EL DOLOR DE LOS HIJOS DE RICARDO HERRERA
“Ahora, cuando más lo necesito, no tengo papá”
“Aquel día, a la una de la mañana, me enteré de que habían matado a mi papá”, dice Jeremías Herrera. El final de mayo de 2021 lo encontraba en Comodoro Rivadavia. Había estado en Bariloche, junto a su padre, Ricardo, hasta la semana anterior.
Los hermanos Cristian y Ricardo Herrera, nacidos en la ciudad chubutense, vinieron a esta localidad para llevar adelante un proyecto familiar centrado en una forrajera.
Ricardo, la noche del 30 de mayo de 2021, fue asesinado con un arma blanca. Su novia, Daniela Cañuqueo, señaló a Nicolás Báez como el agresor.
Tenía cuarenta y tres años y cuatro hijos: dos nenas pequeñas, en la actualidad de ocho y once años, que viven en Neuquén; y Camila y Jeremías, de veintidós y diecinueve, que, en aquel momento, estaban en Comodoro.
En la jornada fatídica, Camila se encontraba por ir a dormir cuando vio un mensaje en su celular. Un primo le decía que su papá estaba grave (en realidad, para ese momento, ya había muerto, y ella, desconociéndolo, le escribía por WhatsApp para saber qué sucedía).
“Para mí, era estar en una pesadilla”, suspira la joven, que evoca a su padre como un hombre “muy compañero, cariñoso y trabajador”.
“Laburaba muchísimo para darnos todo lo que queríamos”, sostiene.
La noche del asesinato, Jeremías escuchó desde su habitación que Camila hablaba asustada. Fue a verla y ahí se enteró de que algo le había sucedido a Ricardo.
Poco después, ambos supieron la verdad completa.
Camila cuenta: “Papá quería que estudiara. A mí me gustaba hacerlo, y también disfrutaba con ver que se ponía orgulloso de que aprobara las materias”. Tras la muerte de Ricardo, dejó los estudios. “Ya no me dan ganas. Lo que me hacía feliz era verlo contento por lo que yo hacía”, dice entre lágrimas.
La joven pasa parte del tiempo en Bariloche y parte en Comodoro, donde acompaña a su madre, que quedó ciega hace seis años, luego de una operación.
Jeremías, en tanto, si bien viaja seguido a Chubut para ver a su mamá, está instalado en Bariloche, compartiendo la labor en la forrajera familiar.
“Él quería que yo siguiera con el negocio, por eso lo hago… Pero a veces me dan ganas de volver a Comodoro. Me cuesta… Ahora, cuando más lo necesito, no tengo papá”, suspira el muchacho.