OSCAR, CRÓNICA DE UNA VIDA
De pulpero a peluquero: “Las historias se cuentan porque se viven”
“Las historias se cuentan porque se viven”, dice Oscar Altamirano, en el local donde trabaja, dentro de una pequeña galería, en Onelli entre Moreno y Elflein.
Es peluquero, y a veces se hace difícil conversar, porque la clientela no para de llegar.
Pasan mujeres, hombres e incluso niños.

Las tijeras de Oscar se adaptan a cualquier requerimiento.
Pero lo suyo no siempre fue la peluquería.
Es más, llegó al oficio casi de casualidad, pero ahora no se imagina haciendo otra cosa.
Incluso, ha dado clases sobre la labor; y cuando no está en el local, atiende a domicilio.
Antes ya lo hacía, en casos especiales. Por ejemplo, con alguna persona con dificultades motrices.
Pero, con la pandemia, ese punto del trabajo se incrementó; en realidad, durante un tiempo largo, fue el único que pudo realizar. “Yo no paré nunca; en un momento, tuve que sacar un permiso especial, y seguí atendiendo”, cuenta.
Pero decíamos que lo de Oscar no siempre fueron las tijeras.
En un momento de extraña tranquilidad, donde los astros parecen haberse conjugado para permitir dialogar sin interrupciones –apenas unos cuantos minutos, hasta el arribo de otro cliente–, el hombre, de cincuenta y cuatro años, desentraña su historia.
“Nací en San Antonio Oeste. Desde que tenía unos seis años, de noviembre a marzo, con mis papás y hermanos íbamos a un paraje llamado El Molino, a unos kilómetros de Las Grutas. Era la temporada de pulpo. Armábamos unos puestos, tipos chozas, y allí nos quedábamos”, relata.
Cuando aquellas imágenes llegan a su memoria, señala: “Justo hace unos días fue el Día del Pulpero”.
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Tras la mención de la efeméride, regresa a los viejos tiempos.
Explica cómo armaba un gancho con un fierro, dándole calor para doblarlo en la punta. A ese artefacto rudimentario, le colocaba trapos en el otro extremo, para no lastimarse la mano.
“Hacíamos la temporada. Todos los días, el hombre que nos había llevado pasaba a retirar los pulpos. Así crecí, con treinta o cuarenta grados de temperatura, entrando al mar, algunas veces a las cinco de la mañana, otras a las diez…”, rememora.
Revela que se guiaban por lo que el cielo anunciaba: “Esperábamos los puntos de la luna creciente, donde el mar bajaba, lo que nos daba la posibilidad de madrugar".
“Tomábamos cascarilla, y entrábamos”, sonríe.
“El resto del año, íbamos al colegio, en San Antonio”, señala, y aclara que siempre comenzaba las clases con atraso, ya que, cuando regresaban a la localidad, tras la temporada de pulpo, ya hacía un tiempito que la escuela había reabierto sus puertas.
Allí, en el poblado, Oscar, que siempre fue muy unido a Juan, su padre, no cesaba en el contacto paterno.
Si en el verano, bajo el rayo del sol, se dedicaba a pulpear con el papá, en los demás meses, lo seguía cada vez que podía.
Él lo metaforiza con la expresión: “Me colgaba de sus bombachas”, porque Juan era hombre de campo. Nacido en Sierra de la Ventana, había conocido a quien sería su esposa, y madre de sus hijos, Teófila, mientras trabajaba como esquilador. “Ella era oriunda del corazón de la meseta de Somuncurá, de una localidad llamada Treneta”, detalla Oscar.
En San Antonio, Juan seguía con labores campestres, pero, además, tenía una carnicería donde vendía carne de potro, algo común en ciertos poblados por aquel tiempo.
Oscar tenía nueve años cuando falleció su padre, y casi once cuando lo hizo su mamá.
Ambas pérdidas lo marcaron, especialmente la paterna. Mientras lo dice, no para de destacar que era muy unido con Juan.
“Quedamos a la deriva”, suspira.
Oscar, que era el hermano del medio, decidió partir.
Un primo se iba a trabajar a Puerto Deseado, Santa Cruz, y se fue con él.
Lavó cajones en una fábrica de pescado, y luego aprendió a filetear.
Le tocó estar cuando fue la guerra de Malvinas.
Aún recuerda la llegada de un buque, que había sufrido daños importantes, y las imágenes de los cuerpos sin vida que bajaban de su interior. Presumiblemente, debe tratarse del ARA “Alférez Sobral”, que fue alcanzado por un misil que provocó la muerte de ocho de sus cuarenta y nueve tripulantes. A pesar de las averías, la nave consiguió arribar a Puerto Deseado.
Más allá de estas reminiscencias bélicas, Oscar retorna al recuerdo de su peregrinar vivencial y expresa que, a los diecisiete, salió a la aventura, en unas improvisadas vacaciones.
Tenía en su mente el recuerdo de su papá, contándole que había hecho el servicio militar en Bariloche, donde luego, incluso, se había quedado un tiempo, trabajando.
Juan destacaba la belleza de este sitio, así que, apenas pudo, su hijo rumbeo para estos pagos.
Se tomó un colectivo bastante destartalado que lo llevó hasta Comodoro Rivadavia, y ahí se subió a otro que lo dejó en Bariloche.
Eran las siete de la mañana, y Oscar fue en busca de una pensión.
Encontró una alejada de la parte más urbana, desayunó, y le preguntó a la encargada dónde estaba el centro.
Empezó a caminar y, al llegar a la zona de las cinco esquinas, ingresó a una tienda, en busca de un pañuelo de bolsillo y un par de medias.
En la caja registradora había un cartel en el que se pedía un cadete.
Consultó por el puesto.
Explicó que recién había llegado a la localidad, y le contestaron que podía empezar esa misma tarde.
De esa forma, los planes cambiaron sin imaginarlo.
“Me quedé acá”, abrevia.
Las vacaciones se habían transformado en una mudanza.
No regresó a San Antonio hasta mucho tiempo después –y solo de visita–.
En el sitio en el que comenzó a trabajar pasó a desempeñarse en un depósito de ropa y mueblería.
El propietario lo apreciaba mucho. Incluso, cuando se enteró de que Oscar andaba con ganas de hacer un curso de peluquería, lo alentó a que lo realizará, y se lo pagó.
En la tienda terminaba a las 18, y estudiaba para peluquero de 20 a 22.
“Comencé por curioso, pero me gustó”, afirma.
Desde entonces, no largó las tijeras.
A lo largo del tiempo, pasó por distintos locales.

En la actualidad, en ese negocio ubicado en una galería de Onelli, reflexiona: “Uno se va adaptando… Cuando comencé, la moda duraba unos cuatro o cinco años; ahora, todos los meses hay que ir actualizándose, en lo referido a cortes nuevos, colores, productos…”.
Luego, con orgullo menciona a sus hijos (un varón y una mujer), y repite lo que ya dijo al inicio de la charla: “Las historias se cuentan porque se viven”.
En general, le toca actuar de improvisado psicólogo de quienes van a cortarse el pelo y terminan contándole sus vidas… En esta ocasión, él pudo desenredar los recuerdos que –mentalmente– lo llevaron hasta aquel niño pulpero que, ahora como peluquero, sigue buscándole la vuelta a la existencia.