REMARCACIÓN EN BARILOCHE
Los precios en el escenario postelectoral: por las nubes y rumbo a la estratósfera
Lo que se vivió el lunes y el martes posteriores a las elecciones primarias, abiertas, simultáneas y obligatorias no es una novedad. La Argentina es una dama muy castigada en ese sentido. Las corridas cambiarias anteriores o –sobre todo– posteriores a los sufragios son casi una fija.
Pero, en esta ocasión, por momentos, aunque suene contradictorio, se observó el contorno de un fantasma.
Los de más edad, aunque aclarando –para los jóvenes que no vivieron aquella etapa– que “aún” no se alcanzaron aquellos niveles, percibieron la silueta de la hiperinflación de fines de los ochenta.

En las charlas en la calle, en los trabajos y en los hogares, se hablaba de “voto castigo”, “dolarización”, “a ver si llegamos a diciembre…” y otras cuestiones similares, siempre con el manual de la “filosofía barata y zapatos de goma bajo el brazo” y el “yo te avisé” del día después en la boca.
Pero, entre esos comentarios, en la mayoría de las ocasiones nacidos sin un criterio fundamentado, surgió un factor común que sí corresponde insalvablemente con la realidad: todos coincidieron en apreciar que los precios se fueron por las nubes.

Siendo caritativos –porque varios hablaron de porcentajes mayores–, se notó un promedio de aumento general de un veinte por ciento.
El lunes comenzaron a verse algunos valores que comenzaban a ascender, pero fue el martes donde se definió que el problema –junto a los precios– iba en ascenso.
Aquel que fue a comprar a primera hora medialunas vio algún retoque en el monto a pagar.

Quien quería hacer pedidos para su negocio, en muchos casos, escuchó como respuesta que no estaban tomando encargos hasta que se definiera cómo seguiría la mano.
Los repositores oían de sus jefes la orden continua de cambiar los cartelitos donde figuran los importes.
Los repartidores advertían que los plazos para abonar se reducirían: si antes daban un margen de cuarenta y cinco días, ahora, con suerte, se podría pagar a los treinta.

Estuvieron también quienes, frente al desconcierto, optaron por no abrir sus locales, porque tenían miedo de que, al vender, perdieran plata.
En los kioscos, en tanto, si bien aclaraban que desde hace rato se habían acostumbrado a los aumentos semanales, el de estos días amplió el margen.
Aquellos que manejan la distribución de varias marcas de golosinas, por ejemplo, avisaron que los pedidos para entregar a partir del miércoles arrancarían con un veinticinco por ciento de aumento.

Las pequeñas empresas que, para producir, necesitan diversos insumos no sabían cuánto aumentar.
En la calle Onelli, en tanto, las pizarras que suelen mostrar ofertas para que el caminante se tiente estaban en blanco (o sea, en negro de pizarrón), apenas con la sombra de lo borrado. Ni siquiera figuraba la apostilla cómica de aquel que, sobre el final de la gestión macrista, escribió: “Ofertas… Ninguna, ¡todo se fue al carajo!”.

En los supermercados, algunos precios se cambiaron el lunes, pero fue el martes por la mañana cuando los empleados no daban abasto para remarcar lo que les indicaban.
En cuanto a la carne, los aumentos oscilaron entre un diez y un veinte por ciento según el corte. En algunos casos, el kilo pasó los cuatro mil pesos.
Además, cabe resaltar que el barómetro para la acelerada general respondió a la medida del gobierno nacional de aumentar en algo más de un veinte por ciento el dólar oficial.
Ese, entonces, fue el porcentaje en que osciló la suba de precios.
Lo que todos se preguntan es qué pasará si el blue sigue inflándose. Porque, en un escenario como el actual, no es difícil imaginar a un Washington con anabólicos. En tal sentido, nadie sabe cómo seguirá esta obra de nunca acabar, donde reina la tragedia.

Los que ya pasaron los cuarenta recuerdan al gran Tato Bores, el humorista televisivo instructor de educación cívica. En un programa que sus hijos produjeron tras su muerte, en forma de falso documental, recopilando sketches del “actor cómico de la Nación”, se hacía referencia a un futuro en el que se investigaba el misterio de la Argentina, un país que, pese a tenerlo todo, se había esfumado de la faz de la Tierra.
Obviamente, era una broma. Este país no se evaporará, pero ¿qué sucederá si una y otra vez cae en su propia trampa?
Por lo pronto, vermouth con papas fritas y… ¿good show?