CARLOS SUEZ
Los encuentros del hombre del videoclub con Borges, Cortázar y Sábato
Carlos Suez es conocido por ser el propietario de New Zonic, el primer videoclub de Bariloche y el último que, aunque con esfuerzo, queda en pie. Lo que no todos saben es que este hombre de setenta y siete años, más allá de su cariño por el cine, es un amante de la literatura.
Gran parte del tiempo, en su negocio, cuando no está viendo películas, lee… mucho.
Por estos días, por ejemplo, está compenetrado en una relectura del Quijote en una versión comentada.
Lo curioso es que, en distintas circunstancias, Suez tuvo la oportunidad de conversar con tres de los más grandes escritores argentinos: Jorge Luis Borges, Julio Cortázar y Ernesto Sábato.
En la porteña esquina de Córdoba y Maipú (Carlos nació en Buenos Aires, donde pasó su infancia y juventud), en un siglo XX (cambalache) que tenía todavía mucho por vivir, se topó con Borges.
El futuro propietario del videoclub se presentó y conversaron.
El joven notó que el escritor pretendía hacerlo sentir tan erudito como él.
Carlos lo encontró en otras dos ocasiones. En ese par de veces ya se trató de algo más planificado. Sabiendo las rutas que solía tomar durante sus caminatas el autor de Fervor de Buenos Aires, lo “buscaba”.
A Borges le gustaba el tono de voz del muchacho, por eso se detenía y lo escuchaba recitar pasajes de sus libros, que Carlos tenía incorporados a su memoria.
Entre esos textos escogidos, estaba el Poema de los dones, aquel que, en una de sus partes, aludiendo a la ceguera, dice: “Nadie rebaje a lágrima o reproche/ esta declaración de la maestría/ de Dios, que con magnífica ironía/ me dio a la vez los libros y la noche”.
En el cuarteto final de esa poesía, Borges cita a Paul Groussac, con quien coincidió en la ceguera y en ser director de la Biblioteca Nacional.
Carlos, en uno de los diálogos con el literato, se atrevió a señalarle que le faltó mencionar a José Mármol, quien también había ocupado el cargo y no podía ver. “Hubiese sido excesivo”, contestó con ironía Borges.
Julio Cortázar, en tanto, que vivía en Francia, viajó a Chile en 1970 para solidarizarse con el gobierno de Salvador Allende, y aprovechó para pasar unos días por Buenos Aires, tras mucho tiempo de ausencia.
En el capítulo 108 de Rayuela, libro publicado en 1963, Cortázar puso en boca de Oliveira, uno de los personajes, la frase: “Pero no tienen ningún Juan Filloy que les escriba Caterva. ¿Qué será de Filloy, che?”.
Carlos siempre se había preguntado quién sería el tal Filloy, y en el fugaz encuentro con Cortázar no perdió oportunidad de consultarle.
Así, el cronopio le explicó que se trataba de un gran escritor cordobés que no solía darle mucha difusión a sus libros porque era juez y no le parecía adecuado hacerlo mientras cumpliera esa función.
Una de las características de Filloy era que los títulos de sus obras tenían siempre siete letras, como, precisamente, Caterva, el libro mencionado por Cortázar en Rayuela.
En cuanto a Sábato, lo conoció en un momento complicado.
Era 1974. El país pasaba por una etapa donde la violencia era protagonista (poco después, en 1976, se instauraría la sangrienta dictadura militar que permanecería en el poder hasta 1983).
Tras pasar un tiempo en Bariloche, Suez había retornado a Buenos Aires.
Vivía en San Telmo. Un primo de su mujer se vio acorralado porque habían matado a un compañero. Carlos lo ayudó a salir de Buenos Aires para que pudiera esconderse. Así, comenzaron las amenazas para la familia.
En aquel entonces, la organización terrorista parapolicial Triple A era sinónimo de terror. Y las intimidaciones al grupo familiar tenían sus coordenadas.
Carlos fue de persona en persona, buscando consejos sobre cómo actuar. De esa manera, a partir de conocidos, llegó a Sábato.
Charlaron un rato largo.
El escritor le dijo que debía tomar con seriedad lo que sucedía, que la cosa podía ser seria.
Ante ese panorama, Carlos decidió exiliarse en Perú.
Permaneció en aquel país cuatro años.
A su regreso a la Argentina, vino a Bariloche, ya para quedarse.
Años después, nacería New Zonic, el videoclub clásico de la ciudad.