2023-09-20

SANTIAGO KOVADLOFF: MAPUCHES, ROCA, BULLRICH Y MÁS

Diálogo profundo con un hombre que murió dos veces

Duele, ante el retrato, acatar el mandato de los años,

empuñar la palabra y decir yo.

 

UN HOMBRE DE OCHENTA AÑOS,

Santiago Kovadloff. 

 

Santiago Kovadloff tiene ochenta años y acaba de dar un paso arriesgado.

Filósofo, ensayista, poeta… 

Intelectual.

Es un hombre respetado.

Así y todo, con lo difícil que es en la Argentina ser buenamente considerado, aunque medio de costado, aceptó meterse en el barro de la política.

Acompañará a Patricia Bullrich en caso de que la candidata de Juntos por el Cambio llegue a la Presidencia.

No lo espera ministerio alguno, sino que encabezaría un consejo de asesores con línea directa con quien aspira a sentarse en el mal llamado sillón de Rivadavia.

Esto se comunicó hace apenas unos días, y en ese marco se produjo una visita de Kovadloff a la Patagonia.

Estuvo en San Martín de los Andes, como orador principal del foro organizado por la asociación civil Consensos Patagónicos.

La propuesta del encuentro tuvo que ver con la problemática de los conflictos territoriales en relación a los pueblos originarios.

Kovadloff el año pasado ya había expuesto sobre la temática en el hotel Cacique Inacayal de Bariloche, en el marco, precisamente, del foro Consenso Bariloche.

Es decir, el escritor, desde hace tiempo, reflexiona e intenta ayudar a pensar acerca de cuestiones que, en esta parte del mundo, calan profundo y son motivo de divergencias varias.

En medio de la disonancia que aflora con ese tema, él –amante de la música– pretende armonizar una melodía que suele presentarse complicada.

Sentado en la cafetería de un hotel de San Martín de los Andes, se prestó a un diálogo extenso, con la temática territorial como punto de partida, pero que, tras pasar por el eje político que lo relaciona a Bullrich, desembocó en la literatura y el saberse más cerca que lejos de la última hora.

En su, hasta ahora, más reciente libro de poesía, titulado Los últimos cielos, se incluye el poema Ocaso, donde se pregunta:

¿De quién es esta memoria oscura

que insiste en mí y me entrega

a esa huella invisible que traza cada noche

de aquel tiempo sin horas

y da vida a la pena con que cada día

me aferro a esta última línea de luz?

Por lo pronto, insiste en bucear en diversas preocupaciones para, quizá, encontrar algo que se roce el razonamiento preciso.

Así, en San Martín de los Andes, enmarcó la situación relacionada con los pueblos originarios que se vive en la Patagonia: “La problemática mapuche hay que ubicarla en el marco de un país que atraviesa una crisis profunda de inconsistencia institucional”, dijo, y completó: “La nuestra es una república donde el cumplimiento de la Constitución encuentra dificultades enormes para realizarse”.

En tal sentido, apreció: “Este es un país que al invertir el orden de dependencia, es decir, convertir a la ley en lo manipulado por la política, en lugar de que la política esté sujeta a la ley, lleva a una profunda fragmentación. Porque la Constitución Nacional tiene una finalidad de congregación, de convergencia, y su incumplimiento, con las dificultades que tenemos para sostenernos en un orden de legalidad primordial, provoca una división creciente y reivindicaciones de carácter sectorial o feudal. Yo definiría a la nuestra como una democracia corporativa, es decir, hay corporaciones que defienden intereses, y difícilmente coinciden en un proyecto de nación. La noción del bien común, entre nosotros, está supeditada a la del bien sectorial”.

