Es una preparación muy sencilla que se puede hacer a mano, siempre que tengamos la mantequilla y el queso crema a temperatura ambiente -puedes acelerar el proceso con algunas técnicas para atemperar mantequilla rápidamente-. Al no llevar huevo obtenemos una masa casi hojaldrada, con esa textura que en inglés se denomina flaky, crujiente pero que se desmenuza como en capas o escamas.
Según prefiramos potenciar el sabor más salado podemos añadir especias como pimienta negra recién molida, ajo en polvo, tomillo... y queso parmesano u otro curado rallado fino. Si preferimos que sean más una alternativa no azucarada a las pastas dulces, podemos aromatizarlas con vainilla, canela, cardamomo, etc. Se pueden duplicar cantidades y dividir la masa en dos para jugar con estos ingredientes y así probar distintas variantes.
Incorporar la avellana molida y, los ingredientes opcionales según se prefiera una galleta más de aperitivo salado (pimienta, parmesano) o de sobremesa (canela, vainilla). Terminar de amasar a mano, formar un disco y envolver en plástico film. Dejar en la nevera como mínimo una hora.
Precalentar el horno a 160º C y preparar una bandeja con papel vegetal. Estirar la masa entre láminas del mismo papel hasta dejar un grosor de unos 5 mm. Recortar galletas con el cortador que se prefiera y llevar a la bandeja. Pinchar el centro con un tenedor pequeño humedecido y hornear hasta que estén doradas, unos 15 minutos.
Las galletas ya frías y guardadas en un recipiente hermético, en un lugar fresco, aguantan crujientes y sabrosas durante bastantes días, al menos si las protegemos de la humedad y temperaturas excesivas. Son perfectas para picotear entre horas -con moderación- o tomar en el aperitivo del fin de semana, con una cerveza, un cóctel como el típico Spritz, o un refresco sin azúcar. Hacen buenas migas con quesos, aceitunas y encurtidos.