2022-05-08

HACE 54 AÑOS UN PERIODISTA ARGENTINO DESAPARECÍA EN VIETNAM

Ignacio Ezcurra, cuando se muere por una noticia

“Saigón, 8 de mayo. Correrá mucha sangre en mayo…” Esas palabras estaban escritas en un papel hallado en la máquina de escribir de Ignacio Ezcurra, el periodista argentino que cubrió para el diario La Nación la guerra de Vietnam.

El cuarto de hotel que el reportero había habitado era una colección de recuerdos. Sobre la cama descansaban papeles y apuntes. En el armario estaba su ropa y el uniforme que se necesitaba para viajar junto a los militares.

Hay quienes dicen que los “elegidos”, esas personas que con sus destinos marcan a varias generaciones, suelen tener premoniciones sobre su fin. Tal vez ese haya sido el caso de Ezcurra, cronista que quedó como emblema para quienes luego se dedicaron a cubrir conflictos bélicos. Quizás por eso no leyó un telegrama que le habían enviado desde La Nación, y prefirió comenzar a escribir un texto que jamás culminó, pero que terminó siendo, en vista a lo que después ocurrió, altamente significativo.

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El 8 de mayo de 1968, un día húmedo y otoñal, como solo suelen serlo en Vietnam, el corresponsal argentino, en un Jeep junto a tres colegas norteamericanos, se dirigió al convulsionado barrió de Cholón. En la intersección de Mihn Phung y Luc Tinh pidió que lo dejaran porque quería realizar entrevistas. No se lo volvió a ver.

La confirmación de lo peor llegó a través de una imagen incluida en un rollo que un fotógrafo japonés vendió a la Associated Press. En la fotografía se ve el cadáver de un blanco tendido sobre una acera, junto al cuerpo de un vietnamita. Lleva pantalones grises con un cinturón claro, camisa blanca y zapatos. Los brazos están atados, el cuerpo destrozado por las balas y el rostro irreconocible: hinchado, baleado, con sangre.

Una ampliación de la foto permitió ver que las mejillas, los cabellos y la frente eran de Ezcurra. También se pudo apreciar que le habían disparado en la nuca; es decir que lo remataron. El vietnamita muerto estaba boca al piso, con los pantalones sucios por debajo; el espanto había llegado hasta su vientre.

La guerra interrumpió para siempre la promisoria vida de Ezcurra, pero el tiempo que permaneció en esta Tierra le bastó para convertirse en un mito. Viajes, aventuras, notas y fotografías lo acompañaron hasta su trágico final.

Ezcurra nació en San Isidro, provincia de Buenos Aires, en 1939. Fue el quinto entre doce hermanos. Se recibió de bachiller en 1956 en el colegio El Salvador. Comenzó la carrera de Letras en la Universidad de Buenos Aires (UBA) y simultáneamente ingresó a La Nación (diario fundado por Bartolomé Mitre, su tatarabuelo) en la sección clasificados.

En 1958 realizó junto a dos amigos un viaje a dedo hasta los Estados Unidos. Siguió cursos de perfeccionamiento de inglés en la Universidad de Columbia y en 1960, gracias a una beca que ganó por concurso, estudió Periodismo en la Universidad de Missouri.

En 1961 volvió a la Argentina y fue enviado por la Secretaría de Cultura de la Nación y el Instituto Di Tella a recorrer más de sesenta ciudades del interior para ofrecer espectáculos audiovisuales y películas documentales.

En 1962 viajó por Perú y Bolivia, y trajo material periodístico que publicaron la Editorial Atlántida y La Nación, diario al que se reincorporó como cronista volante. Además, ingresó en las carreras de Sociología e Historia de la UBA, y, como un modo de enriquecer su labor, trabajó como fotógrafo.

Condujo, junto a otros dos periodistas, una audición semanal en Radio Municipal, y, más allá de escribir en diferentes secciones de La Nación, publicó artículos en varias revistas.

Se casó con Inés Lynch en 1965, año en el que, invitado por la embajada de Siria, visitó Medio Oriente, intuyendo y comunicando en sus notas la inminencia de un conflicto. En 1967 fue enviado a los Estados Unidos para investigar los conflictos raciales y tomó contacto con Robert Kennedy y Martin Luther King. En 1968 viajó a París para obtener la visa que le permitiría ir a Vietnam como reportero de guerra.

Cuando fue asesinado –la principal hipótesis es que por miembros del Vietcong, pero su independencia de criterios, que lo llevó a mencionar en sus artículos la valentía de los guerrilleros, también podría haber causado resquemor entre las tropas estadounidenses–, su hija Encarnación tenía once meses y su mujer estaba embarazada. Juan Ignacio, su hijo, nació el 8 de noviembre de 1968.

Aún retumban en los oídos de la eternidad las palabras que Ignacio Ezcurra dijo el día anterior a su desaparición desde Saigón, por televisión, en la Voz de América: “Siento mucho la muerte de los colegas que fueron asesinados días atrás por el Vietcong… todos los que estamos aquí sentimos que estamos corriendo ese riesgo. Y ese es un precio que tenemos que pagar por estar cubriendo la historia más grande y tal vez más triste de este momento”.

El cuerpo del argentino nunca fue recuperado.

Tenía veintiocho años.

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