“De esa forma, la problemática mapuche expresa dos cosas: la reivindicación de intereses sectoriales, y una más profunda que se enmarca en la crisis de la identidad nacional, nacida del incumplimiento de la Constitución Nacional”, sostuvo el filósofo, para luego seguir: “En consecuencia, me parece que la única posibilidad de sostener un diálogo intersectorial, que pueda fortalecer a la democracia republicana, es que partamos de la idea de que la Constitución Nacional tiene el carácter de un valor compartido por todos los sectores del país. Para eso nació y así, creo, se la debería cumplir. Entonces, en el marco de la argentinidad reivindicada por la Constitución, caben los intereses y derechos que deben ser consensuados por el país a través de sus instituciones, pero no considero que se pueda hablar de una identidad nacional alternativa sin vulnerar el sentido de la Constitución Nacional”.

–Al observar el contexto, en ocasiones pareciera que el tema no tiene que ver con lo étnico, sino con problemas en el tejido social que carcomen a algunos sectores. Parece una simpleza decir que el conflicto mapuche se relaciona con lo habitacional, pero, al ver el panorama general, se descubre que muchos jóvenes comienzan a percibirse o definirse como mapuches a partir de cuestiones que la Argentina no les soluciona, entre ellas, la de la vivienda.

–Creo que es muy importante disponerse a entenderlo así, más allá de que se coincida o no. Las reivindicaciones por el derecho a ser reconocido como habitante, en sentido genérico, son justas, en una Argentina donde el problema habitacional es paradójico pero real. Es paradójico porque este es un país semivacío y, al mismo tiempo, tenemos problemas para habitarlo. Me refiero al derecho no a ocuparlo, sino a habitarlo.

–También resulta paradójico que para formar parte se opte por escindir el sentimiento argentino o, al menos, se pretenda ser algo distinto…

–Donde surge el problema de la identidad nacional alternativa ya salimos, para mí, del campo del derecho constitucional. Dentro del campo del derecho constitucional, toda reivindicación habitacional debe ser escuchada, y tiene que ser tramitada en el marco de la ley. Si bien puede ser discutible, no por eso deja de ser la expresión de un drama real.

–¿Tiene una opinión acerca del proyecto del intendente de Bariloche, Gustavo Gennuso, acerca de trasladar la estatua  de Julio Argentino Roca que, en la actualidad, está ubicada en la plaza principal del Centro Cívico?

–Me parece una barbaridad. Primero, porque se basa en la tergiversación de la historia, es decir, a la reducción del significado de los hechos a una mirada excluyente. De esa forma se le resta complejidad al fenómeno Roca, a la cuestión epocal, a lo que significa el contexto… Se estigmatiza una figura homologándola a una sola lectura. Entonces, esa lectura es antidemocrática. 

–¿Y como figura histórica? ¿Qué piensa de Roca?

–Me interesa muchísimo. Me parece que, en primer y último término, es compleja. Donde hay complejidad, hay riqueza. Me niego a creer que toda figura paradigmática de la historia nacional tiene un solo rostro. Voy a dar un ejemplo analógico, y recurro a lo literario: cuando Jean Paul Sartre enseñaba sobre Gustave Flaubert, para luego escribir El idiota de la familia, explicaba a sus alumnos que Flaubert era un tipo que frecuentaba los burdeles para poder encontrar allí la posibilidad de ser visto por otros hombres para los cuales él pudiera significar mucho como intelectual; decía, además, que era coquetísimo y le interesaba estar vestido a la última moda, por lo que era un gastador tremendo de dinero, el cual no siempre tenía. Un alumno, tras escucharlo, le dijo a Sartre: “Profesor, entonces Flaubert era un burgués”. Y él le contestó: “Efectivamente, era un burgués. Lo que pasa es que hubo pocos burgueses como él”. Ese el punto: Roca tenía infinidad de aspectos cuestionables, pero hizo algo grande, generó unidad territorial en la Argentina, siempre a un costo discutible, pero no fue un genocida, de ninguna manera. De hecho, la historia demuestra que las comunidades indígenas, muchas de las cuales le presentaron batalla, no resultaron aniquiladas por él, sino que fueron reinscritas por la colonización en otro marco, el de la unidad nacional. Hoy nos enfrentamos a un problema similar cuando decimos que primero tiene que estar el concepto de nación y, dentro de él, toda la diversidad que se quiera. Después de todo, la Argentina es un país fuertemente pluralista, marcado por la emigración y la inmigración de infinidad de proveniencias que son valiosas. Roca las expresó en su momento y a su manera. Reivindicarlo como una figura idealizable me parece peligroso, y sustraerlo del campo de su complejidad, también.

