SABIDURÍA MECÁNICA
Un Fitito ayuda a comprender que lo importante es el viaje, no el destino
“Cuando emprendas tu viaje a Ítaca / pide que el camino sea largo, / lleno de aventuras, lleno de experiencias.”
Así comienza el poema Ítaca, del griego Constantino Kavafis.
El nombre es por una isla del mar Jónico y remite a la historia narrada en La Odisea, de Homero.
Pero, en estas líneas, lo que importa es el significado que encierran aquellos versos de Kavafis que nos hablan de la trascendencia que tiene transitar el sendero, más que la llegada en sí.
De alguna manera, ese sentir expresado poéticamente tiene su traducción popular en un cartelito que se observa en un Fiat 600 que por estos días atraviesa Bariloche: “La vida es un viaje, no un destino”, resume el letrero.

En definitiva, de eso se trata, ¿verdad? El viaje como experiencia y metáfora de la existencia.
La joven pareja conformada por Noemí Pérez Omodeo y Pablo Tannuré está en eso.
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Embarcados en un Fitito naranja añejo, el matrimonio se propuso atravesar la ruta 40.
Son de San Miguel de Tucumán y por estos días “el viaje” los encuentra en Bariloche… junto al Fitito, claro.
“Siempre estuvo en nuestra cabeza hacer en algún momento la ruta 40 completa”, dice Pablo, quien indica que durante la cuarentena impuesta por la pandemia se puso a ver videos por YouTube, sobre gente que había emprendido distintos viajes y se le ocurrió añadir a aquel viejo proyect la ruta 3, que culmina en Ushuaia.
El muchacho se lo comentó a Noemí.
¿Su respuesta? “Bueno, vamos”.
La idea de surcar las rutas nacionales viene de larga data.
Juntos han realizado diversas excursiones automovilísticas, pero además el Fitito siempre los ha acompañado como pareja.
Noemí recuerda que Pablo le gustaba de vista. Solía observarlo cuando iba a misa, en la primera adolescencia.
Luego dejó de acudir a esa iglesia y, durante un tiempo largo, no supo de él.
Pero en una fiesta de un amigo en común, lo volvió a ver.
La muchacha les contó a sus amigas: “¡Ese era el chico que observaba en la iglesia!”.
“Yo iba a un colegio solo de chicas. En aquel momento, no había redes sociales ni nada de eso, así que te podía llegar a gustar un chico que veías en el kiosco, uno que pasaba en bicicleta por enfrente de tu casa o, como me sucedió a mí, alguien que encontraba en la iglesia”, ríe al contar la anécdota.
El asunto es que en esa fiesta en la que lo tuvo cerca conversaron e intercambiaron mails.
Luego llegaron largas jornadas de chat por el Messenger.
Pablo cuenta: “Lo primero que le dije fue: ‘Tengo un Fiat 600, ¿te molesta?’. Ella dijo que no, así que ese fue el inicio… Y acá estamos…”, sonríe.
O sea que el Fitito estuvo incorporado en la pareja desde que el noviazgo se inició.
Hace doce años que están juntos y ya llevan dos de casados.
Ella es cosmetóloga y maquilladora; él, contador público.
Si bien ya realizaron diversas expediciones automovilísticas, esta es la primera ocasión en que, más allá del objetivo de llegar a Ushuaia y de la idea de recorrer determinados caminos, salieron sin un cronograma fijo.
Y en este raid de brújulas mareadas, hubo algún que otro inconveniente, pero pudieron subsanarlos.
Algunos menores, como por ejemplo el momento en que cerca de Bariloche pincharon una cubierta; además, hubo alguna pérdida de aceite que ya se arregló. Aunque también existió un problema mayor: en Buenos Aires en una estación de servicio les vendieron combustible en mal estado. “Tuvimos que limpiar el carburador y la bomba de nafta, cambiar filtros…”, suspira Pablo.
Pero aquel mal trago quedó como una anécdota más del trayecto.
Por lo pronto, están contentos de que pudieron llegar a Ushuaia y ya están volviendo a su Tucumán natal.
Partieron el 2 de octubre y por compromisos previos tienen que estar de vuelta el 14 de noviembre.
Les va a quedar en el tintero finalizar el tramo norte de la ruta 40, pero planean “alguna próxima escapada para terminarla y llegar hasta La Quiaca”.
A todo esto, la historia se va tejiendo con un vehículo que estuvo bendecido de entrada… Se podría decir que metafóricamente –aunque no tanto– cayó del cielo... ¡hace cuarenta y dos años!
“El auto es de mi papá”, expresa Pablo.

“Entró cero kilómetro en la casa, siempre estuvo en la familia. Mi viejo se lo ganó en una cena de fin de año de la Cámara del Hogar de Tucumán; era el premio mayor y se rifó con el número de tarjeta de la entrada”, explica.
“Primero lo usaba mi mamá, para llevarnos a mis tres hermanos mayores y a mí al colegio. Como mi papá tenía un Falcon, se lo dio a ella”, explica.
Después lo utilizaron los hermanos del muchacho, hasta que, tras un arreglo de chapa y pintura, había quedado desarmado en el garaje.
El padre, entonces, le dijo: “O lo armamos o lo vendo así como está”.
Trabajaron juntos durante un año y lo dejaron en condiciones como para poder usarlo.
“Tiene algunos adicionales, pero mantiene la mecánica original”, apunta Pablo, para luego develar: “Venimos de una familia fierrera. Mi abuelo fue piloto en la década del sesenta, en los viejos grandes premios y también comisario deportivo”.

A eso, suma: “Mi papá corrió carreras de regularidad con mi mamá”, cosa que Noemí y él también han hecho… ¡en el Fitito!
Y añade que la familia tiene una casa de venta de repuestos automovilísticos… pero ¡de Renault!
Así, mientras cuentan todo esto, ambos ríen y terminan su desayuno en un hostel ubicado en la avenida 12 de Octubre, ya pensando en la vuelta a la ruta.
SIGUIENDO A COCO
Aquellos que quieran seguir las desventuras de Coco (así bautizaron al Fitito) por las rutas argentinas pueden hacerlo por Facebook e Instagram. Van a encontrar el anecdotario como Los Viajes de Coco.
