A PARTIR DE SU PRESENCIA EN EL ACTO EN DEFENSA DE LA “PIEDRA DE LA DIGNIDAD”
Sergio Maldonado remarcó el compromiso que nació tras lo que sucedió con su hermano
Sergio Maldonado, hermano de Santiago, concurrió el martes al Monolito del kilómetro 1 de Bustillo, para asistir al acontecimiento artístico planteado ese día en defensa de la permanencia de la Piedra de la Dignidad, que recuerda la ocasión en que Alfredo Chaves, el 1° de septiembre de 1995, le dio una golpiza al criminal Alfredo Astiz.
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Así, en el lugar, Sergio expresó, justamente, que su intención era “acompañarlo a Chaves”, pero que, más allá del apoyo personal, el objetivo final se centra “en no perder los espacios”.
“Hay que seguir manteniendo viva la memoria”, manifestó al respecto.
“Los hechos que son históricos, que marcaron una lucha, sobre todo en relación a los genocidas, no se pueden borrar; no hay que dar vuelta la página, como algunos indican que se debe hacer”, consideró.
En el momento en que Chaves, que durante la dictadura había estado en el centro clandestino de detención El Vesubio -en Aldo Bonzi-, golpeó a Astiz tras verlo aguardando tranquilo un transporte para ir a esquiar, Sergio tenía veintidós años. “En ese entonces, yo estaba en Buenos Aires, y me enteré por las noticias, que, igualmente, no eran las mismas de ahora, no es que las cosas llegaban online”, recordó.
Además, marcó un punto de referencia sobre su situación personal en aquel entonces: “En ese momento, no terminaba de comprender lo que ese hecho significaba, porque, en realidad, no se trata solo de la piña famosa, porque, si no, eso puede tomarse como un hecho de violencia; hay que especificar de dónde se venía”.
Sergio dice que, a partir de lo que ocurrió con su hermano, su vida siguió de una manera muy distinta, y, de ese modo, también la interpretación de hechos diversos. En tal sentido, cuenta: “Gracias a Santiago, por ejemplo, pude conocer a familiares de los doce de la Santa Cruz”, y la referencia sirve también para la ocasión, porque los “doce de la Santa Cruz” eran personas que se reunían en la iglesia de ese nombre, en el barrio porteño de San Cristóbal, que fueron “cazadas” del 8 al 10 de diciembre de 1977 y luego desaparecidas (en realidad, algunos de los cuerpos retornaron: los devolvió el mar, tras los vuelos de la muerte). Estaban por publicar, junto a otra gente, una solicitada en el diario La Nación –que igualmente salió, con el título de “Por una navidad en paz, sólo pedimos la verdad”–, y fueron entregadas por quien se hacía llamar Gustavo Niño, el supuesto hermano de una víctima de la dictadura. En realidad, era Alfredo Astiz, el “Ángel rubio”.
Entre esos “doce de la Santa Cruz”, había Madres, militantes y, también, dos monjas francesas.
“Aquello tiene que ver con otra parte de la historia que, en aquel momento, cuando me enteré de la ‘piña a Astiz’, no conocía; ahora todo lo vivo de otra manera… La traición a las Madres, los cuerpos tirados al océano…”, aseveró Sergio Maldonado.
“Y después escuchás, por parte de la derecha, que se cuestiona el número, dicen que los desaparecidos son seis mil, no treinta mil, pero dejan de lado el hecho en sí, todo lo que sucedió”, sostuvo.
“No niegan lo ocurrido, sino que discuten la cantidad, como si con eso variara lo que pasó; se trata de algo hipócrita”, reflexionó.
Sergio remarcó que su nuevo sentir en relación a este tipo de cuestiones está claramente vinculado con lo que sucedió con su hermano (Santiago Maldonado falleció a los veintiocho años; su cuerpo apareció en el río Chubut el 17 de octubre de 2017, y no se sabía nada de él desde el 1° de agosto de ese año, tras un corte de ruta dispersado por la Gendarmería Nacional, en el marco de un conflicto vinculado a tierras reclamadas por pueblos originarios).
Así, al evocar su muerte, explicó: “Antes, yo no tenía una militancia por los derechos humanos; por ahí, como cualquier vecino que 'toca de oído', podía ir a una marcha, pero sin el compromiso que surgió a raíz de lo de Santiago”.
“Todo, a partir de ahí, ya es en carne propia, en primera persona; lo siento de otra manera”, sostuvo.
En tal sentido, expresó: “Cuando un familiar de una víctima habla, lo relaciono con lo que me pasó a mí”.
Luego profundizó: “Hay una cierta sincronicidad entre el hecho que afecta a un tercero y el propio; en el pasado, las cosas no las canalizaba de esa manera”.
“A partir de lo de Santiago, en lo personal, se marcó un antes y un después en la manera de tomas esas cosas”, concluyó.