2022-02-13

PALABRA DE RECICLADORA

“Las mujeres aguantamos más, somos más productivas”

María Mariqueo es una especie de prócer en la Asociación de Recicladores de Bariloche (ARB).

Trabaja ahí “desde siempre”.

“Estoy desde 2001, cuando fue la crisis de Fernando de la Rúa”, empieza su relato.

“Venía por mi cuenta, con mis hijos y mi marido”, continúa.

Ubicada en la puerta de la planta de reciclaje, señala la edificación y explica: “No existía nada de esto. Nosotros llegábamos e íbamos al ‘manto’. Juntábamos material y lo vendíamos. Por las noches, a veces se quedaban los chicos, para cuidar las cosas, para que no se robaran las botellas”.

“Cuando llegaba el camión a llevarse todo, que viajaba desde Mendoza, nos turnábamos por grupos para ayudar a cargar. Cada uno vendía lo suyo”, apunta.

El 11 de marzo, María cumplirá sesenta años.

Tiene cinco hijos. Cuando comenzó a acudir al vertedero, los mayores andaban cerca de los quince.

“Antes, yo era ama de casa”, cuenta.

El marido, en tanto, se desempeñaba en lo que salía –hoy tiene un problema de salud que le impide trabajar–.

Con la debacle económica del nuevo siglo, fueron a bucear entre la basura, a juntar cosas y embolsarlas.

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“A lo largo de los años, hubo un cambio total. Primero no había nada. Después, cuando se hizo asociación, estábamos allá abajo –señala en dirección a la ruta–. Había unos boxes sin techo; luego les pusieron una cobertura, y ahí juntábamos el material. Reciclábamos debajo de las luminarias, porque a las ocho de la noche seguíamos clasificando; en invierno, con la nieve”, rememora.

Le vienen a la mente los tiempos de ir a juntar las cosas con un carrito. “Sufríamos mucho cuando nevaba y las ruedas se enterraban”, dice.

También menciona la caña que cargaban entre dos mujeres, una de cada punta, con las bolsas que reunían (unas veinte) colgando en medio.

Con los años, llegó un galpón, y luego, por fin, la planta.

Y, ahora, la decisión de no ir más al “manto” (el sitio donde está la basura en el vertedero), sino comprar el material que traen otras familias que han mirado hacia el vertedero como una opción para salir del pozo.

“Nosotros no nos vamos a poner en contra de esa pobre gente, porque está pasando lo mismo por lo que atravesamos nosotros”, suspira María.

“Estoy contenta de que les dieron trabajo a esas personas. La mayoría son mujeres, como nosotras… Porque somos más mujeres que hombres, tanto acá, en la planta, como allá, en el vertedero. Nosotras aguantamos más, somos más productivas”, señala, y luego añade: “También se ven pibitos jóvenes que no tienen laburo, que vienen con las bolsas llenas de cartón… Así se llevan su moneda”.

“Gracias a Dios que ahora nosotros estamos acá; allá sufríamos mucho, con el calor en el verano, con el frío en invierno… Salimos del ‘manto’, y les estamos dando laburo a otros”, reflexiona.

“En este lugar encontré una salida. Todo lo que tengo es gracias a mi trabajo. Antes los demás te discriminaban, ahora no. Yo no tengo vergüenza de decir dónde me desempeño. Esto, a mí, me dio todo. No falto nunca; para que no venga, tiene que pasar algo muy grave”, expresa.

Y la oportunidad de una opción ante el desastre económico acompañó también a su madre: “Mi mamá fue otra de las fundadoras. Y se retiró hace cinco meses, porque ya tiene mucha edad, cumplió setenta y nueve años, pero no se quería marchar”, confía.

María la entiende, ella tampoco desea dejar la ARB. “Si me tuviera que ir, no sé a qué me dedicaría… Creo que me enfermaría. Ya tengo mi rutina. A la mañana hago mis cosas, y después vengo a laburar. Los sábados que me toca franco hago costura a máquina: arreglos, pero también creaciones para vender, como almohadones”, informa.

Por esa especie de normativa laboral que les permite que el trabajo sea transmisible hacia los hijos, el puesto que ocupaba Brígida, su mamá, pasó a ser para una hermana menor, Laura.

“En la Asociación, somos cincuenta y ocho, y ya no entra nadie más; pero cuando alguien se va puede dejar a un hijo”, explica María.

Y, antes de despedirse, simboliza: “Para mí, este laburo es mi segunda casa”.

Pero no olvida remarcar, una vez más, cuánto agradece no tener que sumergirse en el vertedero para buscar el material reciclable.

“Nosotros salimos del manto. Yo no quiero volver más ahí. ¿Sabés lo que es eso? Te mata…”, desliza en un susurro.

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