MALVINAS
La historia de una mujer que a 41 años del conflicto bélico volvió a tejer bufandas para los “chicos de la guerra”
Gloria Muñoz Goye, sentada en su casa, frente al ventanal de entrada, deshilacha historias.
En el barrio La Cumbre todos saben que en esa vivienda vive una tejedora.
“A los siete años ya sabía hacer guantes”, confía ella, que detalla: “Mi mamá decía que a los cuatro podía realizar algunos puntos”. La referencia apunta a Vitalina Goye, hija de don Eduardo.
Con aquel apellido que, en Bariloche, remite a los antiguos pobladores, Gloria, justamente, cuenta que aprendió a tejer al observar a su madre.

A los setenta y cinco años, deja caer sobre la mesa relatos vivenciales.
De una u otra manera, siempre comercializó sus tejidos.
Primero, algunos parientes pasaban a buscarlos para venderlos en distintos sitios.
Cuando su marido, que se dedicaba a la herrería, murió, el calendario marcaba que el siglo XXI había llegado y ella tenía cincuenta y dos años.
Fue entonces que, con sus creaciones, recaló en un puesto de Colonia Suiza.
Allí no solo vendía sweaters, la necesidad hizo que también se encargara de la limpieza del predio, para obtener unos pesos extra.
Además, comenzó a viajar por la zona junto a un grupo de emprendedores de El Bolsón. Con ellos, recorría distintas localidades. Pero un médico le dijo que eso de andar durmiendo en el stand que levantaba en cada lugar no le estaba haciendo bien.
Aunque no dejó de viajar -es una mujer andariega–, ya no se trata de recorridos “comerciales”. Ahora pasea junto a grupos de jubilados, y trae un cactus de cada sitio que visita. Su hogar está lleno de esas plantas.
También hay un gato que la llama desde la ventana.
El felino insiste en su maullido hasta que lo deja pasar.

La voz de Gloria suele ir hacia recuerdos de momentos difíciles. Pero siempre aparecen mojones luminosos que hablan de iniciativas, de vueltas de tuerca, de hallar formas de gambetear los trances complicados.
Cuando por salud ya no podía andar de localidad en localidad cargando con sus creaciones en lana, evocó una etapa que empezó a los nueve años, tiempo en que trabajaba con sus hermanas en obras en pirograbado para un negocio de artículos regionales. Desde entonces había querido comprarse un pirograbador. De grande, entonces, lo hizo, y comenzó a dar clases de ese arte en agrupaciones de adultos mayores, a la vez que enseñaba a tejer.
Ella misma, en 2009, comenzó a delinear un centro de jubilados en su propio hogar, llamado Cumbres Nevadas, que, en la actualidad, con la sede en otro sitio, sigue funcionando (Gloria, además, es parte de la peña tradicionalista Los Cerrillos, que el 17 de agosto cumplió sesenta y cuatro años).
Más allá de la suma de remembranzas, hay un episodio que resalta en su relato.
Cuando en abril de 1982 la radio informó que había comenzado la guerra de Malvinas, estaba en la cocina. Al alcanzarle un mate a su marido, le comentó la situación. Inmediatamente, ella pensó en enviar bufandas, guantes y medias. Así lo hizo, más allá de que su esposo le decía que lo que mandaba representaba mucha plata. “Ellos lo necesitan”, respondía Gloria, pensando en los combatientes argentinos.
Luego, cuando el tiempo pasó y se supo que mucho de lo que la gente entregó nunca llegó a destino, a Gloria le entró la duda acerca de lo que había pasado con sus cosas.
El asunto le dio vueltas en la cabeza durante años.
Finalmente, en noviembre de 2022, se le ocurrió algo: tejería bufandas para entregárselas a los veteranos que viven en Bariloche.
Les comentó la idea a sus hijos (cinco mujeres y un varón), para que la ayudaran.
Una de sus hijas forma parte de un grupo de motociclistas en el que participa un excombatiente. Sin contarle que era para el proyecto de su mamá (le dijo que su hijo estaba haciendo un trabajo para la escuela) le preguntó cuántos veteranos, aproximadamente, había en Bariloche.
Al tener ese número, Gloria se puso a tejer.
Cuando llegó la noche de la vigilia por Malvinas de este año, la mujer concurrió al Centro Cívico y, ante la emoción de esos hombres que en 1982 estuvieron en combate, le entregó a cada uno su bufanda.
Luego tuvo la sorpresa de recibir llamados de varias mamás de esos excombatientes, que le agradecieron el gesto.
“Todo fue muy emocionante”, sintetiza ella, que aún tiene un sueño por cumplir: conocer Malvinas.