Un oficio artesanal sobrevive en la “puerta” del Centro Cívico
Las artesanías son parte del panorama céntrico de Bariloche.
En el rubro de accesorios, afloran pulseras, cadenitas, colgantes… Los hay de diversos materiales y estilos.
El barilochense, acostumbrado a cruzar raudo por el sector, no suele detenerse demasiado ante los puestos que ofrecen ese tipo de elementos.
La rapidez que rodea a la vida diaria impide, en ocasiones, “ver” lo que está frente a los ojos.
El turista, en cambio, es más de detenerse a husmear.
Sin embargo, hay algunos artesanos que tienen su clientela también entre los locales. Tal vez por el tiempo que llevan con su puesto en la ciudad, o bien porque lo que hacen escapa a lo que normalmente se ofrece.
Ese es el caso de un stand que acostumbra a estar donde comienza Mitre, junto a las arcadas del Centro Cívico.
Si se observa de lejos, es decir, “al paso”, la postal muestra dijes, anillos, aros, cadenas, prendedores, brazaletes… O sea, parte de lo que abunda en diversas propuestas artesanales. Sin embargo, si el caminante se detiene y mira bien, nota que lo que muestra ese espacio, denominado "Taller alma", no es habitual, debido a la técnica que utilizan.

Maruli y una clienta.
Es lunes por la tarde y María Laura “Maruli” Brambilla está atendiendo.
Así, cuenta que lo que expone son productos que realiza junto a su pareja, Álvaro Prouvay.
La rareza en sí es que utilizan plata, pero le añaden esmalte a fuego.
“Son esmaltes en polvo, como los de cerámica o los de vidrio, pero con mordiente para metal, puntualmente para plata”, explica Maruli, quien detalla que trabajan con temperaturas entre setecientos noventa y ochocientos sesenta grados. “De esa manera, el esmalte se vitrifica sobre la lámina de plata; de esa forma, se amalgama una capa sobre otra”, señala, y describe: “La mayoría de nuestras piezas tienen entre siete y nueve cocciones”.

Reflejo de la creatividad.
Cuando Maruli está en el stand, trabaja con soplete. Si se encuentra en el taller de su hogar, en cambio, esmalta en el horno.
Aclara que, en cualquier caso, “se trata de cocciones inmediatas, no tan prolongadas como sucede con el vidrio o la cerámica”. Así, especifica “que, como máximo, duran un minuto”.
Ella y su compañero realizan la labor desde cero, es decir, desde la fundición del metal.

Esmalte y plata, una combinación que no abunda.
Maruli descubrió la técnica del esmalte (aunque sobre cobre) en un taller de la escuela secundaria, a los quince años, en Buenos Aires, de donde es oriunda.
Tiempo después, cuando tenía veinticuatro, se enamoró de Álvaro, que venía con una cerrera dentro de la joyería.
“En principio, el aportaba esa parte y yo la del esmalte, pero después de tantos años juntos, porque llevamos unas dos décadas compartidas, los dos sabemos prácticamente ambos oficios”, indica ella.

La técnica que la pareja rescata puesta al servicio de los anillos.
Álvaro es chileno, de la ciudad Los Andes, ubicada al norte de Santiago.
Bariloche fue el sitio donde se encontraron por vez primera, en 2005.
“Los dos habíamos venido a conocer Bariloche, cada uno por su lado, nos topamos en el hostel donde paramos y nos pusimos de novios”, cuenta Maruli.
Durante seis años vivieron “rodando”. Llevaron a cabo una versión propia de “En el camino”, conociendo diversas culturas, hasta llegar a México, donde estuvieron alrededor de un año.
Justamente, acerca del territorio mexicano, Maruli destaca “la cultura de platería” que se les reveló en diversos rincones de distintos poblados.

Rescatando una técnica que, según la artesana, "se está perdiendo".
Tras aquel recorrido por América, decidieron volver a Bariloche, esta vez para asentarse.
Se instalaron en 2011, poco antes de la etapa recordada por la presencia de cenizas volcánicas originadas por la erupción del volcán Puyehue, y aquí tuvieron a sus hijas. Las niñas, si bien son pequeñas –una tiene ocho; la otra, once–, parecen disfrutar del arte que elaboran sus padres, al menos desde lo lúdico: “Les encanta estar en el taller”, sonríe Maruli.

La artesana disfruta de rescatar un oficio llevado a cabo por cada vez menos personas.
“La platería esmaltada es un rubro puntual. El esmalte a fuego es un oficio muy particular. Los materiales son importados”, expresa la artesana, quien calcula que en el país menos de diez personas se dedican a la técnica.
“Por un lado, los insumos son caros y difíciles de conseguir, pero, además, nadie te enseña a esmaltar plata. Existen sitios donde se enseña joyería, orfebrería y, en Buenos Aires, cobre esmaltado, pero no plata. Nosotros fuimos haciéndolo a partir de prueba y error. Es un oficio difícil; apenas te pasás de fuego, se funde la pieza completa… En realidad, es algo que se está perdiendo”, señala, y resalta que los esmaltes que utilizan son franceses (la marca es Soyer, una firma con una historia tradicional en el viejo continente).

A plata y fuego...
En 2020, en gran parte debido al encierro al que llevó la pandemia, la pareja decidió dedicarse por completo a la técnica. Estando continuamente en el taller, podían llevar adelante pruebas para fortificar el ejercicio sobre el material. “Ese año, además, postulé para la beca Manta”, narra Maruli, en referencia a la convocatoria que se había abierto destinada al desarrollo productivo artesanal. Finalmente, quedó seleccionada y con el dinero que obtuvo se compró un laminador pequeño y medio kilo de metal (los valores eran muy distintos a los que se manejan en la actualidad).
Aquella aventura artesanal vinculada a la claustrofobia pandémica devino en el proyecto de pareja del cual ahora Maruli y Álvaro están orgullosos.

Detalle de la técnica.