Clase 76
Haber nacido en 1976 en la Argentina es casi un estigma.
La primera niñez pasó entre juguetes y en brazos de los papás.
No como sucedió con los hijos de desaparecidos, bebés que solían pasar a manos de desconocidos que durante gran parte de su vida creyeron sus progenitores o –en el peor de los casos– todavía los consideran como tales.
Ya con cinco o seis años, la guerra de Malvinas entró en el aula, al inicio de primaria.
Un nene que decía: “¡Ayer volteamos un avión inglés!”.
Si no se tenía a alguien que hubiese marchado a las islas, se pecaba de inocencia infantil, y las noticias que se escuchaban de soslayo parecían formar parte de los juegos de soldaditos…
Pero luego, cuando se habló de rendición, derrota, y los gestos en general mostraban que la realidad estaba lejos de ser un esparcimiento cándido, cierta realidad se coló por la ventana de la vida.
Después, las campañas políticas, y un señor de bigotes al que todo el mundo parecía querer.
Ese discurso frente a una multitud, con la lectura de algo que se llamaba Preámbulo, de un libro que durante un tiempo largo había sido violado hasta el hartazgo llamado Constitución Nacional.
La vida que por un tiempo fue primaveral, hasta que volvió el invierno, aunque nunca tan duro como el que se vivió entre 1976 y 1983.
Los levantamientos carapintadas, la casa está en orden, las leyes de Obediencia Debida y Punto Final, La Tablada, los indultos…
Y uno que, por interés, empezó a husmear en el pasado, a leer mucho, y, además, tuvo la oportunidad de hablar con protagonistas de los años oscuros, y ni así jamás pudo terminar de comprender, porque claramente era algo incomprensible.
¿Cómo se llegó a eso?
¿De dónde pudo surgir barbarie semejante?
Y no solo la que se inició en el 76, sino toda la que se vivió en un largo preámbulo (muy lejano al que leía el señor de bigotes cuando todavía no tenía marcadas las ojeras).
Solo queda tratar de seguir intentando comprender.
Y de no olvidar lo que se pudo rescatar de una historia nefasta, para buscar algo de claridad en medio del caos, para luego transmitirla, aunque es difícil: si uno, durante tanto tiempo, intentó bucear en el terror para sacar datos concretos, y nunca tuvo nada del todo en claro, ¿cómo hablar sobre el tema con quienes siguen en la vida? Es complicado, pero necesario.
Por eso, ahora, cuando mi hijo se acerca y me pregunta por qué hoy no tiene que ir al colegio, empiezo por contarle que yo nací en 1976, cuando…