2022-10-20

CÓMO SE DESARTICULÓ EL GREMIO EN LOS NOVENTA

Recuerdos del primer secretario general del Sindicato de Guardaparques Nacionales

Abel Basti tiene sesenta y seis años y nació en Buenos Aires.

Muchos lo conocen como el autor de los “libros de nazis”.

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Es cierto, es periodista y ha escrito obras importantes en relación al tema, pero, también, su historia está relacionada con Parques Nacionales y con la organización sindical de los guardaparques.

Tras estudiar periodismo, e incluso cuando ya ejercía la profesión, impulsado “por motivaciones juveniles”, dejándose “seducir por el sistema de áreas protegidas”, recaló en Bariloche. En 1977 vino a hacer el curso y, al año siguiente, ingresó como guardaparque.

“Era la dictadura, así que todo estaba caracterizado por eso”, cuenta, a la vez que añade: “La situación de los guardaparques siempre fue de indefensión laboral, porque si bien existía una norma para reglamentar la actividad, que era la Ley de Parques, eso nunca ocurrió”.

“Uno se preguntaba: ¿por qué pasa eso?”, recuerda.

“Una reglamentación significa establecer las calificaciones, los traslados, los ascensos… ¿Por qué el Estado no lo definía?”, pregunta retóricamente, para enseguida responder: “No lo hacía porque está dentro del status quo del mismo Estado, sobre todo en lo referido a los estamentos burocráticos, políticos e incluso gremiales. Si se establece cómo hay que calificar a un empleado, en este caso un guardaparque, debe haber una planificación de su trabajo”.

Asimismo considera que, “si bien puede tener un margen de error”, ese sistema “es bastante justo respecto a las tareas”.

“Si esto no se implementa, uno puede calificar a sus subordinados como se le ocurra, porque no tiene parámetros ni tareas que cumplir, y la calificación en general va en sintonía con los intereses del calificador. La persona que no cuestiona, que no crea problemas y está cerca de sus intereses puede ser bien calificada, mientras que aquella que cuestiona en buenos términos, que propone alternativas, que crea ‘problemas’, puede ser evaluado de mal modo”, ahonda.

De esa manera, recuerda que esos aspectos, donde primaba lo burocrático, llevaron a “que un grupo de gente, en determinado momento, dijera:  ‘Tratemos de hacer que se cumpla la ley y se reglamente lo que deba reglamentarse’”.

“Fue el antecedente de lo que sería el sindicato”, rememora, y la referencia es para el Sindicato de Guardaparques Nacionales de la República Argentina (SIGUNARA), actualmente en proceso de normalización.

Pero, para que los guardaparques de hoy puedan agruparse gremialmente, primero estuvieron los precursores.

Basti fue uno de ellos.

“El cuestionamiento a la falta de instrumentación de la ley tuvo como epicentro a Bariloche, pero con eco y simpatía en el resto de los guardaparques del país”, señala.

“Nosotros, en ese momento, estábamos afiliados a ATE (Asociación de Trabajadores del Estado)”, apunta.

Menciona que, en aquel momento, se realizaron dos reuniones con el entonces presidente Raúl Alfonsín, y finalmente salió el decreto reglamentario.

“Obtener ese logro visibilizó la posibilidad de tener un sindicato propio, bajo algo que se llama sindicalismo horizontal. El vertical aglutina más al afiliado, que es el caso de los grandes sindicatos del Estado, lo que le da mucho poder pero se nuclea gente que tiene distintas actividades. El vertical tiende a nuclear a personas que trabajan en la misma especialidad, exclusivamente”, explica.

“Eso remite a los orígenes del gremialismo en el Medioevo, lo que da un aire más genuino y puro”, detalla.

“Llevar eso adelante no era sencillo; había que lidiar contra todas las estructuras”, cuenta.

Así, manifiesta que, finalmente, “el acta fundacional del sindicato fue en 1989”.

“Ya cuando uno se constituye como grupo es una agrupación gremial de hecho; pero el reconocimiento del Ministerio de Trabajo fue en 1990”, apostilla.

Basti fue el secretario general de esa primera versión del sindicato.

“Se accionó fundamentalmente sobre el tema del régimen provisional”, señala, y dice que también hubo varias denuncias relacionadas con cuestiones vinculadas a casos de corrupción.

A la vez, indica, “se trabajó en una ley orgánica del cuerpo de guardaparques, que tuvo media sanción, y era una forma más fuerte de establecer la identidad, con los deberes y derechos”.

“No llegó a tener sanción completa”, se lamenta, y explica: “Le daba carácter de fuerza pública al cuerpo de guardaparques, cosa que no tiene, incluyendo la actividad fuera del área de Parques si existía relación con la función, por ejemplo en la caza furtiva, cuando el cazador salía del sector”.

Basti afirma que los planteamientos de SIGUNARA “eran demasiado para un organismo históricamente vinculado a lo más reaccionario de la sociedad argentina”.

Resultaba inadmisible que un gremio nuevo organizara marchas en contra de lo que se anunciaba como “canje de deuda por naturaleza”.

“Había un proyecto muy claro de privatización”, sostiene el ahora escritor.

“Parques nació con la oligarquía; tuvo que ver con proteger áreas para el disfrute de esa clase”, aprecia.

Asimismo, resalta que eso se notó sobremanera cuando María Julia Alsogaray asumió como titular de la por entonces Secretaría de Ambiente y Desarrollo Sustentable (hoy Ministerio de Ambiente y Desarrollo Sostenible).

“Ella representaba a aquella clase social”, remarca Basti.

“En la Intendencia de Parques estaba un coronel, ya fallecido, llamado Schinelli Garay… Se llegaba a esos extremos, de tener a un militar a cargo de la Intendencia”, indica.

Aprecia que, ante ese panorama, “un grupo que realizaba denuncias, que marchaba y pedía reformas estructurales, resultaba insoportable”.

En tal sentido, asegura que “empezó un sistema de persecución muy violento”.

“No hay antecedentes, durante la etapa democrática, de un acoso sindical de este tipo”, recalca, y precisa que, de esa manera, “se logró arrasar con el sindicato”.

¿Pero cómo fue que se llegó a eso? Basti lo sintetiza: “Se aniquiló a la conducción”.

“Ni siquiera se podía nombrar al sindicato”, rememora, para destacar: “Había una persecución concreta”.

En poco tiempo, el gremio había conseguido una posición de peso: “Teníamos casi cien afiliados, lo que equivalía, en aquel momento, a un treinta y pico de por ciento del total”, manifiesta el exguardaparque.

Y, en ese camino de desarticulación, a él le ordenaron el traslado al Parque Nacional Pilcomayo.

“No fui, me intimaron y me cesantearon”, señala, aunque después tuvo una especie de revancha: “A los cuatro años, la Justicia Federal reconoció que había sido ilegítimo”.

Basti revela que, mucho después de aquello, abrió una caja que había dado vueltas a partir de mudanzas y halló documentación de la comisión directiva bautismal. Cuando se enteró de que SIGUNARA había resucitado y se encontraba en etapa de normalización comprendió que esos papeles les pertenecían a quienes, tantos años después, tomaron la posta.

“La historia se puede contar de distintas maneras, pero los documentos no se cambian… Y son del sindicato”, asevera.

Basti, hace tres semanas, entregó esos papeles a quienes ahora llevan adelante la dirección gremial.

Para él, de alguna manera, se trató de “un reconocimiento a la comisión directiva de ese entonces”.

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