2023-12-08

A PUNTO DE ASUMIR, CORTÉS REPASA SU VIDA

“Yo me tengo fe”

Falta casi nada para que Walter Cortés asuma como intendente de Bariloche.

Está en la oficina del Sindicato Empleados de Comercio, el gremio que preside desde hace muchos, muchísimos años.

Primer piso del edificio de Morales 524.

Abajo, en el recibidor, las personas se acumulan.

Como siempre, vienen en pos de verlo. Algunos, para hacerle un comentario o agradecerle un favor; pero lo que abundan son pedidos. Siempre existieron solicitudes. Para él, no es novedad. Lo que varió, desde que la decisión ciudadana, en las urnas, determinó que será el nuevo jefe comunal, es el número de gente que llega en su búsqueda.

Quien suscribe también tiene una petición, aunque sin relación con el rol que tendrá al frente de la Intendencia. Le transmito un mensaje de mi hijo, que desea que, en el canal ABTV, del sindicato que preside, vuelvan a poner en la grilla la serie animada de los ochenta He-Man, que hasta hace un tiempo se emitía por la mañana. Se compromete a que pedirá que aquel personaje, en su lucha eterna con Skeletor, retorne a la programación.

Claro que los requerimientos, en su mayoría, responden a cuestiones más complicadas. Predominan los “quedé sin trabajo”, “no tengo qué darle de comer a mi familia” y similares.

Cortés sabe que, por diversos motivos, lo que viene no será color de rosa, pero pide que le tengan fe.

En ese contexto, habla de actualidad política y le tira dardos –envenenados– a quien está por dejar el cargo que él va a ocupar dentro de –como ya se dijo– casi nada.

También hace un repaso por su vida.

Cuenta, por ejemplo, que nació el 5 de enero de 1963, en Capitán Montoya, departamento de San Rafael, Mendoza. En aquella jornada, previa al Día de Reyes, según le narraron, había un sol radiante y, de pronto, se desató una tormenta apocalíptica, tras la cual, una vez más, volvió a reinar un clima de dioses. Se desconoce en qué momento, de ese vaivén climático, Walter Cortés llegó al mundo, pero algo de esa oscilación meteorológica parece, a veces, transmitirse a su carácter.

En esta charla, por ejemplo, se lo aprecia calmo, de pronto muestra una sensibilidad extrema –lágrimas incluidas–, de ahí a la bronca por tener que recordar momentos nada agradables –incluso se exaspera al hacerlo–, luego se pone en modo político y contesta con mordacidad –se lo percibe cómodo en el reino de la ironía–, después regresa a un perfil donde prevalece el sosiego. Todo, en cuestión de minutos.

Muestra devoción por su madre, Clementina, que tiene noventa y un años y reside en El Hoyo.

Cortés señala que su mamá “nació en Las Malvinas, una localidad arenosa de Mendoza, de mucho calor”.

“Es hija de un francés y una criolla”, apunta, para luego indicar: “Su historia es muy triste. Sus padres murieron con la peste amarilla. No los dejaban ni velar por una cuestión de contagio. Quedó huérfana con trece o catorce años”.

Un día, por recomendación de una tía, la joven Clementina le envió una carta a Eva Perón.

A los tres meses, llegó una máquina de coser, acompañada de varios rollos de tela junto a moldes, hilos y demás elementos. El remitente llevaba la firma de Evita.

De esa forma, Clementina pudo prepararles la ropa a sus hermanos para que fueran a la escuela, pero además cosía por encargo y así se hacía de unos pesos que servían para darles de comer.

En cierta manera, de ese modo, antes de que naciera, surgió el futuro peronismo de Walter Cortés, quien en su oficina sindical tiene colgado un retrato de Eva.

Clementina, asimismo, fue víctima de una época donde, en ocasiones, los huérfanos parecían molestar. “A los quince o dieciséis años la casaron con un hombre grande”, revela Cortés.