–Ni una cosa ni la otra…

–Exacto.

–¿Cómo observó la firma del acuerdo entre el Gobierno nacional y referentes mapuches por el conflicto de Villa Mascardi?

–Me parece que donde hay negociación, y esa palabra prepondera sobre la violencia, vamos bien. Si el desacuerdo no trasciende el campo de la discusión y el debate, se procede civilizadamente. En consecuencia, lo veo como algo estimulante, porque reconoce una presencia que reivindica derechos, pero inscribe la legitimidad del derecho reivindicado en el marco de una tratativa dentro de un orden institucional nacional. Lo considero positivo.

–¿Por más que las personas a las que abarca el acuerdo estén acusadas de delitos cometidos en la zona?

–Depende del análisis de los delitos. Si hay delitos que son precedentes al otorgamiento de la tierra, eso habrá de invalidar el derecho de la reivindicación de esa tierra hasta tanto se subsane el delito, si es que es subsanable. Pero donde hay una procedencia delictiva, la legitimidad se opaca. Entonces, me parece bien que se trate la reivindicación, pero veamos quiénes son los interlocutores.

–¿Hace cuánto que conoce a Patricia Bullrich?

–Durante la época del ejercicio de la presidencia de Mauricio Macri tuvimos algún acercamiento ocasional, pero ha sido después de aquel gobierno, y en los últimos dos años, que iniciamos un contacto más sostenido. Ella me propuso conversar sobre su experiencia, sus dudas… Y a mí me parece fascinante cuando un político quiere escuchar, no sólo hablar.

–¿Qué lo llevó a aceptar el ofrecimiento de encabezar un consejo asesor en caso de que Bullrich llegue a ser presidenta?

– Me propuso crear un grupo que trabaje en tres áreas, educación, cultura y salud, integrado por gente proveniente de esos distintos sectores que interactúe entre sí, para proveerle a ella criterios, ideas, nociones, conceptos, que puedan, a su vez, ser derivados, en el caso de que gane las elecciones, a los ministros que, en cada una de las áreas, tendrán que llevar adelante las políticas de Estado pertinentes.

–Lo que antes hacía con ella informalmente, en forma individual, ahora será a través de un grupo y formal…

– No será un grupo con una doctrina. No se tratará de Carta Abierta. Nos juntaremos a iniciativa y propuesta de Bullrich, con mi coordinación, porque ella lo puso en mis manos, para intercambiar ideas sobre las necesidades que consideramos fundamentales. No haremos expresión de un pensamiento único, ni emitiremos documentos periódicamente… Nada de eso. Simplemente, vamos a conversar para llegar a ideas en los distintos terrenos que puedan resultarle de interés a la gestión de, si llegara a ser elegida, la presidenta Patricia Bullrich.

–Eso no significa que se pasara por encima de los ministerios…

–Bullrich será quien hable con cada ministro. Nosotros no interferiríamos en la gestión propiamente dicha. Somos pensadores, pero no unificados por una doctrina. Mientras en el gobierno kirchnerista la verticalidad era la norma, bajando documentos hacia la ciudadanía, nosotros no generaremos nada de eso, ni nos vamos a dirigir a la población doctrinariamente. 

–¿Cuántas personas formarían el consejo?

–A lo sumo, siete. 

–¿Ya tiene pensado quiénes serán?

