2024-12-19

JAVIER LUZURIAGA

Fue alumno de quienes aprendieron con Balseiro, analiza el Proyecto Huemul y brinda un panorama de la física argentina actual

Un análisis de lo que quiso hacer Richter en la isla y la descripción de un presente preocupante de la ciencia argentina.

Javier Luzuriaga nació en 1950.

Arribó a Bariloche en 1971, desde Buenos Aires, por una beca para estudiar en el Instituto Balseiro.

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“Cuando llegué, me contaron la historia de la institución, y fue ahí cuando comencé a escuchar hablar de la isla Huemul”, señala.

Claro, ese trozo de tierra en el Nahuel Huapi, de algún modo, propició la creación de la entidad.

Pero, todo, a partir de una situación extraña.

La casa de Richter en la isla Huemul (foto: Eugenia Neme).

Un personaje particular, austríaco, llamado Ronald Richter, con un gran poder de convencimiento, que le dice a Juan Domingo Perón, cuando el líder iba por su primera presidencia, que podía generar energía atómica a bajo costo. Le habla de crear “soles pequeños”.

Perón queda encandilado.

Richter pasa por Córdoba, pero termina en la isla Huemul.

Allí se levantan laboratorios y demás…

Perón hace un anuncio grandilocuente sobre el supuesto éxito del físico.

Pasa el tiempo y surgen dudas.

Una comisión fiscalizadora desembarca en la isla y, tras ver los (no) avances de Richter, prepara un informe lapidario.

El austríaco terminará en Monte Grande, sin más crédito (moral ni económico).

Instalaciones en la isla (foto: Eugenia Neme).

“Fue un comienzo erróneo, es cierto, pero se trató de un traspié del cual el gobierno supo recuperarse, para transformarlo en el puntapié inicial del Instituto Balseiro y el Centro Atómico Bariloche, que se construyeron sobre la base de lo que se había sacado de Huemul”, indica Javier Luzuriaga, quien fue alumno de aquellas personas que habían sido, a su vez, alumnas de José Antonio Balseiro.

Claro, en un principio, la institución no llevaba como nombre ese apellido. Primero fue el Instituto de Física de Bariloche.

Y antes de que se levantara aquel lugar, estaba Richter en Huemul. Balseiro formó parte de la comisión que acudió a la isla y vio que lo que sucedía allí no tenía ningún sustento.

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“No hay duda de que lo de Richter fue un fiasco”, afirma Luzuriaga, quien continúa: “Mi opinión es que era un megalómano, pero poseía esa faceta de saber aprovecharse de la situación. Contaba con un muy buen sueldo, Perón le regaló cosas…Pero no era un estafador… Podría haber reunido más dinero e irse del país. Sucede que tenía la ilusión de que sus ideas eran correctas. Uno ve los informes de la comisión que revisó lo que pasaba en la isla y se da cuenta de que él estaba muy fuera de la realidad, aunque, para mí, hasta cierto punto, creía en lo que hacía. El asunto es que cuando pensó que tuvo éxito no siguió experimentando, sino que quiso pasar directamente a otra etapa; no siguió un método científico riguroso. Probablemente estaba convencido de que lo que decía era cierto”.

Sendero en Huemul (foto: Eugenia Neme).

Pero, como ya se advirtió, tras aquella experiencia fallida, nació el Instituto de Física.

Balseiro fue su director. Murió en 1962. Tenía apenas cuarenta y dos años. “Obviamente, no lo conocí, porque llegué a Bariloche en los setenta. Pero sí estuve con sus alumnos, que fueron quienes me enseñaron, y ellos lo admiraban muchísimo. Según dicen, tenía un carisma especial”, aprecia Luzuriaga.

“Cuentan que era capaz de dictar varios cursos en forma simultánea. Tenía una carga de trabajo impresionante. Y los jóvenes que estudiaban con él, cuando falleció, de alguna manera, tuvieron que tomar la posta”, reflexiona.

