ALGUNAS CONDUCTAS SON “MANIFESTACIONES DE DOLOR”
Una nutricionista analiza cómo influye la alimentación en las personas con autismo
María Luz Sanz es licenciada en nutrición y se acercó a la temática vinculada a los trastornos del espectro autista (TEA) “por casualidad”.
“Cuando estaba haciendo la residencia en el Hospital de Clínicas, mi papá, que es pediatra, me acercó el caso de un paciente suyo que había mejorado muchísimo con un cambio de dieta. Yo no sabía a qué se refería, porque en la facultad nunca nos habían hablado del tema”, cuenta, para luego evocar: “Hice lo que cualquier persona hubiese hecho, busqué en Google: ‘Alimentación + autismo’, y salió una catarata de información”.
De esa manera, indica que, desde ese momento, se sumergió en la cuestión y ya no frenó.
“Mis ateneos de investigación pasaron a ser acerca del autismo. Comencé a estudiar mucho el tema y pude vincularme con distintos profesionales que ya trabajaban con una mirada integral, quienes me dieron mucha información y me abrieron el camino a un mundo que, para mí, era cien por ciento desconocido”, advierte.
Al sumergirse en la temática, notó que la mayoría de los chicos con TEA eran “inquietos, efusivos y se dificultaba que se quedaran sentados esperando a ser atendidos”.
“Por sobre todas las cosas, necesitaban deambular, moverse”, remarca. “A medida que pasó el tiempo, aprendí a interpretar algunas de esas conductas, porque entendí que varias de ellas eran manifestaciones de dolor”, sostiene.
“He llegado a recibir nenes que se tiraban al piso y se golpeaban la panza… Les preguntaba a los padres si en la casa lo hacían seguido y me decían que sí, porque era la forma que tenían de regularse. Yo, entonces, consultaba si se habían cuestionado si detrás de esa conducta podía haber dolor”, cuenta, y continúa: “Porque puede haber dolor, no es que siempre pase, pero sucede. Si bien es cierto que son niños que tienen más ansiedad y, ante determinadas situaciones, necesitan regularla, ¿qué pasa si golpearse la cabeza, en un chico no verbal, es la forma de decir: ‘Me duele’”.
Sanz recalca: “Reitero, no es que algo así siempre equivalga a un dolor, también puede relacionarse con una frustración, pero es una posibilidad”.
“Comencé a interiorizarme y me di cuenta, por ejemplo, de que cuando intervenía en alimentos que podrían generarles lo que vulgarmente conocemos como dolor de panza, los nenes dejaban de tirarse al piso… No era magia, simplemente sacaba un alimento que estaba generando un malestar y eso automáticamente traía confort, porque el niño descansaba, podía prestar atención en su terapia de estimulación y eso llevaba también a armonía en la casa”, detalla.
En cuanto a cómo es que ese tipo de trastorno y la nutrición se vinculan, explica: “El autismo no viene solo, hay muchos factores relacionados, y entre ellos predominan los problemas gastrointestinales. Si nueve de cada diez chicos que tienen el diagnóstico de TEA pueden tener inconvenientes de ese tipo, es esperable que algún alimento no les siente del todo bien. Dentro de lo que está más estudiado, y a partir de lo que observo en la práctica diaria, los principales alimentos que podemos identificar que generan algún tipo de intolerancia son los que aportan gluten (trigo, cebada, centeno), los lácteos de vaca, los azúcares añadidos, aditivos químicos, colorantes… Después, puede haber cosas más puntuales, pero lo primero que hay que hacer es descartar una enfermedad celíaca, que en esta población es más prevalente. Igualmente, cuando existe un diagnóstico de autismo debe sospecharse de una sensibilidad al gluten no celíaca”.
Sanz aclara que toda su labor se da en “articulación con el área médica”, y a la hora de recordar un caso que la conmovió especialmente cita a un chico que acudió al consultorio con un casco. La madre explicó que se lo habían puesto por recomendación de un doctor, ya que el nene solía golpearse fuertemente. El facultativo que en aquella ocasión estaba con la nutricionista hizo unos estudios y determinó la presencia de una sinusitis crónica, por lo que recetó un tratamiento antibiótico. “Dos meses después, el nene entró a la consulta sin casco… Se había estado golpeando la cabeza porque le dolía, no por otra cosa”, remarca la especialista en nutrición.
“Hay un montón de situaciones que pueden estar relacionadas con problemas médicos, no todo es autismo”, añade, a la vez que recalca la importancia de trabajar “en sinergia con el área médica”.

Recientemente, Sanz publicó un libro titulado “Reevolución Alimentaria: intervención nutricional en trastornos del espectro autista”, al que califica como “un sueño hecho realidad”.
“Resume todo lo que hay que tener en cuenta cuando, dentro de la familia, hay alguien con un diagnóstico de autismo”, indica, y prosigue: “Se contemplan varios factores. Obviamente, la protagonista del libro es la nutrición, porque es mi especialidad, pero hablo de todas las áreas: la importancia de la atención terapéutica, del acompañamiento de la familia y de la escuela. Es decir, se tocan diversos puntos, lo que creo que lo transforma en algo enriquecedor”.
–En la actualidad se habla mucho más de autismo que en el pasado. ¿Qué es lo que sucede? ¿Hay más casos o se tiene más conocimiento del tema?
–Creo que es un poco de las dos cosas. Las estadísticas marcan que existe un alza de casos, eso es algo que no se puede discutir. Si bien en la Argentina no tenemos números, las cifras internacionales muestran un aumento permanente. Por otro lado, se trata de algo que posee mayor visibilidad que años atrás. En la escuela, por aula, en integración, ahora quizá haya dos o tres chiquitos. Dos décadas atrás, eso no se veía. Claramente, hay un incremento.
–¿Se conoce la razón?
–Es una pregunta muy difícil de responder. En mi forma de entender al autismo, lo veo como algo multifactorial. Hay personas que poseen un diagnóstico principalmente por regresión, que es lo que pasa en la mayoría de los casos. Es decir, cuando un niño, al año y medio o dos de vida, pierde algún tipo de habilidad adquirida. Tenía un desarrollo normal que se detiene. Por ejemplo, miraban a los ojos y de repente dejaron de hacerlo, decían algunas palabras y luego no… Cuando estamos ante una instancia de regresión, tras haber investigado mucho, considero que hay inflamación en el cerebro. Puede ser por múltiples factores, desde lo que haya pasado en la gestación, el tipo de parto, la alimentación del niño y la de la madre durante el embarazo, la exposición a metales a lo largo de la vida, el grado de contaminación de la zona en la que reside, la exposición a la radiación… Hay cuestiones que no podemos controlar, pero yo aspiro a trabajar desde las variables que sí es posible hacerlo. Así, se puede trabajar sobre la calidad del alimento.