2024-06-16

UN DOMINGO PARTICULAR

Escenas personales en el Día del Padre

Despertarse y escuchar “¡feliz día, papá!”.

Tras el desayuno, un regalo de quienes se nota que te conocen, es decir, aquel que lanzó el saludo inicial y la mujer que es tu compañera de dichas y desdichas, gracias a la cual sos padre.

Decidir salir a dar una caminata, porque luego va a tocar trabajar y no vas a poder dedicarles aunque sea un momento a aquellos que te miman.

Pasear por la orilla del lago en la zona céntrica.

Notar que algunos de los juegos que hay en la costa, tras ser absurdamente vandalizados, están siendo reparados.

Disfrutar de un paisaje que, siempre frente a nosotros, a veces pasa desapercibido.

Un hombre de acento extranjero que mira, detiene su andar y se esfuerza para, en un español mordido, decir “feliz, día”. El gesto arranca una sonrisa y predispone al buen humor. Agradecer y seguir andando.

Entrar en el Puerto San Carlos, ver las obras expuestas, salir y, allí donde convergen las uniones de las arterias 12 de Octubre y Juan Manuel de Rosas, cruzar hacia el Centro Cívico.

Encarar la calle Mitre.

Apreciar que el fin de semana largo convocó algo de turismo, aunque –situación económica del país mediante– las caras de los comerciantes apuntan al deseo de que el próximo finde –extralargo– aglutine a más gente.

Escuchar el grito rítmico de “cambio, cambio”, proveniente de aquellos arbolitos que no descansan en domingo.

Entrar en un local de videojuegos, sorprenderse con un flipper motivado en Queen, que incluye una pantalla donde pasan imágenes de actuaciones de la banda a la vez que suenan canciones del grupo.

La nostalgia de tiempos adolescentes, donde aquellas máquinas eran moneda corriente (aunque menos tecnologizadas), hace cargar la tarjeta y jugar.

Mi hijo se divierte y se esfuerza por estirar la alegría, viendo la cara de grandulón feliz del padre.

Salir y sentirse contento por tontear como si fuera mentira que en exactamente una semana el calendario marcará que será hora de soplar cuarenta y ocho velitas.

Volver a casa, porque se hace tarde para cumplir con lo laboral, un esfuerzo que, más allá de todo, no deja de enmarcarse en lo que Gabriel García Márquez alguna vez describió como “el mejor oficio del mundo”.

Pasar por la biblioteca y, justamente, tras atravesar el sector dedicado a los libros de san Gabo, ver la última foto que se tomó mi viejo, cuyos restos se encuentran en un cementerio ubicado a más de mil cuatrocientos kilómetros.

Extrañarlo un poco más que de costumbre y tratar de identificar en la memoria el calor de sus abrazos.

Prender la computadora.

Escuchar que, en la habitación continua, aquel que te despertó al grito de “¡feliz día, papá!” prende la tele.

Sentir que tu corazón late al ritmo del suyo y escribir estas líneas.

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