2023-07-25

JUAN PABLO ORDOÑEZ: CIENCIA Y MONTAÑA

Fue disc jockey en el Balseiro, desarrolló una carrera en INVAP y es presidente del Club Andino

Juan Pablo Ordoñez asumió como presidente del Club Andino Bariloche en junio.

Tiene sesenta y seis años y una carrera destacada en INVAP; la montaña, en tanto, le brinda “una conexión con el mundo natural”. Él dice que se trata de “un complemento necesario al estrés de la vida moderna”, y no duda en afirmar: “Es una parte esencial de mi vida”.

Nació en Buenos Aires y llegó a esta ciudad para ingresar en el Instituto Balseiro.

“Yo ya conocía Bariloche, y la posibilidad de estudiar acá me parecía un privilegio”, señala.

De aquellos tiempos, rememora: “Casi todos los estudiantes vivíamos en el Centro Atómico. Los viernes por la noche teníamos el cineclub, y después abría El Electrón, uno de los primeros boliches que hubo acá, donde durante varios años fui disc jockey”.

Asimismo, recuerda que el centro de estudiantes contaba con equipo de montaña y de esquí.

Juan Pablo ya sabía que lo de aventurarse a los cerros le gustaba, porque solía pasar sus veranos en Córdoba y allí había descubierto la experiencia, pero en Bariloche el asunto lo cautivó.

“Los estudiantes en invierno íbamos a esquiar, y en el verano hacíamos salidas a la montaña”, cuenta.

“Apenas llegué empezamos con amigos a ir a los refugios y después a hacer travesías”, expone, a la vez que indica: “Ingresé en INVAP un año antes de recibirme, para hacer lo que en el Centro Atómico le llamamos el trabajo especial, una especie de tesis”.

Ya incorporado a la empresa, volvió a Buenos Aires, enviado por la firma.

“Cuando retorné a la Patagonia, empecé a escalar con amigos. Hicimos las agujas del Frey, por ejemplo”, menciona.

Por aquella época fue su acercamiento al Club Andino.

Desde 1986 hasta los primeros años de la década del noventa estuvo vinculado a la entidad.

Trabajó en las subcomisiones de andinismo y de refugios, e incluso estuvo en la comisión directiva.

Luego el trabajo y la familia propiciaron que no tuviera tiempo como para sus excursiones a la montaña.

Ni siquiera, durante el invierno, iba a esquiar.

Además, por su labor en INVAP, fue destinado, primero, un año a Estados Unidos (hizo una maestría en el Massachusetts Institute of Technology); después, a Australia.

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En 2007, a su regreso de Oceanía, ya con su hija y su hijo más grandes, quienes se radicaron en Buenos Aires, decidió retornar a sus caminatas por la montaña y, de manera paralela, al Club Andino.

En la entidad, al volver, apreció cambios importantes.

Aunque las actividades eran, en esencia, las mismas, existían mayores trámites, vinculados a un nivel de complejidad mayor.

Por ejemplo, el transporte para los chicos de la escuela de esquí necesitaba seguros para los pequeños; lo que antes, en los refugios, se arreglaba con un apretón de manos, pasó a necesitar contratos formales; si bien en el pasado se recurría a contadores, se precisaba hacerlo con más asiduidad, e incluso se requería, de vez en cuando, la presencia de algún abogado.

A la vez, la situación, desde el punto de vista financiero, era más complicada.

“Los fundadores y quienes siguieron armaron una estructura maravillosa, aunque antes mantenerla era algo sencillo y ahora resulta más complejo”, señala Juan Pablo.

Igualmente, si bien el dinero no sobra, alcanza para seguir en pie.

Incluso, a partir de algún negocio inmobiliario, se pueden proyectar nuevos planes.

Por ejemplo, debido a la venta de un terreno, nació la idea de levantar un muro de escalada de dimensiones olímpicas, que, si todo marcha como está previsto, estará listo el año próximo, en el predio que la Asociación de Atletismo de Bariloche -con la que el Club Andino llegó a un acuerdo- tiene en el kilómetro 6,200 de la avenida de los Pioneros. Además, para tal propósito, se cuenta con la ayuda de un subsidio de la provincia de Río Negro.

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Ordoñez expresa que, debido a la cantidad de actividades que se llevan adelante, a veces piensa que son “muchos clubes en uno”.

De esa forma, relata que, por un lado, está lo relacionado con lo deportivo, ya que la institución cuenta entre sus miembros con escaladores y esquiadores que se han destacado a nivel competitivo.

También cita lo referido a servicios, donde los socios utilizan las prestaciones que se ofrecen.

Además, se encuentra la escuela, que es donde Juan Pablo hace mayor hincapié. Allí se enseñan esquí, snowboard, escalada, mountain bike, rollerski…

Según aprecia el presidente del Club Andino, también se trata de una ONG, porque mucho de lo que se ofrece no se limita a quienes son socios, sino que son de acciones para la comunidad. En ese punto, destaca los refugios y la Comisión de Auxilio, que, para Ordoñez, “son piezas fundamentales para permitir el turismo de montaña”. En ese sentido, afirma que, de no existir tales cosas, “la afluencia de gente bajaría muchísimo”. En cuanto al porqué de brindar esa asistencia, sostiene que “tiene que ver con el espíritu del Club”.

“Nos encanta poder ser útiles para que la gente conozca la montaña”, asevera.

A todo eso, suma que se trata de una pyme, “porque la estructura de dos mil socios exige manejar los servicios y contar con empleados permanentes”. A ello añade el personal temporario, que incluye a más de cien instructores en la faceta educativa de la entidad.

Incluso, aprecia que se trabaja como “un administrador de inmuebles”. En ese punto, detalla: “Gracias al trabajo de quienes nos antecedieron, administramos seis refugios de montaña, cada uno con su contrato de alquiler o locación, tenemos dos campings, la sede… Todo exige una labor determinada”.

En medio de la conversación, donde Ordoñez se explaya sobre las actividades de la entidad, asoma verbalmente un hecho que enlutó a la ciudad. Fue en abril del año pasado. El refugiero Manuel Benítez falleció cuando, intentando llegar a su trabajo en el Frey, quedó atrapado por una tormenta de nieve. No contaba con un equipo de comunicación ni con indumentaria adecuada. Y, tras su muerte, quedó en evidencia la precarización laboral bajo la que tanto él como sus compañeros desempeñaban sus tareas.

En el Club Andino, después de la tragedia, se realizaron diversas evaluaciones para ver qué correcciones realizar en pos de que algo así no se reitere.

De tal manera, surgieron dos protocolos que formalizan cuestiones que antes se daban por obvias pero que los concesionarios no siempre cumplían.

Una vez que emerge el nombre de Manu, la tristeza se adueña de la conversación. Ordoñez se niega a hablar de un accidente. “Si es evitable, no se trata de un accidente; y esto era claramente evitable”, opina.

Luego, se hace difícil seguir hablando, y el titular de la entidad alude al “dolor por la pérdida de alguien que trabajaba en la montaña”.

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Más allá de haber asumido el rol de presidente del Club Andino, Juan Pablo Ordoñez continúa con sus tareas en INVAP, donde, en la actualidad, se desempeña como asesor de la gerencia general.

“Ambas cosas me apasionan, y puedo combinarlas”, afirma.

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