–A buena parte, sí, pero todavía no tengo totalizado el número. Primeramente, le voy a transmitir los nombres a Patricia, pero puedo adelantar que se trata de gente de enorme idoneidad en el campo de las ciencias exactas, de las naturales, de la medicina, de las humanidades, de la educación, de los derechos humanos. Seres que han luchado por la democracia republicana a través del ejercicio de su vocación y de la reivindicación de la persona, entendida como el centro de cualquier proyecto político, tanto en el orden del derecho a la salud como en el de la educación y la libertad.

–Nombró a los derechos humanos, ¿qué opina del uso que se le ha dado al término por parte del kirchnerismo?

–Creo que fue un abuso pavoroso, por la unilateralidad de su concepción. Si hablamos de derechos humanos, tenemos que pensar quiénes quedan afuera, ¿los no humanos? Por ejemplo, me parece muy bien que los delitos de lesa humanidad sean juzgados y castigados, pero no que se mantenga en prisión a un número tan grande de militares sin que sean enjuiciados, dejándolos pudrirse y morir en la cárcel sin el debido proceso. Por otro lado, creo que esto nos remite a un tema crucial. La confrontación entre el terrorismo de Estado y la guerrilla propiamente dicha tiene dos puntos, uno de convergencia real y otro de convergencia ideal. El de convergencia real es la sacralización de la violencia como recurso de cambio social; el punto de convergencia ideal es que el sufrimiento generado por ambos bandos homologa en un terreno de derecho y de una necesidad de comprensión mutua a todos los que sufren, a los hijos de quienes han padecido semejante barbaridad que, precisamente, tiene que ver con sacralizar la violencia para cambiar la realidad. En consecuencia, creo que, desde un régimen republicano y democrático, tenemos que luchar para que la identificación no provenga del plano ideológico, sino del sufrimiento. Hay que mostrar que la violencia es estéril para generar vida, sólo es buena para generar muerte.

–Igualmente, debe entenderse que los crímenes cometidos por el Estado sí deben considerarse de lesa humanidad…

–Sin duda.

–¿Y qué pasa con la otra parte? ¿Sería otro “demonio”?

–No diría que es el otro demonio. Hablo de una ideología que concibió la violencia como la forma de instaurar un hombre nuevo. Del lado del terrorismo de Estado, es decir, del fascismo que se puso en práctica, la idea era terminar con ese proyecto de transformación, paradójicamente, empleando la violencia para defender la democracia, entonces la república estaba defendida por el terrorismo de Estado. El terrorismo a secas, el que atacaba a las bases de esa dictadura, y aún antes de ella, aspiraba a la transformación renegando de la idea de la interlocución.

–Volviendo a Bullrich, más allá del papel que usted jugaría si ella llega a la presidencia, ¿qué cree que representa para la Argentina en este momento?

–La única posibilidad de que la ley vuelva a preponderar sobre el poder. Es decir, que el poder político se ajuste a la ley, a la Constitución. 

–¿Qué pasa con Javier Milei?

–Para mí, representa la retórica de una transformación cuya única substancia es la redención mediante la negación de la estructura republicana, terminar con las instituciones del Estado para concentrar en la figura del líder una misma redención populista, pero desde otra perspectiva, que la que se llevó a cabo simulando intereses democráticos por quienes no tuvieron, todavía, como es el caso del kirchnerismo, la osadía de hablar expresamente de la destrucción de la democracia, aunque contribuyeron a destruirla. El discurso de Milei, en cambio, es franco: él quiere terminar con lo que nosotros llamamos las imposiciones institucionales de la Constitución del país. Su liderazgo no tolera críticas.

–Casi una figura monárquica…

–Sí, así es. Podemos enseñarle francés, si es que no lo sabe, y decir con él L'État, c'est moi, “el Estado soy yo”. Es un hombre que no tolera la divergencia porque tiene el monopolio de la razón… Ya pasamos por eso. Hemos tenido dos guerras mundiales alimentadas por una mentalidad como esa.

