2022-11-10

PENSAMIENTOS EN VOZ/TINTA ALTA

Día de la Tradición: Martín Fierro, Maradona y mi abuelo

Qué raro que juega a veces la memoria…

Escribir en torno al Día de la Tradición trae aparejado algo fortuito: la efeméride recuerda otra, para el que traza estas palabras, mucho más interesante.

Porque uno, para bien y/o para mal, es periodista, entonces, la cabeza, que en ocasiones se parece a una jaula vacía, porque ni cricrí se escucha, en otros momentos zumba de lo lindo y los pájaros de la locura revolotean sin cesar.

Es cierto, el Martín Fierro tiene, por sobre cualquier pero, su encanto (el Día de la Tradición se celebra por el natalicio de su autor, José Hernández).

En algún momento, cuando este escribidor no tendría más que diez u once años, a mi abuelo se le dio por leerme el libro por las tardes.

Por más que no sea el tipo de tinta al que suscribo, para mí, la obra tiene el eco de un hombre dulce, bueno, que en sus años postreros quería transmitir su, quizá, única cultura libresca al nieto. Porque si bien era un gran lector –hablo de alguien que se pasaba horas leyendo en cada jornada, que se volvía loco si no encontraba los lentes–, el material que llenaba sus ojos era siempre periodístico. 

Cuando el bolsillo lo permitía, el ritual era tener en la mesa el periódico de cada jornada.

En algún momento se conformó con distribuir la edición “gorda” del domingo durante la semana.

Luego, volvió a la costumbre diaria, pero con un ejemplar mucho más económico, no tan estilísticamente respetado, que salvaba la cuestión con una foto a plena página de alguna modelo, actriz o aspirante a tal con poca ropa (dirán que eso es estigmatizante, pero, en aquel momento, cuando ver medio centímetro de piel de mujer se traducía en una hazaña, tanto para un hombre mayor, como para un nene que despertaba en eso de admirar la belleza del cuerpo femenino, la imagen ameritaba, al menos, una sonrisa).

En fin…

El asunto es que el diario, en lo de mi abuelo, estuvo siempre.

Era una presencia permanente en esa casa donde viví muchas alegrías. Por ejemplo, observar a Diego (10) Maradona dribleando ingleses en un día de junio memorable de 1986 (qué raro será este año ver una final de un Mundial apenas jornadas antes de que llegue Papá Noel).

Y Diego jugó su partido despedida un Día de la Tradición, hace veintiún años (¡por Dios!, valga la redundancia, ¡cómo pasa el tiempo!), cuando faltaba poco para que algo que se siguió llamando Argentina estallara por los aires, con un diciembre fatídico (muertos incluidos).

Aquella tarde estaba en la redacción de un diario marplatense.

Mi abuelo había fallecido hacía algo más de un mes.

Justamente, me había enterado de su muerte en ese mismo sitio, donde, por aquella época, pasaba gran parte del tiempo: la sede de un pasquín.

La noche solía dormitar en el hospital, cuidándolo. Y una mañana, tras llegar a la redacción luego de hacer una entrevista, me dijeron que se habían comunicado desde la clínica.

Al devolver el llamado, me esperaba la noticia luctuosa…

Poco después, entonces, Maradona inmortalizaría aquello de: “Yo me equivoqué y pagué, pero la pelota no se mancha”. 

Si la tradición es la transmisión de costumbres, ritos y distinto tipo de información de una generación a otra, a mí, el 10 de noviembre no se me da por pensar en lo gauchesco, más allá de las páginas del Martín Fierro que me leía mi abuelo al atardecer.

En esta jornada cavilo en torno a mi abuelo, en su voz, acerca de los diarios que había en su casa, en Maradona, en “la pelota no se mancha” y en las historias que intentaré contarle a mi hijo de la mejor manera. Esta es una de ellas.

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