PREMIO GLOBAL A LA ENSEÑANZA
El docente barilochense que puede obtener un millón de dólares: “Yo tengo fe”
Hace unos días, la casa del barilochense Bruno Guillén amaneció alborotada.
Temprano, le comunicaron que había sido seleccionado entre los mejores cincuenta docentes del mundo.
Su hijo David, de siete años, que se estaba despertando, corrió hacia su papá. “Vino y me abrazó fuerte; estaba muy emocionado”, cuenta Bruno.
El Premio Global a la Enseñanza (Global Teacher Prize), también conocido como el Nobel de la Educación, es una distinción anual entregada por la Fundación Varkey. Para la selección, se tiene en cuenta el impacto inspirador en el alumnado y en la comunidad.
Obtener el galardón significa, más allá del honor, hacerse de un millón de dólares.
Bruno, aunque aclara que estar entre los nominados ya es un reconocimiento, se permite soñar y dice: “Ojalá pueda avanzar a la instancia siguiente, que es quedar entre los diez profesores seleccionados”. El barilochense alude a octubre, cuando se conozca la decena de finalistas sobre los que, en noviembre, se indicará quién se habrá quedado con el premio.
El docente cuenta que, en caso de que finalmente el nombre que se escuche cuando digan and the winner is sea el suyo, el dinero serviría para alcanzar la casa propia, a la vez que afirma que ayudará a la escuela y avanzará en promover el proyecto solidario por el que quedó entre los escogidos.
Porque, a sus treinta y ocho años, Bruno trabaja en el Centro de Educación Técnica 2.
En cuanto al programa que impulsa, se inició en 2019 y se llama Ayuda en 3D. “El origen tiene que ver que con el acercamiento a la escuela de una asociación llamada Ayuda Mutua Artritis Reumatoidea (AMAR). Vino una psicóloga social que me mostró unos dispositivos y preguntó si podíamos llegar a hacer algo así”, recuerda el docente, quien evoca que, en aquel momento, “surgió la idea de que aquello se podía llegar a realizar por medio de la impresión 3D”.
“Se trata de un proyecto de aprendizaje en servicio, que pone el foco en que los estudiantes aprendan destreza en diseñar en software por computadora, y que esos conocimientos los coloquen al servicio de la sociedad. En este caso, para personas que tienen artritis o enfermedades que les impidan usar las articulaciones de una forma natural”, desarrolla.
Entre las muchas creaciones que aparecieron a partir del trabajo en 3D, se encuentran férulas para dedos, abridores de botellas y portabolsas.
“El proyecto se originó en un taller de diseño asistido por computadora, y los chicos que lo hacen son de tercer año, tienen quince o dieciséis años”, explica Bruno.
Más allá de la nominación, donde es el único del país y uno de los diez –entre los cincuenta totales– que fueron escogidos en América Latina, el barilochense aclara: “No me creo para nada ser el mejor profesor de la Argentina”.
“Seguramente, debe haber muchos otros con proyectos e ideas mejores que lo que a mí se me ocurrió, solo que yo me atreví a contar la historia”, señala.
En ese punto, explica que se enteró del premio por las redes sociales, a principio de año.
Fue su esposa, Giselle Bogado, quien insistió para que se anotara.
Además, venía con el “empuje” de haber obtenido el tercer puesto en un concurso organizado por el Centro Latinoamericano de Aprendizaje y Servicio Solidario (CLAYSS).
“Desde muy chico apareció en mí un perfil docente, con ganas de ayudar a mis primos y a mis hermanos pequeños”, cuenta Bruno.
“Al estar en la secundaria tuve profesores muy buenos, y veía como una posibilidad lo de acercarme a la escuela y dar clases”, relata, para luego manifestar que aquello, finalmente, se concretó: “Al saber que mi título secundario me habilitaba, en un momento, a los veintisiete años, me quedé sin trabajo y lo primero que se me vino a la mente fue dar clases”.
Antes, Bruno había trabajado en la herrería de su padre.
También se desempeñó como técnico operario en una fábrica de aberturas.
“En un momento en que hubo reducción de personal, quedé sin trabajo”, detalla. Y fue ahí cuando se enteró de que, con el secundario técnico hecho, podía dar clases de taller.
Pero no se quedó solo con eso. “Al empezar y ver que me gustaba, empecé a estudiar en el Instituto de Formación Docente”, rememora el nacido en Bariloche, que también, antes, había viajado a Buenos Aires para cursar un bachillerato en teología. “Fue una decisión personal que tomé en busca de Dios y de mi lugar en el mundo”, apunta Bruno, que es evangélico. “Si bien hoy no cumplo ningún rol docente dentro de alguna organización eclesiástica, sigo asistiendo a un templo”, añade.
Sobre la situación en la ciudad, opina: “Bariloche tiene distintas realidades sociales, entonces, en las escuelas, se ven vivencias diversas”.
Así, por ejemplo, observa: “Los chicos tienen que convivir con que sus padres trabajan mucho y no tienen tiempo para ellos. El rol docente también es de contención, y hay que enseñarles contenido para que aprendan conocimiento”.
Como docente, al igual que todos, le toca renegar con algunas cosas. De esa forma, apunta: “Debemos luchar contra el uso del celular en las aulas, porque es un objeto de distracción, pese a que también puede ser una herramienta”.
Sobre lo que lo guía, reflexiona: “Hay que tratar de dar lo mejor de uno. Los chicos te tienen que ver entusiasmado; de lo contrario, no se puede transmitir nada”.
“El desafío de cada docente es enseñar con pasión, despertar curiosidad y ganas de aprender. En un trabajo arduo y lindo. Hay que capacitarse y traer novedades, que los alumnos puedan ver que lo que aprenden lo van a poder aplicar en la vida”, suma.
En cuanto a lo que viene en relación al Premio Global a la Enseñanza, simplemente dice: “Yo tengo fe”.