2022-03-04

DESDE EL OTRO LADO DEL MUNDO

Una mirada patagónica al conflicto de Rusia y Ucrania

Lo que hay detrás del conflicto ruso/ucraniano a veces es difícil de explicar hasta para los propios originarios de aquella zona.

Se sabe que existen distintos intereses detrás.

Cuestiones económicas y políticas.

Ya, para esta altura, son pocos los que no ven en este enfrentamiento un resurgimiento de la Guerra Fría, aquella pugna entre los dos grandes bloques (el occidental capitalista y el oriental comunista) que tras la Segunda Guerra Mundial mantuvo, a partir de situaciones de tensión en varias partes del globo, a todos en estado de alerta.

Eran los tiempos de temor por si a alguno de los líderes mundiales se le ocurría apretar el botón rojo de una guerra nuclear.

Y esos miedos resurgieron.

Ya no se trata de análisis de expertos de diversa clase, que estudian el mapa político mundial, sino de la gente común, que, en Europa por ejemplo, ante un posible ataque con armas atómicas a Ucrania, ha salido en estampida a las farmacias para proveerse de pastillas de yodo. ¿Por qué? Porque, según se ha difundido, reducen el riesgo de desarrollar cáncer de tiroides ante un “accidente” nuclear.

Aunque los años en medio son muchos, están quienes ven, en esta situación, similitudes con lo que sucedió en 1962, con la llamada crisis de los misiles de Cuba que mantuvo en vilo al mundo, porque parecía que los gigantes iban a colisionar con aquel armamento soviético en pleno Caribe, mirando a los ojos a la tierra del Tío Sam.

Y, como en aquel entonces, muchos se han convertido en eruditos de cotillón.

Cuestiones que son muy difíciles de comprender derivan en conversaciones impensadas, al menos en la Argentina, donde el psicoanálisis al paso –sin título alguno– abunda, junto a la filosofía de cafetín.

Este rincón de la Patagonia no es la excepción.

Así, en los últimos días, no fue raro ver en alguna confitería céntrica a algunas personas debatiendo sobre la cuestión.

Eso sí, hay que ser sinceros y decir que en gran parte esas conversaciones exaltadas provienen de aquellos que pasaron los cuarenta, e incluso mayormente los sesenta.

Son quienes directamente, o a través de las voces de sus padres, vivieron la época en donde el Agente 86 mostraba una mirada irónica sobre la Guerra Fría, y el tema, en forma abierta o solapada, aparecía constantemente en los periódicos.

A diferencia de otros países, donde los habitantes parecen no querer ver más allá de lo que tienen al alcance de sus ojos, los argentinos siempre se interesaron por la política mundial. Pero también es cierto que lo acontecido en los países de Europa del Este, salvo para descendientes de nativos de aquellas zonas, les quedó lejano –no por la enorme distancia, sino por la idiosincrasia que mueve los hilos por aquellos pagos–.

Pero, en la Argentina, cuando todavía se manejaban ideales a gran escala, la política internacional –incluyendo la relacionada con esa parte del mundo– era un tema de discusión fuerte entre la juventud.

Ahora, aquellos jóvenes, hoy mayorcitos e incluso adultos mayores, todavía, si les queda algo de fe en las banderas que defendieron en sus años mozos –y no terminaron doblando los estandartes para guardarlos al fondo del placar después de tantas desilusiones– vuelven a poner las fichas sobre la mesa y a desplazarlas como si estuvieran dirigiendo grandes estrategias para alcanzar un fin algo difuso.

Los de menor edad, en tanto, –y hablo de la treintena para bajo– oscilan entre los extremos: los que ni siquiera tienen noción de lo que sucede porque no se molestan en interiorizarse, y si pasan delante de la tele en el momento donde se muestran imágenes de la guerra piensan que se trata de la propaganda de algún estreno cinematográfico, y aquellos otros que directamente tratan de trasladar lo irracional a lo racional: “¿Y por qué no arreglan las cosas hablando, sin tirar bombas?”. Frases como esa, en los últimos días, se han escuchado en varios niños que sí prestan atención –para bien y para mal– a lo que muestra la TV. En su inocencia prevalece el sentido común, que en época de guerra, precisamente, es lo que falta.

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