MARIANO BACIGALUPPI, ENTRE LAS TELECOMUNICACIONES Y LAS OLLAS
Un argentino en España sorprende con un libro de recetas inusual, donde la música y los viajes también son de la partida
Un adolescente, a mediados de los noventa, arribaba a Cipolletti, desde su Mar del Plata natal, para visitar a sus tíos.
Era la segunda vez que lo hacía, ya que había ido, por el mismo motivo, unos años antes.
Regresó mucho después, en 2014, apenas por unos días, para acompañar a su madre, que ahora vive allí.
Pero, esa vez, ya no venía desde la costa argentina, sino, vía Ezeiza, de Europa, donde aún reside.
El 8 de abril de 2000 había llegado al aeropuerto de Barajas, en Madrid, quizá en busca de un sitio donde respirar con un poco más de tranquilidad.
“Vine persiguiendo un sueño, al que a posteriori se sumaron otros, y también oportunidades… Y aquí sigo, al pie del cañón”, cuenta desde allá.
El asunto es que aquel muchacho que llegó a España a punto de cumplir los veinticuatro, hoy es un hombre de cuarenta y seis, con dos hijos –una nena y un nene, ambos ibéricos–, y relaciones que nacieron y perecieron de aquel lado del océano –en la actualidad, está en pareja–. Pero, más allá de todo, sigue persiguiendo ilusiones.
Y, a una de ellas, la alcanzó hace poco, o quizá ella lo alcanzó a él… vaya a saber.
Porque ese especialista en informática que cruzó el charco salado en busca de un porvenir –hoy, un reputado ingeniero en telecomunicaciones–, por estos días, es protagonista de un pequeño fenómeno editorial, a partir del lanzamiento de un libro de… ¡cocina!
“La cocina es otro de mis hobbies, junto a la música, viajar y jugar al pádel”, dice él.
Lo del pádel quedó afuera del libro, que se titula “Ayeres gastronómicos”, pero el resto –canciones y viajes– integran también la obra.
Porque, en el texto, cada una de las recetas incluidas va acompañada de menciones a distintas tierras del mundo y, sobre todo, a las melodías ideales con las que acompañar cada plato en cuestión.
“Si buscamos viajar en el diccionario, dirá que sencillamente es ‘trasladarse de un sitio a otro’, y es así, pero, generalmente, ese hecho es asociado a un medio de locomoción, y ahí es cuando lo contradigo un poco. Creo que podemos viajar escuchando música y probando un delicioso plato de una tierra lejana; remontarnos al pasado, compartiendo historias de o con seres queridos… Y de eso va, explícitamente, mi libro, y de ahí su título, ‘Ayeres Gastronómicos’, donde se habla de comida, viajes, música e historias, muchas historias…”, explica.
En lo que hace a la música, señala que su afición por ella viene desde que tiene uso de razón.
“Mis padres me han contado que, aún con pañales y apenas caminando, iba hasta la colección de vinilos de mi papá, que siempre fue un gran melómano, y elegía un disco para que sonara”, cuenta, para luego desarrollar: “Eso, obviamente fue creciendo más y más en mi niñez y explotó en mi adolescencia, cuando, con mi primer sueldo, decidí comprarme una batería, que toqué por muchos años. Ahora estoy algo alejado de eso de ‘ser músico’. Aunque tengo una batería en mi casa, la pobre junta más polvo y telarañas que otra cosa. Eso sí, voy a muchísimos conciertos, cada vez que puedo, y aunque siempre me ha tirado el rock anglosajón, me encantan diversos estilos de música y en los idiomas más insospechados”.
Ya instalado en España, aprovechó una visita a la Argentina para llevarse los vinilos de su papá, que había fallecido.
En un bolso, colocó todos con sumo cuidado, y, por supuesto, en Ezeiza, se negó a que los llevaran a la bodega del avión.
Esos discos, con joyas de Santana, Pink Floyd y un largo etcétera, viajaron junto a él durante todo el trayecto hasta el viejo continente.
Ahora bien, en este artículo se ha hecho referencia a la música y los viajes, dos de las patas en las que se apoya “Ayeres gastronómicos”, pero no a la principal: las recetas.
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–¿Cómo nació tu pasión por la gastronomía?
