NUNCA ES TARDE
Graduarse en una escuela de adultos
En Brown y Rolando se vivió una fiesta.
Una celebración al esfuerzo, a los frutos que llegan por “transpirar la camiseta”… o las neuronas, que también tienen su correlato en el esfuerzo que significa el acudir, de lunes a viernes, por la tarde/noche, a una escuela de jóvenes y adultos.
En este caso, la mención es en referencia al Centro Educativo de Nivel Secundario N° 5, para mayores de dieciocho años.
Y, como pasó en esta ocasión, al celebrar un egreso, todo es alegría.
Más allá de alguna lágrima de esas que se cuelan sin permiso, las sonrisas abundaron.
Muchachas y muchachos que rondaban la veintena se mezclaban con otros más “añejos” que supieron ver en la posibilidad de estudiar una opción para la vida, porque nunca es tarde…
Ese, quizá, sea el mensaje que prevalece: nunca es tarde.
Así, más allá de jóvenes que estuvieron acompañados por sus padres, hubo muchas mamás y papás que se graduaban, a los que sus hijos abrazaban cuando los veían bajar del escenario diploma en mano, medalla en el pecho.
Incluso algún que otro nieto iba a recibir a alguna abuela o abuelo (de aspecto juvenil, hay que decirlo), con uno de esos abrazos que merece llamarse abrazón.
No faltó ni siquiera un espacio rectangular acartonado con la leyenda “Egresados 2021”, para sacarse una foto en el centro, sonriente, y poder decir: “¡Lo hice!”.
Prevalecía el ambiente de camaradería, con sonrisas cómplices, y la sensación de alcanzar un logro, que si bien contó con su cuota de festejo individual, proyectaba la sensación de camino compartido.
Es posible que cada cual, en su mente, recordara que arribó con su propio equipaje, con motivos diversos que impidieron su paso por esa etapa educativa en momentos previos: la obligación de trabajar con el fin de parar la olla, tal vez empujados por calvarios particulares o, también, dolores colectivos (porque las vicisitudes argentinas, con un devenir económico infructuoso, tienen mucho que ver con la necesidad de ir a patear la calle en vez de sentarse a estudiar).
También se presentían historias de hijos que llegaron a una edad temprana (se notaba que algunos de ellos habían sido padres muy jóvenes al observar que los descendientes los saludaban y parecían, en realidad, hermanos).
Había regalitos, flores, birretes, y el sentimiento de haber alcanzado una meta, pero una intermedia, porque en todos –algunos porque hablaban de sus ganas de seguir alguna carrera; otros, simplemente, porque el estudio les “abrió la cabeza” y ahora ya nada será igual– prevalecía la idea de que este triunfo de la voluntad era solo el principio.