EL ARTE DE DARLE VIDA A UNA MARIONETA
Gustavo, un titiritero suelto en la calle Mitre
De aldea en aldea
el viento le lleva
siguiendo el sendero.
Su patria es el mundo.
Como un vagabundo
va el titiritero.
El titiritero, Joan Manuel Serrat.
Gustavo Munster tiene cuarenta y tres años.
En 2005 tomó un taller que brindó la prestigiosa artista Silvina Reinaudi en el marco del Festival de Títeres Andariegos.
Tras esa experiencia, y luego de presenciar diversos espectáculos que llamaron su atención, vio que si seguía por ese camino “titiritero” quizá podría encontrar una manera de sintetizar experiencias en las que, hasta aquel momento, venía incursionando: su labor como artesano y el trabajo de clown.
“A partir de ahí, comencé a ir a festivales y a diversos encuentros en la búsqueda de una formación”, explica.
De esa forma, se fue adentrando en diversas técnicas, como el teatro lambe-lambe (donde se utilizan muñecos, objetos, escenarios y títeres de tamaño pequeño para narrar historias breves), de sombras, de guiñol (títeres que se manejan introduciendo una mano en su interior), de marionetas…
“En la actualidad, hago un poco de todo”, cuenta.

Muchos lo conocen porque es quien guía, en la calle Mitre, al “Sordo Gancé” para que toque el piano.
Así, él y su marioneta hacen las delicias de los transeúntes.
Tan apegado está a ella que juntos tienen la compañía Puelche Títeres.

Los caminantes, en el centro barilochense, suelen detener su andar para escuchar (y sobre todo ver) al Sordo Gancé y Gustavo, que hacen maravillas en un pequeño teclado.
Pero el titiritero no sólo muestra su arte en la calle. Por ejemplo, va a cumpleaños, festivales, juntas vecinales, comunidades mapuches, e incluso ha actuado en el hospital y también en la cárcel. Obviamente, no siempre lo hace a cambio de dinero. Para él, lo importante es la experiencia.
Asimismo, suele ir a diversas escuelas a presentar una obra titulada El viaje andariego, que trata sobre el cuidado del agua.

En su transitar artístico, Gustavo también suele apelar a un seudónimo. De esa manera, en ocasiones, en vez de su apellido (Munster) utiliza Godot.
El porqué de la elección radica en que durante un largo tiempo pensó en montar la obra Esperando a Godot, de Samuel Beckett, aquella creación donde dos vagabundos aguardan a un tal Godot que nunca llega. Pero el asunto es que él mismo permanecía a la espera sin terminar de definirse. De esa forma, sintió a la vida como una espera de uno mismo. “Todavía espero por mí”, dice.
Fue así que Gustavo Munster decidió ser, también, Gustavo Godot.

Y mientras aún aguarda encontrar esa esencia profunda, disfruta de hacer disfrutar.
Sensaciones como que un hombre grande se le acerque en la calle, lo abrace y se ponga a llorar por la emoción que Gustavo le supo transmitir van llenando el alma de este titiritero.