2025-01-02

EJERCIÓ DURANTE CASI 46 AÑOS

Eduardo Zori: un pediatra que recién se retiró y ya se lo extraña

Realizó campañas de concientización, ayudó en entidades para chicos en situación de vulnerabilidad y durante la pandemia fue el primer donante de plasma en Bariloche.

El 28 de diciembre, Día de los Inocentes, Eduardo Zori cumplió setenta años.

La jornada anterior se retiró como médico especializado en pediatría y neonatología.

En el Centro Pediátrico Melipal le prepararon una sorpresa, con allegados y pacientes (de ahora, de ayer, de siempre) que lo aguardaron a la salida y lo colmaron de mimos y regalos.

Ya se había jubilado en marzo de 2020, pero hace tiempo que se había puesto como meta continuar en la medicina activa hasta alcanzar las siete décadas de vida, así que, al despedirse del Hospital Zonal Ramón Carrillo, estuvo un tiempo en los consultorios del Hospital Privado Regional (HPR) y luego en el IMI, para, después de un paréntesis, pasar sus últimos meses de trabajo en el Centro Pediátrico Melipal, donde es director su amigo Diego Schnaiderman.

Oriundo de un pueblo de Córdoba llamado Porteña, tras quince años trabajando en Santa Fe, Eduardo Zori recaló en Bariloche.

Con su esposa, Leonor (todos la llaman Leo), solían recorrer diversos sitios de Argentina bajo la modalidad camping.

Había tres lugares que los tenían cautivados: Monte Hermoso, Puerto Madryn y Bariloche. Finalmente, la brújula del encantamiento señaló a esta parte de la Patagonia y hacia aquí se dirigieron. Llegaron el 3 de enero de 1995.

En esta localidad, Eduardo ejerció la medicina pública y la privada. Aún recuerda la vez que se topó con las puertas del Sanatorio del Sol cerradas y decidió atender a su paciente (Antonela, rememora) en la vereda. En tal sentido, detalla que la niña tenía conjuntivitis.

“Mi papá era panadero. Tenía tercer grado de primario, igual que mi mamá. Una hermana, diez años mayor que yo, no pudo hacer ni el secundario. Gracias a la universidad pública, yo logré estudiar y escalar socialmente en la vida”, cuenta Eduardo, para quien el último mes fue un período “de ojos húmedos y el alma desbordada” ante las muestras de gratitud y cariño de pacientes y colegas.

En sus años en el Hospital Zonal, más allá de las labores en la institución, llevó adelante diversas campañas. Por ejemplo, para que los padres no colocaran a sus hijos en andadores, fomentar el uso de las sillas infantiles en los vehículos y, también, en pos de que se tomaran resguardos con el fin de evitar quemaduras en los pequeños.

También atendía a los niños del Refugio de Jesús y, cuando ese hogar ya no funcionó, empezó a ir a ver a los chicos del Centro de Atención Integral para la Niñez y Adolescencia (CAINA). 

Más allá de su trayectoria, su nombre se oyó mucho en tiempos de pandemia, porque fue la primera persona que donó plasma, cuando se pensaba que el uso de ese componente de la sangre de quienes habían tenido covid, y generado anticuerpos, podía mejorar a los enfermos.

Ahora, ya retirado, Zori reflexiona acerca de la profesión que llevó adelante durante casi cuarenta y seis años y afirma que lo suyo fue “ayudar a los demás en aquello que ellos no podían resolver”. Y eso en lo que ayudó ha sido ni más ni menos que la salud.

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