¿QUÉ PASÓ CON LA PATRIA?
En el cielo las estrellas, en el campo las espinas, y en el medio de mi pecho…
Resulta curioso.
Pocos en el mundo, como los argentinos, pueden mostrarse tan patriotas.
Lo extraño es el momento en que suele aflorar ese patriotismo.
En el fútbol, claro, sobresale.
Pasa también con otros deportes, pero es con el rodar de la pelota que la cosa se agiganta.
¿Quién no puteó con Diego por aquellos que insultaban cuando sonaba el Himno Nacional en Italia 90, incluso en las repeticiones?
El dolor y la bronca traspasaban las pantallas para los que mirábamos por televisión.
Uno, quizá en una especie de epifanía, de repente se ve en escuelas color sepia, en patios lejanos, entonando el Himno…
Con qué pasión cantábamos “sean eternos los laureles que supimos conseguir”.
Pero no queda otra que señalar que, para varias generaciones, eso de los laureles es relativo.
Los laureles, una vez más, suelen responder más que nada al deporte. O a logros individuales en diversas materias. Incluso se vinculan a cuestiones religiosas, si hasta el papa es argentino… Y, ya que estamos, y volviendo al Diez, ¿acaso no fue la mano de Dios la del primer gol a los ingleses en 1986? Y el segundo tanto de aquel partido, ¿no tiene que ver con la zurda de una deidad?
Pero –y a eso íbamos– los laureles parecen huir del día a día.
La clase media hace rato que está en peligro de extinción.
Aquel viejo sueño argentino de aspirar a formar parte de un sector que, a base de trabajo, se puede dar gustos y mantenerse con tranquilidad ha pasado a ser el cadáver de algún dinosaurio que espera ser descubierto por generaciones futuras bajo capas de tierra o incrustado en una piedra.
“Coronados de gloria vivamos o juremos con gloria morir”… ¿Dónde quedaron aquellas coronas de gloria? Las que abundan, en realidad, son las fúnebres, porque el "juremos con gloria morir" sí que se cumple. Morimos a diario. O vivimos pequeñas muertes, y la referencia no es a le petite mort, como llaman los franceses a la sensación que llega con el orgasmo, sino a esos tropiezos que se comprueban insalvables.
Y así llegan las huidas en pos de algo mejor.
La cuestión es materia de diván, porque, en el país de los más patriotas, desde hace rato, prevalece la idea de que la única salida es Ezeiza.
No son traidores los que se van. Quizá, en algún modo, sean valientes. Se juegan el porvenir ante la evidencia luctuosa que presenta este territorio.
El asunto, en realidad, sería: ¿dejan de ser patriotas porque se marchan?
Una hermosa canción de Jairo, llamada Lucía se va, cuya letra es del fallecido poeta Daniel Salzano, dice: “Y cuando creas que llegó la hora dura de partir, subí al avión. Subí al avión. Todo lo que te servirá ya viaja con tu corazón, dentro de vos. Dentro de vos. Meté una piedra del jardín en una bolsa de almacén, es tu país. Consérvalo”.
Porque la patria puede ir en cada cual.
Claro, uno desearía que no existiera la necesidad de irse, que en un país donde Dios –otra vez eso de Dios… al final, ¿será argentino nomás?– dejó la firma en paisajes infinitos y en riquezas de tierra y mar todos tuvieran el espacio merecido. Pero, así como Dios, parece que el diablo también tiene afinidad por el sur y suele meter la cola, y todo siempre se hace cuesta arriba, cada vez más, como esas máquinas que están en los gimnasios, donde hay que caminar en cintas inclinadas como si se escalara algo. Los argentinos siempre escalamos, pero nunca llegamos a la cima, ni siquiera a terrenos planos intermedios que sirvan de merecido descanso.
“Santa Argentina, la reina del Plata, es una trapecista que salió volando y no volvió a casa”, dice el mismo Salzano en otra letra a la que también Jairo le puso música.
Quizá la trapecista en cuestión siga en el aire porque sabe que abajo no hay red…
Y en el piso, en el llano, los caminantes nos preguntamos ¿a dónde quedó “la noble igualdad”? Porque, acá, lo que reinan son diferencias mayormente injustas.
Para colmo, una economía arpía se encarga de poner obstáculos en el transitar diario.
Así las cosas, renegamos e incluso blasfemamos.
Uno ya no siente que en el cielo estén las estrellas, en el campo las espinas, y en el medio del pecho la República Argentina.
Pero, de repente, llega tu hijo, que va a sexto grado, y te dice que fue elegido para ser escolta de la bandera. De entrada, algo se mueve en tu interior.
Y vas al acto, y te das cuenta de su emoción, como de la del resto de los elegidos para estar a cargo de la insignia. Ves, también, la manera en que los chicos de séptimo que egresan traspasan, con una seriedad sana, la responsabilidad de tener que guardar los colores celeste y blanco. Y, además, observás el interés y el respeto de todos los nenes presentes. No vuela una mosca.
Entonces, por unos instantes, la trapecista aterriza en suelo firme y vos, una vez más, retornás al color sepia de la infancia, en medio del patio de un colegio, entonando las estrofas patrias. Y te preguntás ¿qué pasó en medio? ¿Dónde quedó esa sensación? El sentir, de pronto, se hace carne de nuevo, te atraviesa el pecho, mirás a tu hijo y deseás que, ojalá, en él, sea eterno.