UN NUEVO “MILAGRO” MALVINENSE
Cuarenta años después, el hallazgo de un diario personal que quedó en las islas
“Dejaré todo anotado. Todo lo que suceda en este conflicto con los ingleses.”
Eso se lee en un diario que llevaba un cabo principal de la Fuerza Aérea Argentina al ir a Malvinas en 1982.
Su nombre es Raúl Héctor Guerra, que nació hace sesenta y siete años en Uspallata, Mendoza, y vive en Comodoro Rivadavia, Chubut.
Lo curioso es que esa agenda, de la que él ya no tenía memoria, volvió a ser parte de su presente cuarenta años después, por una comunicación desde Bariloche.
Quien lo llamó fue Carlos Mazzocchi, el radarista que el año pasado recibió, con un remitente de Gran Bretaña, los negativos de fotos que creía que jamás retornarían a él, ya que había extraviado el rollo fotográfico en las islas.
Un investigador santafecino de la cuestión Malvinas, Agustín Vázquez, al ver por Facebook unas imágenes, se contactó con la Fuerza Aérea Argentina, donde el brigadier Guillermo Saravia recordó que solo dos combatientes argentinos tenían cámaras en la zona que se observaba en esas fotografías, y, además, le vino a la mente que, en aquella época, Carlos había mencionado que se le había extraviado un rollo.
Lo que siguió fue una cadena humana que derivó en que el británico Mark Willis le hiciera llegar aquel material.
Y, en esta historia de pequeños milagros malvinenses, a Carlos ahora le tocó actuar de mensajero.
Nuevamente Vázquez, el estudioso del conflicto bélico, se comunicó con él, pero esta vez para consultarle si conocía a un tal Raúl Héctor Guerra.
Mazzocchi le contestó que sí, habían estado juntos en la Escuela de Radar de Merlo, Provincia de Buenos Aires, y, aunque en diferentes posiciones, ambos participaron en la contienda con Gran Bretaña.
Así, Vázquez le contó que le había llegado información sobre la existencia, en el museo que hay en Malvinas (el nombre es Falkland Islands Museum and National Trust), de un diario que llevaba un cabo primero argentino.
El miembro de la Fuerza Aérea en cuestión era, precisamente, Raúl Héctor Guerra.
Así que Mazzocchi no demoró en contarle -hace una semana- a su viejo compañero sobre el hallazgo.
Como ya se indicó, Raúl no recordaba a aquel diario personal, pero, al recibir la noticia, se puso a llorar.
Las lágrimas tenían que ver con ese pedazo suyo que volvía desde el pasado, pero, también, con dos fotografías que se sumaban al material.
Las imágenes que le hicieron llegar, captadas en el museo de Malvinas, además de aquella agenda añeja, mostraba un par de fotos.
Uno de los retratados es él.
La otra es una foto de su esposa, Liliana, que falleció el año pasado.
Por eso, el llanto.
Raúl, más allá de que no guarda memoria de ese diario personal, reconoce su letra, y está seguro de que las fotos no estaban con la agenda. Para él, se encontraban en su billetera, que también quedó en aquel territorio del Atlántico Sur, junto a la alianza matrimonial.
Sucede que Raúl estuvo en la Red de Observadores del Aire (ROA), que actuaba complementando la información de los radares, en los lugares donde la cobertura de los aparatos era baja.
En un primer momento, la ROA estaba integrada por civiles, radioaficionados, pero tras los primeros bombardeos británicos, los reemplazaron militares, entre ellos, Raúl, que evoca que él se encontraba en Merlo, Buenos Aires, cuando le avisaron que preparara sus cosas para viajar a Tandil.
Fue a su casa, y le comunicó la noticia a su esposa, que, en ese momento, estaba embarazada.
Quedaron en que ella viajaría a San Luis (era de allá) durante el tiempo que él supuestamente permanecería en Tandil.
