REGRESO A LA INFANCIA
Bariloche, el Nahuel Huapi y su primer vivero en la isla Victoria: "Tiene una especie de encanto que atrapa"
Detrás de los lentes, los ojos de Samuel Havrylenko están húmedos.
El asunto no tiene que ver con el clima, sino con la emoción.
Se encuentra a bordo de un catamarán, acercándose a la isla Victoria. La excusa es que en 2024 se cumplen cien años del nacimiento del vivero.
Sentado en uno de los sillones internos de la embarcación, con su sombrero sostenido sobre una de sus rodillas, mira hacia afuera, añorando un muelle que ya no ubica.

A bordo de la embarcación, rumbo a la isla Victoria.
Pasaron dos décadas –tal vez más, o quizás un poco menos… en cualquier caso, mucho tiempo– desde que pisó el sitio por última vez.
En esa ocasión, había llegado en el rol de experto en la lucha contra incendios –cabe indicar que estuvo entre los iniciadores del Servicio de Prevención y Lucha contra Incendios Forestales (SPLIF)–, para realizar una asesoría solicitada por la hostería.
Pero mucho antes, la isla era su hábitat natural.
Allí transcurrió su infancia.

Pisar la isla
“Mi padre, Demetrio, se hizo cargo del vivero en 1938, y quedó hasta 1950. Era ingeniero forestal. Había nacido en Ucrania, pero los estudios los hizo en la universidad de Praga”, cuenta.
“Con el avance del comunismo, la familia había perdido sus propiedades… Partió y llegó a la Argentina en 1927”, señala.

Samuel y el retorno al paisaje de su infancia.
“En aquel momento, el gobierno argentino buscaba profesionales emigrados. Él estaba en el Hotel de Inmigrantes, donde lo contactaron rápidamente”, indica.
Así, explica que su padre primero fue a Chaco. “Era empleado de Tierras y Colonias. Después lo trasladaron a Junín y San Martín de los Andes. De paso por esta zona, en Parques Nacionales le ofrecieron estar en el vivero un par de meses, pero al final se quedó durante varios años”, expresa.

En un cartel explicativo, fuera de la casa de Aarón Anchorena, observa que en una foto aparece su hermana, quien también pasó su niñez en la isla.
En definitiva, Samuel y su hermana María pasaron su niñez en la isla.
“Nací en Llao Llao, en el hotel Tunquelén, que en aquel momento era un sanatorio… Fue en 1946. Cuando mi mamá, Olga, también ucraniana, sintió que yo estaba por nacer, cruzó desde la isla con una lanchita”, manifiesta Samuel, que informa que el vivero surgió a inicios del siglo XX. “Cuando Aarón Anchorena se hizo cargo de la isla Victoria, algo a lo que después renunció, contrató para su administración al ingeniero Otto Mühlenpfort, con la intención de mejorarla”, apunta. “En aquel entonces, la isla estaba devastada, a causa de incendios y otras cuestiones”, narra, al pintar un panorama de esos tiempos, para luego seguir: “Mühlenpfort convocó a Otto Alberti, quien fue el que hizo las primeras plantaciones en la isla, iniciando el vivero. Empezaron a limpiar, reforestar y arreglar todo”.

Caminata junto a la directora del Jardín Botánico "Carlos Thays", de Buenos Aires, Graciela Barreiro.
De la etapa de su infancia, evoca que, en la isla, “había una comunidad de cuarenta personas”. En tal sentido, recuerda que cada quien cumplía con alguna función. Rememora, además, que existía una huerta comunitaria, y menciona que, por aquel entonces, la comunicación con la ciudad se daba a través de “tres lanchitas: la Guala, la Gaviota y la Número 4”.
También revela que su papá, además de ingeniero forestal, era entomólogo, o “bichólogo”, como dice a manera de broma. En relación a tal dato, saca un recuerdo del baúl de la memoria: “Había un peón de Parques llamado Jean Winterhalter, que era un dibujante fantástico. Mi padre vio su habilidad y juntos publicaron un libro sobre los insectos del Nahuel Huapi”.
Demetrio falleció a los noventa y un años. Luego de su trabajo en la isla Victoria, según narra Samuel, había sido designado “jefe de la Dirección Bosques de Parques Nacionales e inspector de Viveros”, y después se convirtió en profesor universitario en Santiago del Estero.

Junto al sitio donde se plantó un ciprés de las Guaitecas en honor al centenario del vivero.
La vida laboral de Samuel, en tanto, se encarriló por labores para la provincia de Río Negro (“En verano, apagaba incendios; en invierno, realizaba plantaciones”), como también en el ámbito privado, con servicios forestales. Además, fue titular de Defensa Civil en Bariloche: “Estuve en los noventa. Con los grandes incendios en el Catedral, me tocó intervenir formando una brigada municipal, para colaborar”, apunta.
La actualidad lo encuentra encargándose de un campo familiar, donde afirma que logró que crecieran varias especies de los árboles que pueblan la isla Victoria.

Samuel mira y evoca otros tiempos.
Samuel lamenta ciertas cuestiones de un presente en donde muchos habitantes quedan relegados en cuanto a poder disfrutar de los encantos del sitio en el que residen. “La gente de Bariloche está perdiendo el contacto con el lago, con todo… Hay chicos de primaria que no saben lo que es Llao Llao, y eso es lamentable. Existe una desconexión entre la educación y el entorno”, reflexiona, a la vez que considera que, para los locales, “resulta prohibitivo acceder a la isla”. Contrasta esa situación con lo que sucedía en tiempos lejanos, donde “los barilochenses los domingos viajaban en el Modesta Victoria pagando un precio accesible”.

Un retorno al pasado.
Antes de desembarcar, reconoce: “Estoy emocionado, con curiosidad por ver cómo está el lugar. La isla Victoria tiene una especie de encanto que atrapa. Uno siempre la recuerda y quiere volver. Su aroma… todo permanece en la memoria”.

Samuel disfruta del reencuentro con árboles añejos.
Tras la visita, Samuel dirá que encuentra cambios, “pero los árboles siguen estando”.