EL TEATRO COMO BÁLSAMO
Radojka en Bariloche: sala llena, humor negro, risas y aplausos
La ceremonia del teatro tiene un encanto especial.
Eso de hacer un “plan” para ir a ver una obra de por sí invita a la fantasía.
Al comprar una entrada para una puesta, se está sacando un ticket para un sueño.
Claro, eso no quita que los avatares de la realidad luego muestren que lo prometido, idílicamente imaginado, pueda transformarse en una pesadilla.
Tal cosa, por supuesto, no fue lo que sucedió con Radojka en Bariloche, que cumplió con creces lo prometido e incluso deparó risas extras.
“Una comedia fríamente calculada”, anunciaba el afiche. Y lo que se presenció fue, precisamente, una puesta armada como una pieza de relojería, donde las actrices –Viviana Saccone y Eugenia Tobal– combinan su paso por el escenario como si se tratara de un solo ser dividido en dos cuerpos pero con una cabeza única, donde el razonamiento parece partir del mismo centro neuronal y así ejercitar un enlace actoral óptimo.
Antes de la presentación en Bariloche, Saccone había dicho: “En el escenario, una es la red de la otra”. Y eso se percibió en La Baita: un juego teatral con una conexión sincronizada.
Resulta evidente que Saccone y Tobal la pasan bien haciendo Radojka, una obra de humor negro que les sienta a la perfección. Elevan un texto de por sí ingeniosamente trazado, y se divierten haciéndolo.

La trama se vincula a dos cuidadoras de una anciana serbia –la Radojka del título– que un día muere de manera repentina.
Lucía y Gloria –así se llaman sus personajes– idearán, entonces, un modo de poder continuar con su trabajo sin que el hijo de Radojka, en Serbia, se entere de lo que sucedió y siga mandando el dinero de sus sueldos.
La escenografía justa y una música adecuada que se escucha en momentos precisos –versiones instrumentales de Smells like teen spirit, de Nirvana, y I was made for lovin’ you, de Kiss, junto a sonidos balcánicos– brindan el fondo para que las actrices se muevan con comodidad sobre el escenario.
Quienes acudieron a La Baita el viernes por la noche (la sala estaba repleta), al salir, invariablemente, llevaban una sonrisa en el rostro.
En tiempos de gestos adustos, que una obra de teatro proporcione tal efecto es más que plausible.