La muchacha, cuando pudo, se separó. Y conoció a Francisco, hijo de españoles, con quien tuvo tres hijos (el mayor, Walter).

A su padre, Cortés lo de describe como “un trabajador”.

“Teníamos veinticinco hectáreas de viña, producto de lo que dejó mi abuelo paterno”, narra. 

“Habían hecho dos embalses muy grandes, por lo cual, en los días de calor, se generaban muchas nubes y las corrientes de aire venían hacia nuestra chacra”, rememora.

Al evocar aquellos tiempos dice que “durante siete años hubo una gran caída de piedras”.

Ante tal situación, el padre posó la vista en el sur.

“Arregló con un yugoslavo llamado Frank Budinek, que tenía una chacra en Mallín Ahogado. Como mi padre sabía de las espalderas, de los parrales, trabajó en la primera plantación de lúpulo en ese lugar”, recuerda.

“Mi viejo después se peleó por una cuestión relacionada con el maltrato a los aborígenes que trabajaban ahí y nos fuimos a El Hoyo”, continúa.

Cuando Walter llegó a la Patagonia, aún no había terminado la primaria. La culminó en la escuela 140 en El Bolsón.

La familia, en El Hoyo, según el relato de Walter, fue a trabajar a una finca de la familia Breide. “Plantamos cerezos”, hace memoria. “Después nos dieron un pedazo de tierra”, apunta, para enseguida acordarse de que no tenían alambre para rodear ese sector. “Hubo que ahorrar para comprarlo, y es el que está hasta hoy”, indica.

Por otra parte, en El Hoyo, ocurrió una tragedia que, al husmear en su cabeza, aún le produce un dolor profundo: la muerte de un hermano. “Fue muy duro. En esa época, en el lugar donde vivíamos, éramos unas trescientas familias. Tuvimos que hacer todo nosotros. Me tocó armarme de valentía para cambiarlo, ir a comprar el cajón, llevarlo… porque lo trasladamos en un camión, no había carroza fúnebre ni nada así. Debimos cargarlo, llevarlo y después hacer la fosa, no había empleados municipales que lo hicieran”, repasa.

El adolescente –tenía quince años– había ido a acampar junto a unos amigos en la zona de la laguna Los Alerces.

Por la noche, se escucharon quejidos de uno de los caballos.

El sonido causaba escalofríos. 

Alguien había atado mal al equino y se estaba ahorcando.

El hermano de Walter corrió –era noche cerrada– y cayó en la laguna. No pudo salir.

En su oficina, el sindicalista cuenta que aquel sitio “es un lugar hermoso, pero de aguas profundas”.

Cuando se le consulta cómo atravesó su juventud –más allá de aquel hecho puntual, sin dudas terrible–, manifiesta: “Para nosotros, la vida siempre fue bastante difícil, pero ni la infancia ni la adolescencia fueron malas”.

Reconoce que el arribo al sur no fue fácil (“Acá el vecino más cercano estaba a mil quinientos metros”, expresa).

Sobre sus años de adolescente, comenta: “Para ir hasta El Bolsón a divertirnos teníamos que caminar quince kilómetros. Pocos tenían auto y no entrábamos todos. Entre ida y vuelta, hacíamos treinta kilómetros a pie, todo para ir a un baile o al cine”.

Además, menciona un club social, “un lugar donde se juntaba la gente a jugar al truco, el cacho, el fútbol… a charlar”.

Invoca también “el día del festejo del pueblo, donde se hacían carreras de catangos con bueyes, de caballos… también cinchadas de tractores, se jugaba al palo enjabonado y a ponerle la cola al chancho”.

Tenía unos dieciséis años cuando mantuvo una discusión con su padre. “Habíamos hecho una forestación. Yo había limpiado el río y le pedí plata para comprarme una campera. Me dijo que no, porque había que pagar unas deudas”, rememora.

–Al final, ¿yo no voy a cobrar un mango? –protestó el adolescente, que veía que todos los que desempeñaban tareas en el terreno obtenían una recompensa y él no.

