Villa Mascardi: sensaciones
Cualquiera que tuviera cierta idea acerca de la problemática en Villa Mascardi sabía que la cuestión no iba a culminar con el desalojo, el cual, de acuerdo a muchos, por razones políticas, arribó más tarde de lo debido.
La demora de una resolución solo hizo recalentar el tema.
La sensación que imperaba era de un “dejarlo ser” (casi un Let it be beatlesco, pero donde la violencia y la incertidumbre se conjugaban para un derrotero mal parido).
No todos lo recuerdan: esto comenzó en 2017.
Estamos en 2022.
La problemática era muy tentadora como para que la política se aguantara de meter la cola… y la metió.
De ambos flancos de la grieta se tomó este caso como una partida de ajedrez.
El asunto es que las piezas son humanas.
Hay quienes ven víctimas y victimarios, de uno u otro lado.
Quizá, todos tengan razón.
Tal vez sin darse cuenta haya víctimas que son victimarias y victimarios que son víctimas.
La Patagonia está parada sobre un polvorín de un caso no resuelto.
Mientras se escuchan pedidos de renuncias, algún ministerio que se queda sin titular, marchas y contramarchas, así como otras especias, la cuestión de fondo sigue sin tener respuesta: ¿por qué se llegó a esto?
Están quienes, acaso, deberían darse cuenta de que fueron usados.
Acá no se levanta un dedo acusador sobre creencias y certezas espirituales, pero sí un razonamiento lógico en torno a las metodologías.
Hay cosas que no están bien por sentido común, que, por estos tiempos, es el menos común de los sentidos.
Pero lo que es malo no debe “solucionarse” aplicando métodos que superen, por lo negativo, el daño ya causado.
¿Cómo encontrar un término medio? ¿Cómo hallar un balance?
¿Cómo hacer para que esto no se derrame en un conflicto que se estire en el tiempo y haga sangrar a la sociedad?
Lejos se está de encontrar una respuesta.