islas demasiado famosas, y cada uno de los dos fue Caín, y cada uno, Abel.
Los enterraron juntos. La nieve y la corrupción los conocen.
El hecho que refiero pasó en un tiempo que no podemos entender.
Jorge Luis Borges.
Fue el modo en que el escritor escogió para hablar de Malvinas, sin nombrarlas. Alude a ellas como “unas islas demasiado famosas”.
Lo curioso es que, en realidad, si bien el libro que incluye la prosa poética data de 1985, Juan López y John Ward se conoció primero en el diario Clarín, tres años antes, el 26 de agosto de 1982, todavía con la dictadura en el poder, con Reynaldo Bignone como presidente de facto.
Por otra parte, Los conjurados incluye también Milonga del muerto:
Lo he soñado en esta casa
entre paredes y puertas.
Dios les permite a los hombres
soñar cosas que son ciertas.
Lo he soñado mar afuera
en unas islas glaciales.
Que nos digan lo demás
la tumba y los hospitales.
Una de tantas provincias
del interior fue su tierra.
(No conviene que se sepa
que muere gente en la guerra).
Lo sacaron del cuartel,
le pusieron en las manos
las armas y lo mandaron
a morir con sus hermanos.
Se obró con suma prudencia,
se habló de un modo prolijo.
Les entregaron a un tiempo
el rifle y el crucifijo.
Oyó las vanas arengas
de los vanos generales.
Vio lo que nunca había visto,
la sangre en los arenales.
Oyó vivas y oyó mueras,
oyó el clamor de la gente.
Él sólo quería saber
si era o si no era valiente.
Lo supo en aquel momento
en que le entraba la herida.
Se dijo No tuve miedo
cuando lo dejó la vida.
Su muerte fue una secreta
victoria. Nadie se asombre
de que me dé envidia y pena
el destino de aquel hombre.
En este caso, Borges habla de “unas islas glaciales”.
El asunto es que los finales, en uno y otro texto, son trágicos.
Pero, aquí, en un rincón de la Patagonia, un cronista desvelado se pregunta qué hubiese pasado si el escritor se hubiera enterado de la historia que unió al argentino (de Comallo y residente en Bariloche) Carlos “Bocha” Mazzocchi y el británico Mark Willis (de Fleet, condado de Hamshire).
En el centro de la imagen, Mazzocchi, en el Centro Cívico (foto: Facundo Pardo).
Como ya se ha difundido, Bocha extravió un rollo fotográfico en las islas y recobró las fotos treinta y nueve años después, cuando Willis, que lo había hallado, lo reveló, dio a conocer las imágenes por Facebook y, cuando se enteró de que eran de Mazzocchi, se las envió a Bariloche.
“En 1982, ambos éramos militares profesionales simplemente cumpliendo con nuestro deber, y creo que los dos somos personas decentes y honorables que ahora pueden recordar y discutir el conflicto de una manera puramente histórica, sin ninguna animosidad personal”, le decía Willis al cronista en 2022. “Después de que éramos oficialmente enemigos, estoy muy feliz de que Carlos y yo ahora seamos amigos”, añadía.
Mark Willis.
Bocha, por su parte, tiempo atrás apreció: “Lo considero como una especie de amigo, aunque realmente no nos conocemos. Para forjar una amistad total nos tendríamos que ver. Quedamos en que él visitaría Argentina o yo iría para allá, pero todavía no se dio. Noto que es una muy buena persona”.
Y, recientemente, contó: “Con Mark Willis, el caballero inglés que me devolvió las fotos del rollo que yo había extraviado durante la guerra, mantenemos contacto para fechas que, para nosotros, son importantes, como los cumpleaños. Principalmente, nos ‘hablamos’ por Facebook. Él siempre publica cosas de su hobby, relacionado con la siembra de productos de granja en su quinta, la cosecha de hongos y las comidas que prepara con eso. Por mi parte, le comparto fotografías de nuestra Patagonia, que le ha gustado mucho”.
Un par de las fotos que Bocha tomó en Malvinas (foto: Facundo Pardo).
En cualquier caso, ni Abel ni Caín.
Juan López y John Ward, en Bocha y Willis, pudieron esquivar el destino trágico.
Al cronista desvelado le gusta pensar que el escritor célebre hubiese gozado con el giro borgeano.