2024-12-31

LA MUERTE DE ALGUIEN DIFERENTE

Una despedida patagónica a Jorge Lanata

El adiós a un creador que supo acaparar alabanzas y críticas.

Reducir a Jorge Lanata a una opinión ideológica es de un pensamiento demasiado pequeño.

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Lanata murió.

Increíblemente, resultó ser mortal.

Como Maradona, como Olmedo, como Spinetta.

Como los que todavía están e imaginamos que siempre permanecerán en sus envoltorios corporales –Charly, el Indio…­–, cosa que no sucederá y, a pesar del raciocinio, nos negamos a aceptar.

Lanata, entonces, falleció.

Al igual que le sucedía en vida, se escuchan vítores y puteadas.

En definitiva, ha sido eso lo que lo catapultó a un lugar que pocos alcanzan. Causaba cualquier cosa, menos indiferencia.

Cumplió el sueño de muchos periodistas al fundar no uno, sino varios medios.

Página/12, Crítica de la Argentina, Veintitrés (revista que había nacido como Veintiuno y pasado a Veintidós), Ego…

Éxitos y fracasos.

Y cuando tocó fracaso no fue porque la calidad escaseara, al contrario, era tanta que la plata se iba rápido en proyectos desmedidos (hay quien los tildará de megalómanos, y también tendrá razón).

Asimismo, estuvieron las producciones televisivas, documentales y radiales, más allá de incursiones teatrales y otras ocurrencias.

Precisamente, las generaciones jóvenes lo reconocen por esa última etapa en la TV, donde brilló de un modo particular y generó tantos amores como odios impulsivos. Y aquí cabe reiterar lo mismo que se dijo al principio: reducir a Jorge Lanata a una opinión ideológica es de un pensamiento demasiado pequeño.

No fue un hombre que comenzó en la izquierda y terminó a la derecha. Eso es desconocer la valía de un Periodista (con mayúscula). Fue alguien que puso el acento donde consideró que hubo que ponerlo en cada momento de su vida. Las apreciaciones en si acertó o no deben ser sólo eso, apreciaciones, pero no agravios.

Y, aunque no suele ser tan reconocido por eso, tenía buena pluma.

Aquellos que deseen husmear en su alma pueden recurrir al libro Hora 25. Pocas veces se desnudó tanto como allí. Textos con sabor autobiográfico y sobre lo que lo cautivaba. Una mezcolanza adorable del “yo”, el “ellos” y el “todo”. Lanata en estado puro.

Y si los de menor edad evocan el Lanata televisivo, aquellos a los que los años nos platean la sien nos cuesta despegarnos del Página/12 primigenio.

El propio Lanata, más allá de que hace décadas que no tenía nada que ver con aquel medio, continuó viviendo mentalmente en las habitaciones de Página. Fue su Xanadú, tal como llamó a su mansión un magnate de la prensa ficticio –aunque inspirado en una persona real– llamado Charles Foster Kane, en la película Citizen Kane, de Orson Welles.

Xanadú, una edificación descabellada en la que aquel millonario de celuloide murió soltando una palabra que nadie sabía qué significaba: “Rosebud”. 

En el filme, sobre el final, se revela que la expresión remitía a un trineo que Kane tuvo en la niñez, es decir, el momento de la inocencia.

Lanata nunca dejó de ser un niño. Un niño que de mayor se enteró de que era adoptado. Un niño que siguió buceando en su interior, pero no para sumergirse en busca de respuestas sobre su propia vida, sino para tomar impulso y buscar el origen de los males de un país descabellado, cuestión que lo movilizaba a no dejar de investigar. Por eso fue Periodista. Y Artista. Fue un Periodista Artista, lo que pocos. El creador de un universo propio

Seguramente, al momento de morir, se haya imaginado en su añorado palacio Xanadú/Página. Y, aunque sea en su mente, debe haber suspirado “Rosebud“…

Desde este rincón patagónico, el respeto de alguien que en su infancia, durante la segunda mitad de los ochenta y primera etapa de los noventa, se quedaba parado en los kioscos observando las portadas de Página/12.

Descanse en paz.   

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