121 AÑOS DE BARILOCHE
El festejo de lo sencillo
Los festejos por el cumpleaños de Bariloche este año se nuclearon en el renovado Puerto San Carlos.
Durante el mediodía, en la calle, pero en ese sector, fue el desfile.
Algunos quizá le resten importancia, pero que la gente sienta arraigo por su tierra no deja de ser una forma de resistencia.
Cuando se habla de “resistencia” solo es una manera de decir que los tiempos actuales parecen correr deprisa, a veces, por encima de lo conveniente. Y cuando importa más el título que el contenido, en momentos donde tiene mayor valor un click ofertando una publicidad que un texto trabajado, cuando destinar cinco minutos de nuestro tiempo a movilizar las neuronas parece un ejercicio venido a menos, no está mal acordarnos del terruño, decir “de acá venimos, somos esto”, y proponernos honrar la existencia con algo más que velocidad.
Sí, los aviones A-4 AR Fightinghawk de la Fuerza Aérea Argentina, que asistieron a la fiesta donde la ciudad sopló 121 velitas, pasaron rápido, pero, abajo, la gente de a pie, la que día a día le pone el lomo a la localidad, la que se esfuerza para que Bariloche sea Bariloche, se tomó su tiempo para mirar el cielo con tranquilidad.
Y ese sentimiento de paz, de reconocimiento por el origen o por la tierra que se escogió como sitio donde vivir, se reflejó en el desfile donde estuvieron varios "fulanitos" y "menganitos" que hacen a la cotidianidad de la “resistencia” contra la despersonalización.
Internacionalizar la ciudad hace a la puesta en valor de Bariloche, es indudable, pero eso no quiere decir que haga falta sacar su esencia. El pueblo está conformado por personas que, justamente, hacen a ese pueblo.
Está bien, es la ciudad más poblada de Río Negro, pero, en su palpitar, no deja de ser un pueblo. A veces, por qué negarlo, para mal. Pero, mayormente, para bien, porque tiene que ver con su identidad.
Por eso, durante la tarde, cuando llegó el momento de homenajear a antiguos pobladores, en el mismo Puerto San Carlos, pero esta vez adentro, en una sala felizmente atiborrada, cuando se expresó respeto por los mayores, veinticinco personas de las muchas que forjaron la ciudad –tres no pudieron asistir, pero a quienes igualmente harán llegar su diploma–, se escucharon que representaban profesiones sencillas y nobles. Los cimientos de una ciudad no se levantan con superhéroes, sino con gente común, en el mejor de los sentidos, que colabora para que otra gente común –y también aquellos a los que la vida les reserva un vuelo mayor– puedan caminar en piso firme.

Así, fue distinguido un hombre como Wenceslao Aguilar, que a los ocho años –hoy tiene setenta y tres– llegó desde la Línea Sur y, desde muy chico, trabajó en una fábrica de bebidas sin alcohol, para luego pasar a encargarse de una despensa que había puesto su madre en el barrio La Cumbre.
Ahora, cerca de cumplir cincuenta años de casados con Blanca -será en 2024, ¡bodas de oro!-, con dos hijos, nietos y bisnietos, Wenceslao pasó a ser “Chelao”, y el almacén, que se llamaba La Esperanza, se transformó en “lo de Chelao”, y cuando alguien quiere indicar una dirección cercana al local dice, por ejemplo, “a tres cuadras de lo de Chelao”.
Esa simpleza que se celebra en el reconocimiento a los antiguos pobladores hace que Bariloche sea Bariloche, a sus jóvenes 121 años.