UNA HISTORIA PERSONAL
Armando, Luna y mi hijo
Desde el 26 de abril de 2023, Armando Magaldi, para muchos barilochenses, pasó a ser un recuerdo que saben imborrable.
Ese tipo por momentos hosco, con cara de póker, pero también el que de pronto hacía un mohín para terminar en una gran sonrisa, se transformó en un personaje, con todo lo que eso encierra.
La Botica, en Vicealmirante O’Connor entre Otto Goedecke y John O’Connor, aparte de gozar de la fama de ser el kiosco más completo de la ciudad, era un local visitado sobre todo por su figura.
Por más que, en ocasiones, los clientes eran “retados” por el dueño de casa, hasta eso conformaba parte del encanto.
Podía llegar a repetir varias veces un “buen día” hasta que del otro lado le llegara la respuesta del saludo. No aguantaba que alguien arrancara con un pedido, del tipo “deme un paquete de cigarrillos X”, sin antes mostrar ese pequeño gesto de cortesía social.
Y si bien estaba rodeado de una variedad de productos que conformaba un abanico inmenso, si la persona que llegaba, por el motivo que fuera, no le caía bien, decía que no tenía lo que le solicitaban, pese a que, claramente, sí contaba con lo que se le pedía.
Arrastraba sus manías, sus pasiones y un corazón enorme golpeado por dolores que el paso del tiempo no lograba cicatrizar.
Amaba a Boca y las remembranzas del Liceo de Córdoba al que asistió.
También evocaba con cariño aquellos tiempos donde peleaba por el regreso de la democracia abrazando la bandera de la Unión Cívica Radical de la mano de Raúl Alfonsín. Además, hablaba de los días en que se desempeñó en Aerolíneas Argentinas sumándole un aura de mística al asunto.
Con mucho de cabezón, no dejaba de ser un nene grande.
Quizá por eso se relacionaba gratamente con los chicos.
En el kiosco, se encargaba de cambiarles las figus repetidas, para que consiguieran llenar los álbumes. Y por ahí iba una golosina de más, con la intención de arrancarles alguna sonrisa.
En La Botica había varios dibujos, regalos de sus pequeños amigos, que atestiguaban ese cariño.
Armando tenía una perra llamada Luna, enorme, buena y caprichosa, como él.
Mi hijo, que se llevaba muy bien con Armando, iba a visitarlo y pasaba el tiempo con Luna.
Así, corría con ella por el parque ubicado junto al local.
Saltos por acá y por allá… También alguna caída, porque la perra era enorme y juguetona, y su peso a veces lanzaba a mi hijo hacia el suelo, pero, más allá de la queja del momento, se levantaba y seguía corriendo.
Armando le enseñó a regar ese parque donde disfrutaba con Luna.
Además, solía darle la merienda y contarle historias.
Se divertían, mi hijo –el nene– y Armando –el nene grande.
Yo le decía que, para mi hijo, había pasado a ser una especie de abuelo. Él, algo coqueto, para no relacionar la palabra con la vejez, respondía: “Mejor, un tío”.
Sin embargo, hace no mucho, uno de sus tres hijos lo hizo, precisamente, abuelo, y estaba chocho con el asunto. Le pedía consejo a mi esposa para ver qué le podía regalar al recién nacido. Quería darle lo mejor.
Era generoso con la gente que quería.
Vivía solo, con la fiel compañía de Luna.
Pero un día, sin nada que indicara que eso ocurriría, la perra murió.
Cuando se lo contamos, mi hijo lloró a raudales.
Fue hace alrededor de un año.
Ahora, cuando ve un perro negro y peludo, como lo era ella, dice que le hace recordarla, y por ahí suelta alguna lágrima.
Acabo de venir del velorio de Armando.
Se fue sin avisar.
Quizá, para no molestar.
Mi hijo está por salir de la escuela, y no sé cómo voy a hacer para contarle que Armando murió…
Descanse en paz.
Con jean, sweater azul, remera blanca, una rodilla apoyada en el piso y la sonrisa en el rostro, Armando, el primero que se ve abajo, a la derecha. Lo acompañan compañeros que trabajaron con él en Aerolíneas Argentinas. La foto fue tomada por el reportero gráfico Facundo Pardo en abril, cuando el grupo decidió sorprender a Vicente Ojeda, que fue gerente de la empresa aérea, el día en que cumplía noventa años.