–Si usted quiere mandar, sabe lo que tiene que hacer. En esta casa mando yo –contestó el padre.

“Así que agarré un bolso, puse mis cositas y me fui a la calle”, reconstruye Walter.

Pasó un amigo que era camionero y llevaba pan hacia El Maitén. Se subió a su camioneta y viajó con él.

Terminó en un corralón de aquella localidad, “preparando bolsas y ordenando hierros, a cambio de comida y un lugar para dormir”.

Allá también trabajó para una empresa que buscaba petróleo. Colocaba geófonos, es decir, sensores para descubrir la potencialidad de presencia del denominado oro negro. “Hay mucho, pero está verde. Faltan varios años para que se pueda explotar”, pronostica.

Aquellos eran tiempos, además, de reuniones políticas.

Si bien la mamá de Walter, ya desde aquella anécdota de la máquina de coser que le mandó Evita, era peronista, al padre no le gustaba hablar de política. “No lo permitía… Tampoco de religión o de fútbol. Decía que traía problemas”, cuenta Cortés.

En El Maitén, en tanto, los peronistas se juntaban en alguna casa, comían puchero y discutían sobre los temas de relevancia de aquel entonces.

Cortés detalla que un comisario siempre le consultaba por esos encuentros. “Vos sos milico, no te puedo contar”, contestaba el adolescente.

Para aquel momento, un tal “Negro” Luciano, jefe de la estación de ferrocarril, le había dado a Walter una piecita para que durmiera ahí.

Ya cuando la democracia estaba por arribar, el comisario habló con Cortés y se sinceró: “Yo soy peronista”, le soltó. Quería formar parte de las reuniones de los pucheros.

Cortés se lo contó al “Negro” Luciano, que participaba de esas tertulias clandestinas, y, finalmente, el comisario, de civil, también pasó a integrar aquel círculo peronista.

A Walter le tocó hacer la colimba en Bariloche. Y se quedó.

Trabajó poniendo antenas de radiocomunicación y de mozo, entre otras actividades.

Y fue a partir de que lo despidieron, junto a otros compañeros, de un sitio en el que se había desempeñado durante dos años, que encontró cobijo en el sindicato, donde también comenzó a realizar diversas tareas.

“Los gremios son todos peronistas, así que me potencié”, bromea.

A modo de resumen de sus primeros pasos en la actividad sindical, desarrolla: “Me derivaron a Bolsón para hacer la sede del gremio. Después me quisieron echar y me defendí con una asamblea. Gané y los eché yo a ellos. Luego intervinieron el sindicato. Así estuvo como dos años. Cuando llamaron a elecciones, gané”.

Apunta que, desde aquella ocasión, salió triunfador siempre. “Tenemos internas, hay otras listas… y si no aparecen, las fabricamos, para que haya vida democrática”, sonríe, y recuerda el consejo que alguna vez le dieron: “No vas a tener nunca una elección si no se presenta una lista en contra”. En tal sentido, revela que muchas veces tuvo que pedir que por favor se presentara alguien para competir.

Junto a su afianzamiento en el sindicato, se consolidaba su camino político. “En 1999 fui diputado provincial. Después no pude serlo más por la persecución que tuvimos, con el tema de Arbos y todas esas cosas”, sostiene, en referencia al caso por defraudación vinculado al policlínico de aquel nombre.

–¿Cómo sintetizaría lo que pasó en esa causa?

–Ante todo, fue una gran injusticia, y el momento más triste de mi vida. Jamás pensé que me iba a pasar eso. Me sacaron de mi casa arrastrándome… Una vez que nos detuvieron, busqué lo bueno, por ejemplo, hacía cursos de carpintería y cosas así. 

–¿Considera, entonces, que no hizo nada malo?

