PENSAMIENTOS EN TORNO AL DÍA DEL NIÑO
Entre el pequeño que fuimos, un presente que puede doler y el signo de interrogación respecto al futuro
Llegó el Día del Niño Si alguien quiera decirle Día de la Niñez, que lo haga. Si le gusta más Día de las Infancias, también.
Yo me quedo con Día del Niño. Así lo conocí, así me gusta llamarlo y así lo haré.
Ahora bien, a veces surge la duda sobre si realmente lo que se festeja es el Día del Niño.
Está bien, es cierto, dentro de lo posible, cada familia procura, en esta jornada, mimar a los más pequeños de la casa.
Pero, en sí, ese empujar a que disfruten lúdicamente durante un rato parece ser también un agasajo a los grandes.
Porque pocas cosas más gratificantes que ver a un nene contento con un juguete, y eso nos remite a nosotros mismos, allá lejos y hace tiempo, cuando nos entreteníamos con lo que había a mano.
Por ahí alguno –como quien suscribe– tenía la manía de intentar saber de qué hablaban los mayores, qué era eso llamado política y aquello otro denominado economía, con tantas idas y vueltas que ponían nerviosos a los grandes, pero, en general, nuestras preocupaciones eran saber a qué hora daban nuestros dibujos preferidos –bah, los únicos, porque no existían canales enteros dedicados a la materia–, si el episodio de El Zorro que tocaba en suerte ya lo habíamos visto muchas veces, si el abuelo el domingo cocinaría pollo o asado, si seguiríamos siendo el alumno preferido de la maestra –siempre pensábamos que lo éramos–, si por la tarde llovería o no para salir a jugar un rato a la pelota en la calle –sí, antes pateábamos sobre el asfalto, y los autos frenaban hasta que nos corriéramos para continuar su marcha–, si estaría por salir un Tubby nuevo –¿hasta qué número de esa golosina llegaron?... creo que hasta el 6–, si la abuela podría llevarnos al cine o a la feria de atracciones el fin de semana, si… si seguirían en pie todas esas cosas que pueden importarle a un niño.
Y crecimos.
Ya no somos pequeños, eso está claro.
Nuestro diamante perdió filo y brillo. Pero el alma de diamante de la que habla Spinetta resplandece con fuerza en los seres que aún mantienen la pureza de quien recién comienza a transitar la vida, de quien aún no se chocó con la contaminación a la que llevan los problemas “de los grandes”.
Entonces, los miramos y nos alumbran el camino.
A eso iba con lo de que no estoy tan seguro si hoy es el Día del Niño. En realidad, esta fecha podría tranquilamente denominarse Día de las Madres y de los Padres, porque es al observar los ojos de los hijos que sentimos el envión para hacer un nuevo intento, para continuar con esto que llaman vida.
Porque ellos son el futuro. Y a nosotros nos corresponde alisarles el camino, que su intranquilidad ronde acerca de si en la escuela le darán o no tarea o si podrán jugar a la tarde con su mejor amigo… No podemos hipotecarles el mañana.
Cada realidad es distinta, y ahí es donde duele saber que muchos contextos, en estos tiempos, coinciden en un presente lúgubre para la niñez, donde ya la inquietud de los más pequeños no gira en torno a si podrán o no contar con tal juguete, sino a si tendrán un plato de comida en la mesa.
Y ahí sí, ya no hay Día del Niño, de las Madres ni de los Padres…
Esa Argentina es la que atormenta.