El asunto es que si bien el avión que abordó pasó por Tandil, solo fue para cargar cosas y, de ahí, trasladarse a Comodoro Rivadavia.
El siguiente destino sería Malvinas.
Y, allá, entonces, pasó a ser parte de la ROA.
“Estábamos entre Fitz Roy y Darwin, en la mitad, calculo que a unos setenta u ochenta kilómetros de Puerto Argentino, aunque jamás me puse a ver cartografía para saber la distancia exacta. Pero estábamos ahí, en el medio del campo, con una carpa”, evoca Raúl.
“La función de la ROA era dar información sobre los movimientos que veíamos. Estábamos arriba de los cerros. Nos habíamos puesto entre unas piedras, con una carpa media camuflada, para que no nos vieran”, continúa.
Cuando desde otro grupo les comunicaron que helicópteros ingleses estaban rastreando la zona en su búsqueda, cortaron los vientos (las extensiones de soguín que se utilizan para tensar) de la carpa, dejando las bolsas de dormir y algunas otras cosas, y partieron.
Más adelante, para no llevar peso –y también para que lo que tenían no cayera en manos enemigas– escondieron en el camino sus pertenencias.
De esa manera, dejaron las bolsas que servían como mochilas con ropa y demás.
Allí quedó la alianza de Raúl y su billetera.
También se desprendieron de las pocas armas y municiones con las que contaban.
“Llevábamos una batería grande, con antena y equipo de radio que, a los dos días, también la abandonamos, para poder seguir”, rememora Raúl, que siente curiosidad por saber en qué sitio hallaron la agenda y las fotos, si fue que dieron con el bolsón con sus pertenencias o si el diario personal había quedado dentro de la carpa, o bien dónde…
Recuerda que aquel lugar en el que habían estado apostados en un primer momento y la zona en la que dejaron sus cosas quedaban “en medio de la nada”.
“El 3 o 4 de junio llegamos a Puerto Argentino”, dice.
Allí permanecieron hasta el 13 de ese mes, cuando un avión Hércules C130 los devolvió al continente, lo que evitó que cayeran prisioneros.
Al día siguiente, en Comodoro Rivadavia, Raúl y los compañeros que viajaron con él se enteraron de que la guerra había terminado. “Cuando habíamos salido, todavía estaban combatiendo a unos kilómetros de Puerto Argentino… Se escuchaba, se veía… Era un desastre”, recuerda.
Raúl señala que, tras Malvinas, no tuvo mayores inconvenientes en relación a los efectos del conflicto, aunque su esposa solía contarle que, en los primeros tiempos, mientras dormía, hablaba, se sobresaltaba y hasta gritaba…
Los caminos de la vida hicieron que terminara viviendo en Comodoro Rivadavia, a partir de que la menor de sus tres hijas fuera allí a estudiar.
En Malvinas, el 29 de mayo de 1982, Día del Ejercito, se había enterado que había nacido su hija mayor (recién la vería casi un mes después).
Dice que no volvió a las islas porque no le gusta la idea de que le sellen el pasaporte, como si fuera extranjero en su propia tierra.
Pero ahora, a partir de este hallazgo, le han dado ganas de hacer una visita.
Si bien el historiador santafecino Vázquez comenzó tratativas para que le devuelvan el diario personal, Raúl indica que, en caso de que no ocurriera, quisiera ir, aunque sea para sacarse una foto junto a aquel testimonio.
Además, le agradaría tratar de llegar a aquellos sitios inhóspitos donde cumplió funciones.
Cuando se le pregunta qué significa Malvinas para él, con voz quebrada expone: “Para los que estuvimos, es una partecita de nuestro corazón que dejamos allá, junto a toda la gente que no volvió…”.
En una página del diario personal, se lee: “Me toca estar en Malvinas. Con mucho orgullo voy a defender nuestra Patria. Solo pido a Dios nos ayude y nos dé mucha fuerza”.