–¿Qué voy a hacer? Nunca hago algo malo. Lo que hubo fue una persecución política. Sé quiénes son mis enemigos y por qué hicieron lo que hicieron. Pero yo estoy aquí, más fuerte que nunca. En la vida, Dios te recompensa. No debo haber hecho las cosas mal para estar donde estoy, conduciendo el gremio más grande de Bariloche, con un montón de obras, y con el desafío, ahora, de estar al frente de la ciudad, una localidad con muchos problemas sociales. En mí van a encontrar a un igual. El poder siempre se las agarra con los más pobres, con los más fáciles. No es casualidad que las personas nos hayan votado. Ven una esperanza. Se cansaron de los políticos de raza que no hacen nada por la gente. Las cosas suceden y es como si nada hubiese pasado. Hay empresas que cobran ocho millones de dólares… ¿Usted cree que eso es todo santo, que dieron una buena prestación y el pueblo se benefició largamente? Es todo joda, pero ellos no van en cana.

–Habló de enemigos y de una persecución política, ¿quiénes fueron?

–María Emilia Soria con los otros Soria y compañía. Hubo también una intención política del kirchnerismo duro. Nos cambiaron los jueces. Apenas salimos con el sobreseimiento se jubilaron. (Leónidas) Moldes se jubiló, que fue el peor de todos.

–¿Cuánto tiempo permaneció en prisión?

–Un año y seis meses.

Resulta claro que no le agrada hablar de aquel tema.

Donde sí se muestra cómodo es cuando enumera obras que llevó a cabo al frente del sindicato y las que piensa realizar como intendente.

Por ejemplo, habla de la piscina climatizada cubierta que es la joya del complejo que la Asociación Mutual de Empleados de Comercio (AMEC) tiene en el camino a Ñirihuau.

“Un día estábamos sacando tierra para llevarla a otro lado, y quedó el socavón. Yo dije que no lo rellenaran, para hacer una pileta de natación climatizada. Se me cagaban de risa”, carcajea.

Dice que mantenerla “es carísimo”.

“No nos deja ganancia, pero queda la satisfacción de que va la gente y se sirve de ella”, afirma.

En tal sentido, anuncia que, ya como intendente, construirá dos piletas públicas: una en la costanera, cerca de donde se ubicaba aquella que, luego de años de desuso, terminó como un skate park; la otra, en una plaza del barrio Malvinas.

Asimismo, se refiere a la necesidad de asfaltar en una ciudad que considera que no ha tenido planificación en su desarrollo.

También menciona las condiciones pésimas en que se encuentra el cementerio y la problemática relacionada con el vertedero.

En definitiva, no para de decir que hará obras de diverso tipo.

–¿Está seguro de que podrá hacer todo lo que anuncia?

Sonríe. –Usted es un hombre de poca fe…

–La vida me lleva a eso…

–Tenga fe en mí. Ya verá que haré las obras, porque soy un hombre de hacer, y tengo fe, fundamentalmente fe… Yo me tengo fe. Usted me va a decir que tenía razón.

–Ojalá…

–Póngale fe. El hombre con fe nunca pierde, ni aun perdiendo, porque ha sostenido su convicción. Estoy convencido, no le temo a nada. Por ahí, el hombre de la ciudad maravilla (Gustavo Gennuso) me dice que tengo miedo… Yo puedo decir que más miedo tiene él, porque sé absolutamente todo…

–¿Se imagina al hombre de la ciudad maravilla, como usted lo llama, al frente de la oposición?

–Es un vago, y para ser opositor hay que trabajar todo el tiempo. Y además de vago, mal habido y mal entretenido. Los charlatanes y mentirosos, para mí, no tienen lugar. 

–Aún no asumió y le voy a preguntar por el final… ¿Cómo le gustaría que, en el futuro, lo recordaran en cuanto a su rol como intendente?

–Que la gente tenga a las obras en la memoria, nada más. Que me recuerden por ser buen tipo, por poder hablar con cada uno, por darle espacio a cada persona que me espera para charlar mano a mano.

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