2022-10-26

ATILIO FEUDAL

Recuerdo de charlas telefónicas con un político de raza

Hay ocasiones en que uno respeta a alguien por lo que llevó a cabo, aún sin conocerlo en persona.

En otras, le cae bien a pesar de no saber bien qué es lo que hizo o no en su vida.

También, a partir del oficio de periodista, aunque no es lo habitual, puede surgir una relación telefónica que llame a la cercanía a pesar de que los interlocutores nunca se hayan visto las caras.

Esta última opción fue la que me tocó vivir con Atilio Feudal.

Mi vínculo con él se basó en un puñado de llamados telefónicos y mensajes de WhatsApp.

En esa voz del otro lado del teléfono descubrí a un hombre íntegro, respetuoso, con ganas de contar su historia a quien quisiera escuchar, pero, también, con intención de oír.

Un tipo que en los últimos tiempos no hizo gala de las apariciones públicas y, sin embargo, ante un primer llamado de alguien a quien no conocía, se quedó más de una hora charlando de política y de anécdotas personales.

Ya desde aquella vez bautismal, en julio de 2020, con una pandemia que pisaba fuerte y obligaba a ese modo de comunicación “incorpórea”, Atilio mostró ganas de conversar.

Se sentía agradecido que se acordaran de él.

La primera vez que charlamos fue por una coincidencia de efemérides.

El 1° de julio de 1896 se suicidó Leandro N. Alem, y un mismo día, pero de 1974, murió Juan Domingo Perón. El 3 de julio de 1933, en tanto, falleció Hipólito Yrigoyen.

Atilio, en aquella charla por teléfono, se refirió a los tres.

Se mostraba apasionado por las temáticas históricas.

“Una de las virtudes que tenía Alem, aparte de su lucha por el voto secreto, universal y obligatorio, está relacionada con que fue uno de los pocos que se opuso al crecimiento desmedido de la Ciudad de Buenos Aires y de la provincia, porque eso iba en contra del resto del país, pensaba que la Constitución terminaría por tener una apariencia federal cuando la centralización era unitaria; se trataba de un visionario. Uno de sus slogans era: ‘Trabajamos en contra del régimen y tenemos la causa de los desposeídos’”, dijo en aquel momento, y no esquivó la cuestión del suicidio del líder radical. Sobre aquella decisión, sostuvo: “Fue muy cruda, dura. Alem tuvo problemas desde su infancia. Cuando era muy chico, ahorcaron al padre y vio su cadáver expuesto. Además, ingresó en una pobreza cruel. La madre se sacrificó muchísimo para que pudiera estudiar. Él, a los cincuenta y cuatro años, casi no tenía para comer, y entró en un grado de depresión que lo llevó a suicidarse frente a lo que en ese momento se denominaba Club del Progreso. Ahora, en Buenos Aires, en la calle Sarmiento casi Paraná, hay un restaurante que se llama así y es una versión actual de aquel, y está la mesa donde descansaron en un primer momento sus restos”.

También marcó coincidencias entre la austeridad de Alem e Yrigoyen: “Daban testimonio de la honestidad en la vida pública. Lo mismo Arturo Illia, que nunca cobró el sueldo, y Raúl Alfonsín, que donaba la mitad. Alem e Yrigoyen terminaron en una pobreza tremenda. Creo que los políticos deben tener un salario digno, pero no un enriquecimiento ilícito, como lamentablemente hay muchos ejemplos en la actualidad”.

Sobre la primera presidencia de Yrigoyen, expresó: “Fue un éxito”, y desarrolló: “Empezó una caja de jubilación para los empleados públicos; creó YPF; apoyó de tal manera a los estudiantes universitarios que, actualmente, las universidades argentinas son un modelo de conducción en el mundo, con su gobierno tripartito. Reconozco que también tuvo errores y complicaciones. Hubo huelgas que terminaron en la llamada Semana Trágica…”.

En cuanto a la segunda gestión yrigoyenista, sostuvo: “Ahí ya estaba grande y no pudo gobernar de forma adecuada. Le pedían que fuera candidato porque todo el mundo sabía que, si se presentaba, ganaba. Entonces, dijo: ‘Hagan de mí lo que quieran’. Y la gente volvió a confiar en él. Después llegó José Félix Uriburu y la década infame”.

“Hablar tiene que servir para construir futuro. Sé que no vivimos de melancolías, que Alem e Yrigoyen no van a resucitar, pero han sido prototipos muy especiales y lucharon por reivindicaciones que continúan vigentes”, sostenía en aquel momento.

Sobre Perón, reflexionó acerca de sus dos primeras gestiones y aseveró: “Tuvo una oportunidad fantástica para la Argentina, y la desperdició. Había dicho: ‘No podemos caminar por los pasillos del Banco Central, tan abarrotados están de lingotes de oro’. Efectivamente, la Argentina era acreedora del mundo, porque, después de la Segunda Guerra Mundial, le debían plata por los alimentos que había exportado. En vez de hacer un país industrial bien planificado, gastó todo, no lo invirtió. Yo hubiera preferido que generara más fuentes de trabajo en vez de hacer fundaciones que repartían cosas”.

