CUANDO LA PRODUCCIÓN CAE PERO EL ÁNIMO SE MANTIENE
Pequeños emprendedores rurales le ponen el pecho a los problemas climáticos y a una mosca que no da tregua
Oscar Santana, junto a su esposa, Gladys Carro, se traslada cada sábado desde una chacra en el paraje El Manso hasta la plaza Belgrano, de Bariloche, para poner sus productos a la venta en un stand de la Feria Franca de Agricultores del Nahuel Huapi.
Pero esta temporada no le fue tan bien como imaginaba.
No por falta de gente, porque la clientela es fiel.
Si bien todavía la existencia del paseo sabatino sigue siendo una especie de secreto para entendidos, tales como chefs y vecinos que buscan buenos precios y productos puros –en el sentido de que es inimaginable el uso de conservantes–, el deambular de personas, aunque nunca llega a ser torrencial, es continuo.
Pero los compradores, en el último tiempo, han visto que la oferta de ciertos productos escaseaba.
Es decir, si no se vendió más no fue por falta de demanda, sino porque la oferta –en cuanto a la cantidad– no fue la mejor.
“Sobre diez, esta temporada, para nosotros, fue un cinco, cuando lo normal antes hubiera sido que te dijera un ocho”, explica Oscar, y justamente señala: “En este momento estamos flaqueando con la producción, porque hemos tenido unos cambios tremendos de temperatura”.
“La producción fuerte básica nuestra es la frambuesa, y hemos tenido unas terribles variaciones climáticas”, indica, para luego precisar: “Ha habido jornadas de cinco grados bajo cero tras un día donde se había registrado una temperatura de treinta y dos de calor… Además, cayó piedra, de un tamaño y cantidad que en mi vida había visto”.
Y, como si eso fuera poco, se sumó la presencia de una mosca llamada Drosophila Suzukii, a la que se conoce también como de “alas manchadas”
Se trata de una amenaza económica de relevancia, porque, a diferencia de las especies de su género, que suelen ir sobre la fruta caída o en estado de fermentación, las hembras depositan huevos en frutas sanas que se encuentran en proceso de maduración en el árbol, preferentemente en aquellas con una epidermis suave y delgada, como, precisamente, la frambuesa.
“Entró al país hace cinco años, vino de Europa, y ya está en todo el territorio”, apunta Oscar, y sobre el daño que ocasiona, como ejemplo, menciona que “en la zona de Bolsón y Manso se perdió un ochenta por ciento de la producción de cereza”.
Así, entre el clima y la mosca de alas manchadas, el trabajo se complicó.
“Creo que no hemos superado un veinte por ciento de nuestra producción habitual”, expone el hombre.
De esa manera, cuenta: “La gente no entiende por qué no traemos frambuesas. Antes veníamos con alrededor de setenta kilos cada sábado. Esta vez, en toda la temporada, hemos vendido cuarenta… en total”.
Ante la escasa frambuesa que reúne (dice que el viernes cosechó once kilos), opta por guardarla para producir dulce, porque es algo que vende todo el año.
Y, justamente, a partir de la referencia a “todo el año”, Oscar señala que un viejo objetivo de los productores de la Feria Franca es estar más allá del período que va de noviembre a abril, con un encuentro mensual durante el resto del tiempo. Algo que, justamente, también había destacado la secretaria de la organización, Pamela Cowes, quien se refirió a la idea de conversar con autoridades municipales para llevar a cabo ventas en distintos sitios de la ciudad durante el invierno.
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Oscar y Gladys cuando comenzaron a concurrir a la plaza Belgrano lo hicieron por una razón lógica: “No teníamos un espacio donde vender nuestros productos”, explica el hombre.
“Van a hacer veintidós años que empezamos a hacer dulces y, para ello, a producir nuestra propia fruta, volviendo a lo que realizaban nuestros padres, abuelos y bisabuelos, todos del paraje El Manso. Nos dedicábamos a producir lo que nos daba la tierra, criar ovejas, ordeñar vacas, y todavía lo seguimos haciendo… Producíamos para autoabastecernos. En algún momento, empezamos a vender los excedentes por necesidad, y hace doce años nos invitaron a participar de la Feria”, relata.
Justamente, a la decisión de formar parte de este mercado la califica como: “Uno de nuestros primeros goles como productores”.
En cuanto al vínculo con el resto de quienes integran la Feria, consigna que “la convivencia es perfecta”.
“Nos encontramos alineados en la misma sintonía, y la relación es excelente; todos venimos por necesidad, nadie lo hace por hobby”, añade.
Cuando se le consulta si acuerdan los valores, explica: “En algún momento teníamos una lista de números definidos... Luego, contamos con un listado de precios máximos y mínimos de productos… Pero en los últimos años hemos liberado el tema, y cada productor pone el importe que cree conveniente”.
En el proyecto de Gladys y Oscar, también intervienen los hijos (una mujer que ayuda a la mamá en la realización de panificados; un hombre que está en la chacra de frambuesas con el papá, y que este año donó su parte para que los “viejos” pudieran hacer dulce).
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Tras hablar también de lo que significó estar en la zona que estuvo en vilo ante el fuego (hay que recordar que la familia vive en El Manso, sitio que permaneció durante bastante tiempo con la cercanía de las llamas por los incendios en la región), el hombre vuelve junto a su esposa y juntos atienden a los clientes.
Más allá de que, a nivel productivo, consideran que fue el peor año del que tengan memoria, se los ve felices.