MÁS DE MIL PERSONAS GRITARON “NUNCA MÁS” EN BARILOCHE
Cuando las diferencias quedan de lado en pos de un sentimiento único
A las ocho de la noche, daba la sensación de que la gente no quería irse del Centro Cívico.
La marcha por la memoria, la verdad y la justicia, a cuarenta y seis años del inicio del golpe, partió de Onelli y Brown a las 17.30.
En ese momento, ya el número de participantes era importante, pero luego, con el transcurrir de la caminata, se incrementó de manera notable.
A las 19, cuando esa columna humana larguísima ingresó a la plaza emblema de Bariloche, los concurrentes superaban ampliamente los mil.
Durante el trayecto, si uno se adelantaba a la manifestación e intentaba mirar cuán larga era, se hacía difícil determinar un final…
Se trataba de un cuerpo enorme formado por individualidades, pero, sin embargo, un todo compacto, de notoria presencia, y, justamente, con esa presencia le daba voz a las desapariciones. Y ya se sabe que, en la Argentina, el término desaparecidos solo encierra pesar, pero ellas, cada una de las personas de esa monumental formación humana, la tarde/noche del 24 de marzo, le otorgaron palabra al silencio.
Por una vez, grupos políticos de izquierda, gremios, artistas, mapuches, representantes de la Unión Cívica Radical, peronistas, agrupaciones sociales diversas, todos conjugaron en un ser único, respirando al unísono. Cada cual mostraba su bandera, es cierto, pero todos con un mismo fin: el recuerdo de aquella locura (en el peor de los sentidos) tan bárbara (también en el peor de los sentidos) que cuesta ponerle nombre.
Se observaban personas de todas las edades, desde un hombre claramente octogenario, que había desempolvado del placar una remera roja con la estampa del Che, hasta bebés en brazos de sus padres.
Y, en ese punto, cabe destacar que se apreciaron muchos niños que rondaban los diez años. Como si sus padres hubiesen considerado urgente, en ese deambular, transmitirles una información, y, sobre todo, un sentimiento, que se dificulta tratar a través de los libros, porque los pequeños, en su bendita inocencia, siempre preguntan ¿y por qué pasó eso? Pero… ¿cómo se responde a lo que no tiene respuesta?
Y estaban aquellos que rondaban los sesenta, en los que se podía observar que, en determinado momento, el rostro ya no podía aguantar el llamado de las lágrimas. Vaya a saber, en cada caso, que se representaba en la mente… Pero no resultaba difícil adivinar que, tras esos llantos sin aspavientos, se dibujaban contornos de caras como esas que, en blanco y negro, se esparcían en letreros donde las fotos parecían gritar “nunca más”.