–Todo el mundo necesita comer, pero hay gente que, sencillamente, hace lo mínimo y necesario para quitarse el ‘problema’ de cocinar de encima. Otros, en tanto, se esmeran, invierten tiempo, tanto cocinando como buscando nuevas y novedosas recetas, y, claramente, yo me incluyo dentro de esos últimos. Creo que, hereditariamente, proviene de mi papá, a quien le encantaba ir a restaurantes, y no precisamente los típicos; le agradaba investigar sobre la gastronomía mundial y, además, su segunda esposa era una cocinera espectacular, que cada comida que hacía la realizaba con el mayor mimo, empeño y maestría posible. Así que, para responder la pregunta de una vez por todas, mi pasión por la gastronomía es herencia de ellos, a los que, además de eso, les debo infinitas otras cosas.
–¿Cómo se originó la idea de realizar el libro?
–Sinceramente, ha sido algo que me ha tomado por sorpresa. Es decir, nunca, en toda mi vida, me había planteado la idea de escribir un libro, y muchísimo menos de cocina, pero se ha dado así. A principios de 2019, descubrí un grupo de Facebook llamado “Crockpotizados. Cocina con Slow Cooker”, una creación de la que puede considerarse maestra y exponente máxima de slow cooking (cocción lenta) en España, Marta Miranda. Está formado por casi cincuenta mil participantes de todo el mundo, y, allí, la misma Marta y una infinidad de personas cuelgan sus recetas y sus experiencias con las ollas lentas. Yo comencé subiendo mis recetas, pero con la peculiaridad de que, además, recomendaba un acompañamiento, un maridaje adecuado, vino o cerveza, y hasta qué canción escuchar para cocinarla. A mucha gente eso le resultaba curioso o, al menos, atípico, y comentaba mis publicaciones. Varias personas me sugerían que debía de plasmar eso en un libro y yo, en un acto auténticamente honesto y humilde, respondía que no me veía capacitado, ni por el nivel literario ni por el gastronómico. Un buen día me escribió María Ferrer, una valenciana que tiene una editorial independiente, Taketombo Books, y me preguntó si alguna vez me había planteado publicar un libro con todas mis recetas y/o relatos, y obviamente mi respuesta fue: “¡No!”. Aprovechando un viaje a la Comunidad Valenciana, me entrevisté personalmente con ella y me explicó, paso por paso, que conllevaba una edición, y me lo dejó todo tan claro que no pude decir que no. Tras algún tiempo, pandemia de por medio, finalmente se publicó en enero de 2022, primero exclusivamente a la venta por la web de la Editorial (https://taketombobooks.com/) y, desde hace unas pocas semanas, está disponible a nivel mundial, y en formato E-Book, por Amazon, y físicamente en librerías españolas.
–¿Qué significan los libros en tu vida?
–Sinceramente, no me considero un lector asiduo, aunque tengo épocas en las que necesito leer compulsiva y continuamente, no sé por qué… Generalmente suelo elegir libros con temáticas musicales. Por ejemplo, ahora estoy con “The Storyteller”, de Dave Grohl (una obra donde el líder de Foo Fighters, quien fuera baterista de Nirvana, desgrana recuerdos muy íntimos). Y, hace poco, terminé la biografía autorizada de Tom Petty, relatada por Warren Zanes, que fue una auténtica delicia. También me gustan los clásicos, pero muy clásicos, como John Milton, Dante Alighieri, William Blake y Jorge Luis Borges… Siempre Borges…
–¿Un libro de cabecera?
–Mmm… Diría que “El Aleph”, de Borges. Es el libro que cambió mi vida y, de adolescente, hizo que comenzará a amar la literatura y a darle rienda suelta a la imaginación. Otro que, para mí, estaría casi a la par de aquel sería “En las Montañas de la Locura”, de H.P. Lovecraft. Creo que son dos ejemplares que no deberían faltar en ninguna biblioteca.
–¿Extrañás algo de la Argentina?
–Siendo total y completamente honesto, quizás lo único que extraño, o echo de menos (como se suele decir por aquí), son mis amistades, ya que algunas de ellas datan de hace tres o cuatro décadas. Obviamente, con lo desarrolladas que están las comunicaciones en la actualidad, sigo en contacto con muchos de ellos, pero lo de compartir un asado, jugar un partido de fútbol o, sencillamente, darnos un abrazo se complica mucho. Sí puedo asegurar que dudo mucho que volvería para vivir… Me costaría infinitamente cambiar nuevamente “el chip” para adaptarme a residir en la Argentina. Sé que es inmensamente triste, pero esa es la realidad, o, al menos, mi realidad. Las noticias que llegan, más las historias cotidianas que me cuentan mis amistades –informaciones no demasiado halagüeñas–, me refuerzan la idea de volver, pero solo de visita.