Acerca del tercer mandato del líder peronista, consideró: “Cuando volvió no debió haber asumido la presidencia, porque estaba en unas condiciones físicas que le impedían gobernar. La gente puso toda la expectativa en él, ganó con un porcentaje increíble, era la esperanza de la paz en un país convulsionado por las luchas internas. También había expectativas de una recuperación económica. Pero se encontraba mal de salud, y no solucionó ninguno de los problemas que la Argentina tenía”.

Otros motivos de las conversaciones telefónicas fueron el Día Internacional de la Democracia y el Día Nacional de la Convivencia y Pluralidad de las Expresiones Políticas. Cabe recordar que la última celebración hace referencia al mensaje que expresó Ricardo Balbín en la despedida de Perón, con aquellas recordadas palabras: “Este viejo adversario despide a un amigo”.

“Entiendo que ese discurso está vigente, que la Argentina de hoy necesita que los políticos sigan el ejemplo que tuvieron estas dos grandes personalidades en su época”, expresó Atilio.

“Hay que recordar que estuvieron enfrentados, y que incluso Balbín fue preso durante la primera presidencia de Perón, pero con los años se dieron cuenta de que la rivalidad no llevaba a nada”, remarcó.

“Lástima que, en el caso particular de Perón y Balbín, esa acción reconciliadora llegó tarde. Aún continúa presente esa necesidad de unión, porque seguimos a los gritos, peleándonos. Pasaron los años y no encontramos el verdadero sentido de argentinidad para tener algunos puntos en común, y que cada uno pueda tener la posibilidad de llevarlos adelante a su modo. El mensaje tiene más actualidad que nunca”, reflexionó, para luego añadir: “La Argentina ha ido decayendo y empobreciéndose con el paso de los años, y no puso en vigor esa necesidad que ellos, después de un tiempo, se dieron cuenta de que hacía falta”.

Feudal recordó que Perón, a su regreso del exilio, vivió en una casa de la calle Gaspar Campos, en Vicente López, donde Balbín fue a visitarlo, pero era tanto el alboroto que había en la zona que no podía entrar, por lo que debió acceder por una casa contigua. “Tuvo que saltar un paredón”, rememoró Feudal.

“En ese contacto en vida, sobre el final, se dieron cuenta de que necesitaban conversar y pacificar el país, el cual atravesaba un estado de violencia que luego culminó en el horror máximo, porque todos sabemos lo que pasó luego de la muerte de Perón…”, expuso.

“Para mí fue como si hubieran dicho: 'Pucha, pudiéramos haber hecho las cosas mejor en nuestro tiempo'”, consideró, y resaltó: “Ellos mismos se percataron de que tenían que charlar, tener amistad, aun con distintas opiniones”.

“Mirando hacia atrás, hace muchos años que no se da esa grandeza, y me refiero a todos los partidos políticos”, sostuvo Atilio, quien, asimismo, en nuestras charlas telefónicas, nunca esquivó hablar acerca de sus pasos por la gestión barilochense.

Fue el intendente del regreso de la democracia, en 1983, y le tocó jugar con la más fea a final del siglo XX y principio del XXI, con la debacle de diciembre de 2001.

Sobre su primer paso por el municipio, resaltó: “Ver la alegría de la gente por el retorno de la democracia fue hermoso”. 

“Se pudieron hacer muchas cosas. Al lado mío tenía dos personas que eran mis modelos, el gobernador Osvaldo Álvarez Guerrero y el presidente Raúl Alfonsín”, dijo.

En cuanto a su segunda vez en la Intendencia, cuando optó por dar un paso al costado en enero de 2002, consideró: “Me arrastró la ola de Fernando de la Rúa… La presión social era muy grave. Cuando supe que había muertos en Plaza de Mayo me dije que no podía permitirme una sola persona herida en el hospital de Bariloche por querer quedarme en el cargo. Sabía que, si me bajaba, la cosa se calmaría un poco, y renuncié. Tengo la conciencia tranquila de que mi dimisión sirvió, por lo menos, para apaciguar lo que venía desde Buenos Aires, que, desgraciadamente, se llevaba puesto a todo el país”.

Más allá de las preguntas y respuestas, nuestros diálogos (siempre por teléfono) derivaban en puntos inesperados y promesas de futuros encuentros que nunca se concretaron. 

Era un radical de los de antes, los que comulgaban con la esencia de la UCR. Así, contaba: “Mi papá era radical, pero yo me adherí al partido por convencimiento. Comprendí, en términos de historia argentina, que el radicalismo era la ideología por la cual yo estaba dispuesto a entregar todo mi tiempo. El día en que me dieron la Libreta de Enrolamiento, antes de llevársela a mi viejo, que en esa época era una cuestión de tradición, pasé por el comité y me afilié. Militaba desde los dieciséis años”.

Falleció un político de raza.

Lo conocí por su voz.

Nos debemos juntarnos a tomar un café… Quizá en algún otro lado, cuando llegue el momento…

Descanse en paz, don Atilio Feudal.

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