UN APELLIDO SINÓNIMO DE LA INDUSTRIA DEL CHOCOLATE EN BARILOCHE
Murió Bernardo Benroth
Bernardo Benroth, pionero de la industria chocolatera barilochense, falleció hoy.
Había nacido el 9 de agosto de 1936.
Su apellido, para los entendidos, siempre ha sido sinónimo de buen chocolate.
La fábrica, con venta al público, en Beschtedt 569, es un lugar de peregrinación para aquellos turistas y residentes que van en busca del mejor producto en la región.
No importa que el local no esté en el radio céntrico. La calidad de lo que hacen se transmite como un secreto, de boca en boca.
En junio del año pasado había muerto la esposa de Bernardo, Aileen Rita Sills. Con ella, había forjado el emprendimiento que hoy se mantiene como un mojón que los trasciende, gracias a los descendientes.
Al menos tres generaciones de barilochenses han atravesado la puerta de ese comercio en busca de bombones que endulzaran una vida que suele presentarse bastante amarga.
Bernardo tenía ojos de un celeste profundo, un tono lacustre.
Quien suscribe lo entrevistó en 2016.
En realidad, entrevistar es una manera de decir.
Simplemente, se trataba de dejarlo hablar.
Quizá uno podía interrumpir en algún momento para profundizar en algo, pero lo mejor era permitir que se explayara sobre las sensaciones que lo invadían.
Hablaba de una Bariloche habitada por colonos, entre ellos su padre, don Rodolfo, un alemán oriundo de Sajonia, proveniente de una familia de agricultores, a quien definía como “el primer aventurero de la familia Benroth”.
Don Rodolfo cruzó el océano a principios del siglo XX y llegó a Brasil, donde vivió en una colonia germana en Mato Grosso.
De ahí pasó a Eldorado, en el nordeste de la provincia de Misiones, en Argentina.
Esa localidad fue fundada por Adolfo Julio Schelm, quien había nacido en Frankfurt, por lo que no era de extrañar que en el poblado que erigió también existiera un asentamiento importante de alemanes.
¿Cómo fue que don Rodolfo Benroth, luego de pasar por Mato Grosso y Eldorado, llegó a San Carlos de Bariloche?
Quién sabe… Ni siquiera Bernardo conocía a ciencia cierta el motivo, pero ensayaba una respuesta: “Tal vez alguien le dijo que fuera para el sur porque había lugares muy lindos y así llegó hasta aquí”.
Bernardo contaba que el origen alemán también le venía por la rama materna, ya que sus abuelos, por ese lado, eran teutones, aunque su mamá había nacido en la Argentina.
Esa parte de la familia había llegado a Bariloche desde Viedma-Patagones (donde también existía una colonia alemana).
“Yo pude vivir los últimos momentos de todos esos colonos que llegaron a Bariloche”, afirmaba con bastante nostalgia Bernardo.
“Mi mamá falleció en 1939”, relataba, para luego indicar: “Mi papá se instaló en un lote que había solicitado ella, que era argentina, porque él nunca renunció a su nacionalidad. Aquel terreno estaba unos mil metros arriba de la laguna El Trébol”.
“Por aquella época, los colonos inteligentes conseguían el título de propiedad por las mejoras que hacían en la zona donde estaban”, apuntaba Bernardo, quien, desde la infancia, cuando la ruralidad se extendía por donde se mirara, vivió enamorado del campo.
Se refería al pasado con una voz cargada de añoranza.
Era un gran defensor de la naturaleza.
Le molestaban los alambres que impedían el paso de los barilochenses a sus costas y le dolía el estado del lago. “Hace años que recibe agua contaminada”, protestaba.
“Antes disfrutábamos de la libertad, veíamos flores, pájaros… Podías tomar agua de cualquier lado, cosa que ahora es imposible… Había muchísimos frutillares y una gran fauna; la cantidad de peces que tenía el lago era algo fabuloso”, recalcaba.
A la vez, se sentía incómodo con cierto aislamiento que relacionaba con la modernidad. “Las viejas familias de Bariloche eran muy solidarias”, evocaba, con la mirada puesta en otras épocas.
Sobre un espacio rural que le pertenecía, había dicho algo que hoy se lee de una manera particular: “Lástima que el campo no lo puedan levantar con una pala y meterlo, cuando me vaya, junto al cajón, porque pediría que lo hicieran”.
Ahora bien, la incógnita que nacía tras escucharlo hablar con tanto amor por lo campestre tenía que ver con cómo había desembocado en la industria chocolatera.
Él rememoraba: “Una vez que terminabas el primario no existían opciones. No te decían ‘andá a trabajar’, pero había que hacerlo. Estuve un tiempo en un almacén ubicado en Llao Llao, y luego apareció una vacante en la confitería Tribelhorn, en Mitre y Beschtedt, que era de un suizo. Era como si fuera el club del pueblo, iban todos”.
“En el 56 hice el servicio militar”, decía, como introducción a lo que seguía: “A partir de ahí trabajé dos temporadas en el hotel Correntoso, de los Capraro, y dos en el hotel Catedral, que en aquella época eran los mejores. Me casé, compré un terrenito, hice mi casa… Un día apareció don Aldo Fenoglio y me ofreció un puesto. Estuve cinco años con él. Era un señor, un italiano serio, pero con gran alma, muy correcto. Luego me independicé. Entre las temporadas, comencé a levantar este lugar. Armé un horno y empezamos con pastelería, hacíamos pan dulce…”.
Sobre aquella experiencia, entre risas, reconocía: “¡Fue un desastre! Tenía diez mil pesos ahorrados, y se fue todo…”.
Pero, claro, un cambió de timón provocaría el inicio de un camino impensado: “Don Aldo me decía: ‘Vendé chocolates, que te va a ir mejor’. Él me dio una ayuda extraordinaria. Así empezamos. Y siempre trabajamos en familia.”
Se casó con Aileen Rita Sills. Tuvieron cuatro hijos: Bernardo, Silvina, Cecilia y Anita. Igualmente, hay quien dice que, en realidad, fueron cinco. El quinto sería la fábrica de un chocolate que es representativo de la ciudad.
Los restos de Bernardo serán inhumados en el Valle del Descanso, a las 16.30.
Descanse en paz.