Así, destaca que quienes se formaron con Balseiro “fueron capaces de ponerse al hombro el instituto, dictar varios cursos y sacarlo adelante”.

Instituto Balseiro (foto: gentileza).

“Cuando llegué, en 1971, los profesores, en su mayoría, tenían cuarenta y pocos años”, señala, aclarando, por supuesto, que también dieron clases los fundamentales Guido Beck y Enrique Gaviola.

Justamente, Luzuriaga remarca que, antes de la llegada de Richter a la Argentina, “Gaviola había tratado de que el país tuviera un sector dedicado a la física”.

“Pero apareció Richter, que convenció a Perón de hacer un proyecto atómico…”, indica el físico, quien detalla que lo que el austríaco prometió era la producción de energía por fusión.

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“En aquel momento, no existía un sistema de ciencia y técnica. Todo recién se estaba armando, y Perón carecía de buenos asesores sobre el tema; es decir, no tenía acceso a quienes podían haber criticado y evaluado el proyecto de Richter”, aprecia Luzuriaga, que también resalta que el europeo “tuvo la habilidad o la astucia de decir que todo debía mantenerse en secreto”.

Así, recalca que, a Richter, “Perón le dio todas las facilidades para que estuviera en Huemul”. Y aclara: “Hasta que empezó a hacer cosas muy locas”.

–En el marco de la carrera que desarrolló en la ciencia, usted estuvo en países como Inglaterra, Suiza y Estados Unidos… ¿En algún lugar escuchó que hubiera sucedido alguna historia similar?

–No, la verdad que no... Que llegue alguien con una idea así, y sea bien recibido, pasó fortuitamente en la Argentina. Creo que es importante destacar que estuvo vinculado a la falta de un organismo de ciencia y técnica por parte del Estado. Porque, en aquel momento, tal cosa no existía. Había ideas para crearlo. El Congreso estaba debatiendo un montón de planes para hacer institutos y fortalecer el sistema científico. Y en las universidades había gente valiosa, que hacía muy buena ciencia. Pero no existía un mecanismo de contacto con el gobierno.

–En definitiva, lo que Richter buscaba era el control de la energía por fusión…

–Exacto. La idea básica no es equivocada, ya que se sabe que se puede producir energía por fusión. Ahí está el sol, que nos lo recuerda cada día. Pero hacerlo en la Tierra es muy difícil. Edward Teller, el padre de la bomba de hidrógeno, decía que al leer una frase de Richter se creía que se trataba de un genio, pero, al leer la segunda, se daba cuenta de que era un delirante.

–Lo que Richter proponía todavía no se consiguió…

–Es cierto. Él tenía esa idea de la fusión, que es la manera en que funciona el sol. Pero es muy complicado reproducir tales condiciones de manera controlada. En eso están. Hay muchísima inversión, y la cosa va lenta. Existe un chiste cargado de escepticismo que dice: “La fusión es la energía del futuro… siempre lo fue y siempre lo será”. Igualmente, yo creo que en algún momento se conseguirá, pero es complicado.

El Centro Atómico Bariloche (foto: gentileza).

Más allá de lo referido a la isla Huemul, surge una pregunta sobre el presente de la física en el país… Y la respuesta y reflexión de Luzuriaga…

–A partir del modo en que la gestión estatal actual encara el tema, ¿cómo observa lo que sucede con la física en la Argentina?

–Con muchísimos problemas. Yo estoy jubilado, pero estuve hablando con colegas del Centro Atómico en actividad y dicen que la situación es muy mala. No hay plata para nada. Y lo más preocupante es que la gente se está yendo, porque los sueldos son bajos y hay pocos incentivos, no se ve dinero para investigación. Si se quiere tener una carrera científica, la oferta de afuera es tentadora. En general, los argentinos están bien preparados para trabajar en el exterior, así que es relativamente fácil conseguir un puesto en el extranjero. Si no hay salarios razonables, no es posible retener a la gente. Lamentablemente, el gobierno no entiende que hay que mantener a la ciencia. Confío en que se pueda revertir… porque la situación actual es desastrosa.

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