–¿Y qué pasa con Sergio Massa?

–Ahí veo a la democracia corporativa. Intereses empresarios, sindicales, que están tratando de encontrar la manera de lograr su supervivencia en el marco de una república despedazada, hipotecada, de la mano de un líder que dice que si fuera presidente no sucedería lo que pasa siendo ministro. Ya sabemos que el presidente de la república es espectral. En consecuencia, ¿cuál es el valor de este ministro que hace campaña como candidato a presidente para formalizar lo que, de hecho, lleva adelante en la actualidad? El peronismo ha fracasado en lo que hace a la capacidad de generar equidad social. La pobreza ha aumentado en la Argentina, no sólo por obra de los veinte años de kirchnerismo, pero en ese tiempo se ha agravado brutalmente. Otra cosa que creo que es importante entender es que, ni en el caso de Milei ni en el de Massa, la palabra vale algo; pueden contradecirse sin tener que explicar qué quisieron decir. El oportunismo degrada a la palabra hasta convertirla en un significante sin significado.

–¿Puede considerarse una paradoja que el peronismo, que en la actualidad usted marca como incapaz de generar igualdad social, en su nacimiento se haya definido como salvador de las diferencias de ese tipo?

–Me da la impresión de que cuando Perón asumió el poder y reivindicó a la clase trabajadora procedió con una comprensión enorme de algo que era indispensable, que los trabajadores en la Argentina tuvieran la dignidad que les faltaba. Creó infinidad de medidas que son muy valiosas. La instrumentación que de eso se hizo en nombre de la hegemonía de un gobernante autocrático es otra historia. Pero en cuanto a generar condiciones de mayor equidad social, me parece que hay que reconocer que el primer gobierno peronista, en algunos aspectos, lo logró. Después, todo estuvo al servicio de la reducción de la realidad argentina al discurso peronista. “Somos todos peronistas”, decía el general…

–¿Habló con Patricia Bullrich acerca de su paso por la Juventud Peronista?

–Claro que sí. Me contó que lo que la llevó a la Juventud Peronista fue la presunción de que el peronismo tenía recursos transformadores de la sociedad argentina. El proceso que la trasladó de la Juventud Peronista a sus ideales republicanos y liberales de hoy es lo que más valoro en ella, porque expresa una capacidad autocrítica muy grande, y creo que cuando una persona cuenta con aptitud para reconocer sus errores puede aprender. Ella aprendió, y quiere seguir haciéndolo. Con gente así, se puede conversar. En cambio, si hay alguien que parte de la idea de que no cometió errores y que aquellos ideales siguen siendo válidos, se convierte en un ser anacrónico y propone, como futuro, el pasado.

–Se lo nota activo. Hace poco sacó dos libros –uno de poesía y otro de ensayo–, realiza conferencias y, de alguna manera, con su apoyo a Bullrich, tiene ganas de intervenir en el campo político. Pero, a la vez, esas obras literarias que dio a conocer recientemente, sobre todo la de carácter poético, tienen un aire a despedida… 

–Es muy interesante lo que dice, porque me interroga. Tengo ochenta años. Conozco la frase “no los aparenta”, así como la complicidad y la piedad social de quien dice: “Se te ve fenómeno, estás muy bien, parecés un hombre de setenta años”… Pero tengo ochenta. Que me sienta bien y con energía no implica que esté distraído. Sé que voy a morir pronto. ¿Qué quiere decir pronto? Pueden ser diez años, quince… Pero ya eso, para mí, es pronto. No estoy en la etapa de mi vida en la que tenga por delante un futuro sin cifras. Me despierto cada día y agradezco, a mi salud y mi ascendencia, la posibilidad de sentirme bien, de desear.

–Y tiene ganas de escribir…

–Sí, así es.

