2023-06-18

LO QUE ENCIERRA LA PALABRA PAPÁ

Divagaciones en torno al Día del Padre en Bariloche

Domingo 18 de junio; fin de semana extralargo.

Bariloche amaneció con tiempo agradable. Obviamente, no hacía calor. Estamos a punto de arribar al invierno en la Patagonia. Pero el viento casi ni se sentía. Y el gris inicial dio paso a un sol que acompañó la jornada sin abusar.

Se notó mucho movimiento a la hora del almuerzo. Sobre todo, en los restaurantes, pero, además, en los supermercados, donde habitantes y turistas intentaron encontrar algo para comer en una jornada especial, donde la mayoría ya había realizado las compras con antelación, dejando las góndolas rengas.

Además, estaban aquellos que corrían por un regalo de último momento porque durante la semana no pudieron u olvidaron hacerlo. Y todo bajo el azote del látigo de la inflación, que no perdona a nadie.

La cuestión es que, más allá de todo, el “feliz día, papá” se empezó a escuchar desde temprano.

Palabra de cuatro letras. Aguda. Dos sílabas.

Para el diccionario es la forma coloquial de decir padre.

Pero, más allá de esta especie de operación quirúrgica gramatical, “papá” puede ser bastante más.

Uno suele transitar por la vida con cierta seguridad de fondo. Sabemos que quienes nos dieron la vida nos respaldan, son nuestro apoyo.

Pero, de repente, alguno falta. En este caso, me refiero al padre. O, en realidad –porque es mucho más que decir padre–, al “papá”.

La pérdida repercute en todos, pero el varón -lo sé por experiencia–, siempre tendiente a cobijarse en el abrazo materno, súbitamente, sin embargo, se da cuenta de que una columna de su vida ya no está.

Es decir, la mortalidad se hace tangible. O, dicho de otra manera, ya no somos inmortales.

Desde pequeños, la cultura pop nos enseñó a jugar a los superhéroes, pero con esa ausencia llega nuestra kryptonita. 

Para los que pasamos la infancia en los lejanos ochenta, sería algo así como si He-Man perdiera el respaldo del Castillo de Grayskull –perdón por la referencia etaria; de repente, al desentrañar recuerdos, surge la infancia como ese espacio de cristal al que volvemos para abrigar el alma.

Con el pasar del tiempo, de pronto, alguien llega y nos dice “papá”. ¡A nosotros! Entonces nos preguntamos: "¿Estaré a la altura de las circunstancias?”. Porque ese pequeño que, de improviso, nos sorprende con el vocablo en una de sus primeras intervenciones del habla (en mi caso, fue la segunda; primero dijo “agua”), y así nos derrite el alma, va a comenzar a recorrer su camino apoyándose en algunos puntales, y el papá será –o al menos debería serlo– uno de ellos.

Ya lo dijo Joan Manuel Serrat, que le hizo canciones a casi todo, “nada puede impedir que sufran”; el asunto es que su sufrimiento es el nuestro. Y si notamos que llevan cierta carga de dolor, de la que en ocasiones les cuesta hablar, repercute en nuestras entrañas, porque uno quisiera que el padecimiento los esquivara... pero la vida es la vida y los pesares son inevitables. 

Sabemos que llegará el momento de que recorran el sendero vivencial por su cuenta. Habrá que soltarles la mano, entonces. Pero sin dejar de mirarlos de reojo, aunque dejando de lado los aspavientos cuando consideremos que se equivocan.

Tenemos en claro que en su andar va una parte nuestra.

Bariloche, decía, amaneció bella… con un aura paterna en su estampa.

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