BARILOCHE ESQUINA TANGO
Patricia Gallo y Alberto Zottele: sacándole “viruta” a la vereda
Caminar por Bariloche depara sorpresas.
Por ejemplo, de repente, llegar a una esquina y sentir que nos trasladamos a un rincón del porteño San Telmo.
O, por qué no, al mítico Caminito de La Boca.
La magia ocurre en la intersección de Mitre y Villegas, en la vereda del banco Nación.
Como si de un pasaje cortazariano se tratara, de pronto, nos topamos con que las cosas varían sin cambiar del todo, percatándonos de que algo poco común sucede.
No pasa siempre.
Solo en determinados horarios, que no son fijos. En ocasiones, a las 18; a veces, a las 19.
Y el portal dura aproximadamente una hora.
Durante ese lapso, entonces, puede disfrutarse del tango en su versión más urbana –¡en la calle!– gracias a una pareja de bailarines que hacen las delicias de los transeúntes.

Patricia Gallo deja “volar” sus piernas mientras Alberto “Bocha” Zottele la guía.
Hoy los dos visten de negro (él, con corbata blanca). En otro momento ella puede lucir un vestido azul Francia y Bocha empilcharse con un traje gris a rayas.
La elegancia colabora al encantamiento.

A la hora de decir desde cuándo comparten “la parada”, no se ponen del todo de acuerdo, pero llegan a una especie de tregua y concuerdan en que hace “más o menos” dos décadas que, enfrente, donde se ubica el local de Aerolíneas Argentinas, empezaron a milonguear.
Luego, se cambiaron al otro lado de la “lleca”.
Al verlos, muchos creen que la unión es también sentimental, pero ambos aclaran que el vínculo es artístico nomás.

Patricia nació en Parque Patricios, Buenos Aires, zona que remite al inolvidable Oscar “Ringo” Bonavena.
“En mi casa se escuchaba todo tipo de música, pero los domingos me despertaba y escuchaba clásica y ópera”, cuenta.
No había cumplido nueve años cuando, al ver ballet, dijo: “Yo quiero eso, bailar en puntas de pie”.

Su niñez, entonces, la encontró yendo a estudiar al Teatro Colón.
“Iba muy temprano. A las siete de la mañana tenías que estar en la sala, ya cambiada”, rememora.
Más allá del baile, cursó francés (es maestra del idioma), aprendió música y se interiorizó en algunos instrumentos, como el clarinete.
Cuestiones de la vida –mudanzas y otras yerbas– la hicieron dejar el Colón, pero siguió unida al arte. Un poco de danza moderna; otro tanto de teatro… También, porque había que subsistir, una labor en el sector turístico.

Pasaron muchos años hasta que el tango ingresó con contundencia en su vida.
Su primera profesora en la materia fue Marcela Durán, compañera de baile de Carlos Eduardo Gavito, bailarín y coreógrafo del espectáculo Forever Tango.
Durán la introdujo en el mundo de las milongas.

“Cuando descubrí el tango, me percaté de que llenaba todo lo que yo quería y necesitaba. Me enamoré en forma instantánea. Creo que el tango es así: tomás una clase y te das cuenta enseguida si te gusta o no”, señala Patricia.
El tiempo la encontró a ella misma en el rol de profesora tanguera. “Amo la docencia”, apunta.

“Más allá de que sea una pasión y un trabajo –porque hace años que vivo del tango, lo que agradezco muchísimo–, disfruto de enseñar, de ver el bienestar que genera”, revela.
En tal sentido, sostiene: “El tango es muy saludable, para el cuerpo, la mente y el alma”.
Por ejemplo, hace hincapié en que el 2x4 lleva a socializar: “De eso se trata; el tango se alimenta de las necesidades sociales y, al mismo tiempo, evoluciona. Es una interacción con la vida”.

Patricia llegó a Bariloche en 1995, donde ha desarrollado una carrera que la ha unido para siempre a la música ciudadana argentina, en particular desde la docencia, algo que le encanta: “Enseñar es maravilloso; les he dado clases a niños, adolescentes y adultos”.
“El tango es todo. Por supuesto, si tuviera que poner un orden en importancia, primero están mis hijas y mi nieto, pero después el tango. Cuando lo descubrí, me di cuenta de que es un fenómeno infinito”, reflexiona, para luego remarcar: “Es la primera danza de abrazo”.
“Además, es una totalidad: música, poesía y baile”, afirma.
En la actualidad, Patricia organiza una milonga llamada Bendito Jueves, brinda clases, participa en shows en diversos acontecimientos (su Instagram es @patriciagallobrc; el teléfono, +54 9 294 425 1049) y, claro, también baila con el Bocha Zottele en la calle Mitre, aunque, como es “una pareja abierta”, se permiten hacerlo también con otras parejas… Infidelidades autorizadas, o algo así…

Y, claro, llega el momento de referirse al Bocha… personaje de Bariloche que, en realidad, nació en Bahía Blanca (“El 13 de abril de 1947”, según detalla).
El bailarín habla de una infancia en una familia de clase media baja, donde, a pesar de las limitaciones, los padres escapaban a cualquier estereotipo y trataban de que sus hijos tuvieran conocimientos artísticos (un hijo, a Bellas Artes; otra, a piano; el Bocha, folklore).
Como no destacaba en los estudios, y siguiendo el consejo paterno, Bocha comenzó a trabajar.
Armó cajones para colocar botellas de la bebida Crush; hizo plumeros con hojas de avestruz; se desempeñó en una fábrica de soda…
Pero él quería salir del círculo donde se movía, buscar nuevos horizontes, y partió a Buenos Aires, donde trabajó en la Empresa Nacional de Telecomunicaciones (ENTel).
Luego recorrió otras ciudades, tanto argentinas como chilenas, y durante un período largo permaneció en Brasil. Fueron tres años, de 1975 a 1978, donde hizo de todo, desde dar masajes a desempeñarse en una fábrica para cuadros.

Y en su andar sin rumbo fijo, en cierto momento llegó a Bariloche.
Acompañó a un amigo a “ablandar” un Torino y se quedó mucho más de lo previsto.
Después, de nuevo Buenos Aires, para, años después, regresar a la Patagonia.
Aunque el presente lo encuentra enmarcado en el tango, debe aclararse que Bocha fue jugador de fútbol, puntero derecho. Para más precisiones, narra: “Un 7 pegado a la raya, desborde y centro atrás; si te sacaban esa opción, diagonal adentro”.
En Bariloche, se desempeñó en Estudiantes y fue técnico de Boca Unidos.
Además, organizó varias veladas pugilísticas.
Pero este artículo está dedicado a su perfil tanguero, que comenzó a delinearse en Buenos Aires, cuando andaba por los treinta y cincos años, y en Bariloche tomó su forma definitiva, hasta incluso poder afirmar que su nombre es un sinónimo de la actividad en la ciudad.

Pero, en el tema, no todo es grandilocuente. Así, por ejemplo, con Patricia hablan de detalles que quizá, para los no entendidos, puedan pasar desapercibidos. Por ejemplo, el desgaste del calzado por bailar en la vereda. “Los zapatos se destrozan”, dice él. Y ella ríe: “Cuando voy al zapatero, me dice: ‘¿Vos pensás que hago magia?’”. “Tenemos como siete pares cada uno, pero no alcanzan”, añade Bocha.
Dicho lo cual, dejan a un lado al periodista y vuelven a bailar, allí, en Bariloche esquina tango.