–Y de intervenir en política, porque colabora con alguien que puede llegar a ser presidenta…

–Tengo ganas, en esta etapa, si puedo, de contribuir a evitar una catástrofe. Aunque sea poco lo que pueda hacer. Pero siento que se avecina un tiempo en el cual, sin la alternativa de Juntos por el Cambio, sólo vamos a lograr hundirnos más en la ciénaga en que estamos.

–¿Realmente ve a la Argentina al borde de una catástrofe?

–Creo que el país está estancado desde el punto de vista de su capacidad de desarrollo, porque no puede capitalizar sus errores. Las doctrinas son reiterativas. Milei es aun más remoto que el peronismo.

–En cuanto a la muerte, de la que ha dicho que presiente de una proximidad indeterminada, por lo que manifiesta en algunos de sus ensayos, pareciera que le molesta más pensar en días marchitos que en el hecho final en sí…

–Me encantaría, por ejemplo, en una conversación como esta, sufrir un colapso…

–No, ahora no, por favor, no me asuste –sonreímos–

–No, no lo voy a complicar –rio–, pero sí me gustaría correr la suerte de mi padre, que murió a los noventa y cuatro años. Era un hombre espléndido y refinado. Terminó de cenar, tomó su copa de coñac, se fue a acostar y no se despertó nunca más. Es una muerte envidiable, porque no la sufrió, la integró a su vida. Eso es el ideal. No sé si la mía será así, pero me gustaría causar el menor número de trastornos a mis seres queridos.

–Al momento definitivo ideal, entonces, lo imagina como un dormirse definitivamente, sin sufrir…

–Yo ya morí dos veces. Tuve ataques de epilepsia que me enseñaron lo que es morir. Hace ya muchos años estaba dando una clase en mi casa y, de pronto, me encontré en una silla de ruedas, bajando por el ascensor de mi edificio para ir al hospital. En ese lapso, doy fe de que desaparecí, dejé de ser el protagonista de mi vida para pasar a ser un sujeto afectado. La segunda ocasión fue similar, pero más operística. Estaba en Mar del Plata, dictando una conferencia, y caí fulminado. Parece ser que hay un porcentaje reducido de personas que, en la adultez, están expuestas a ese tipo de enfermedad. Por suerte, me repuse, me atendí neurológicamente y estoy curado de ese único punto de contacto con Dostoyevski (la referencia alude a la epilepsia del escritor ruso).

–De esos momentos, me refiero a cuando estuvo “muerto”, ¿recuerda algo?

–No.

–¿Y piensa que después de la muerte, entonces, no hay nada?

–Se lo voy a plantear de otra manera… No necesito que haya algo. Haber vivido y haber sido uno por única vez me parece un milagro, y no necesito otro… Me parece maravilloso haber estado aquí, ser testigo de la hermosura de la vida, del universo y el infinito como dilema y enigma… ¿Qué más?

–¿Pero no le gustaría reencontrarse con alguien a quien extrañe, una persona que se haya ido antes que usted?

–No… Creo que he disfrutado de todo lo que he podido amorosamente en relación a quienes me han precedido en la muerte… Y me parece que está bien despedirse. Considero que es mejor despedirse que llevarse un desencanto posterior.

–¿Tampoco quisiera ver a una persona que no conoció? Por ejemplo, si tuviera la posibilidad de hablar con su querido Fernando Pessoa…

–No aspiro a ese tipo de cosas… Cuando estaba por empezar a traducir el Libro del desasosiego, en diciembre de 1999, la noche anterior a empezar esa tarea, tuve un sueño. Ahí ya me encontré con Pessoa.

–Más allá de cualquier divagación, ¿coincide con que sus últimos dos libros tienen un tono a despedida?

–El mío es un adiós largo, no uno breve…

 

Desconocía esta emoción del tiempo,

este apego a las tardes que se van

o el temblor que recuerda una partida

en cada encuentro.

 

LOS ÚLTIMOS CIELOS,

Santigo Kovadloff.

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