2024-01-14

UN VIAJE AL NIÑO INTERIOR

No todo tiempo por pasado fue mejor, pero…

La pregunta es si siempre fue así…

Y la respuesta sería que sí, que lo ha sido, porque crecimos escuchando a los mayores recitar cosas como: “¡Ah! En mi época, todo era diferente”.

En síntesis, para no alargarla de entrada, aquella afirmación de que los tiempos que se fueron eran mejores ha sido una constante, al menos desde el siglo XX (con cambalache incluido).

El asunto es que, a partir de que la cultura hizo pop y el merchandising se extendió por el planeta, el pensamiento nostálgico vino atado a productos diversos.

Por ejemplo, quien ingresa a un local especializado en cómics y ciencia ficción, e incluso en jugueterías “normales”, aprecia que, junto a artículos vinculados a la generación actual, hay muñecos que recrean a personajes relacionados con tiempos lejanos, tanto de la etapa infantil, como puede ser algún héroe de otra época (pongamos He-Man, ThunderCats o Los Halcones Galácticos), como también de temáticas vinculadas a la adolescencia o primera juventud, donde ahí ya los objetos apuntan mayormente hacia el lado de la música o el cine.

Para un rockero cuarentón o cincuentón seguramente resulte difícil no esbozar una sonrisa al ver una figura de Kiss.

Lo mismo les sucede a los fanáticos del cine al poder revivir, juguetes mediante, los combates de Rocky Balboa y Apollo Creed. O incluso tener “amordazado” en el escritorio de la oficina al doctor Hannibal Lecter.

Y la Otaku Con, en Bariloche, en su edición veraniega, viene a reafirmar algo que ya se observó en agosto de 2023, cuando se realizó el encuentro bautismal. El público está conformado por diversas edades. Por un lado, claramente, se nota un “núcleo duro” que oscila entre los quince y los veintilargos. Pero también hay niños que arriban con personas que hace rato dejaron atrás los treinta.

Los más grandes asisten al encuentro con la excusa de acompañar a los hijos. Porque los nenes disfrutan al ver invenciones vinculadas a Pokémon o Naruto (que tienen sus años, pero continúan marcando tendencia entre los menores), pero el papá, de pronto, puede exclamar: “¡Mirá esa remera!”.

Y sí, el chico sabe quién es Skeletor o León-O, porque el padre se los ha nombrado (y mostrado en grabaciones en VHS o “internéticamente” por YouTube), así que, en general, opta por observar con una mezcla de cariño y comprensión al grandulón a su lado y le sigue la corriente: “Sí, está buenísima”. Es la cuota que debe “pagar” para seguir con Pokémon o Naruto.

Esta vez, en la convención barilochense, se sumó un rincón interesante, donde padres e hijos han convergido para pasar un rato en comunión.

Subiendo las escaleras del gimnasio de Bomberos Voluntarios, en Beschtedt 279, un cartel invita a atravesar “el portal de la conciencia para llegar al niño interior que todos tenemos escondido”.

Y la magia resulta, porque, tras un pasillo, surge un espacio con tres viejas máquinas arcade (Street Fighter II incluido), aquellas que antes se usaban con “fichines”. Ya tocar las palancas retrotrae a etapas juveniles. Entonces uno le explica al hijo que, cuando era como él, solía ir a salas donde esos artefactos abundaban. Esta vez, el nene se interesa en serio por lo que el papá le cuenta y se ponen a jugar.

Además, por si fuera poco, a un lado, junto a unos televisores antiguos, viejas consolas ochentosas instan a sentarse a continuar con el viaje al pasado, colocando cartuchos de videojuegos.

Así, padre e hijo se mezclan en una competencia en la que comparten edad. Claramente, no es que el pequeño haya crecido de golpe, sino que el mayor volvió, por unos instantes, a ser un niño.

Uno tiene la esperanza de que el “Flaco” Spinetta haya tenido razón, que no todo tiempo por pasado fue mejor, que, en realidad, lo que viene ha de superar –en el mejor de los sentidos– lo ya vivido… pero un poco de añoranza, de vez en cuando, tampoco es contraproducente.

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